sábado, diciembre 26

Y el amor se fue volando por el balcón.


-Hazme un favor, no me olvides.- Se dió media vuelta y se marchó. Se marchó sin remordimientos, o eso fue lo que a él le pareció. Quizás eso se debía a que estaba segura de que volvería, de que no se iba a perder por los senderos estrechos de la vida independiente. Más que un adiós fue un "enseguida vuelvo, espérame un segundo", pero él sabía que pasaría más de un segundo. Mucho más.


Él no podía quedarse allí parado eternamente, mirando cómo pasaba un avión tras otro. Así que, encendió el reproductor de música, se enchufó los cascos a las orejas, y dejó que la música le curase momentáneamente. Caminó despacio, mirando al suelo, con las manos metidas en los bolsillos.


Hizo tiempo, paseando por las calles, por los parques. Claro está, todo aquello le recordaba a ella, era inevitable, qué iba a hacer, ¿marcharse de allí también? Aprendería a convivir con los recuerdos, que dolían, claro que dolían.


Cuando la noche se le vino encima, se dirigió al bar más cercano -donde ella provó la clarita por primera vez- y pidió una cerveza. Luego otra. Y otra. Así hasta diez. Si hacemos una regla de tres y nos fijamos en que con dos ya está considerablemente mareado, nos daremos cuenta de que se emborrachó para ahogar sus penas, o más bien para ahogarse en sus penas.


Después, salió de fiesta. Odiaba la fiesta, le recordaba a todo aquello que fue y que detestaba. Pero con tres copas encima, ¿qué más daba? Bailó, él no sabía bailar, pero lo hizo, estilo propio decía. Se encoontró con amigos en todas las esquinas. Estarían de celebración. Claro, celebrando que el verano se acababa. Una copa más y a casa.


Llegó, pero no supo cómo lo hizo. Para él, había sobrevolado la ciudad, había flotado entra las nubes y había caído sobre su cama. Durmió y no soñó nada, ¿para qué?


A la mañana siguiente no se pudo levantar de la cama, se quedó acostado, arrepintiéndose y castigándose por lo que había hecho: faltar a sus principios. Al cuerno.


Se sentó en el borde de la cama, se frotó los ojos, se relamió los labios, se pasó la mano por el pelo, se levantó y fue a ducharse. Dejó el agua salir y perderse en su cuerpo, recordó lo mucho que le gustaba ducharse con ella.


Le consolaba pensar que habían pasado el fin de año juntos, por lo que empezado el año juntos también, y él pensaba, le gustaba pensar que lo que se empieza con alguien se termina con ese alguien, así que tenía la esperanza de verla en fin de año, o en Navidad.


La verdad, estudió mucho en la universidad, por ella.... y por él mismo, claro. Para acabar rápido y perderse con ella en cualquier lugar. Se había enamorado de la manera más pura, pero eso es otra historia.


La verdad, si a mi me pasase eso, si mi "ella" se marchase...
No sé lo que haría... no lo sé.


miércoles, diciembre 2

Magia.


-Cierra los ojos, así fuerte, ponte la mano delante de ellos, no los abras aún, ya verás que cuando vuelvas a mirar está todo solucionado. Hago magia.

Un aire suave acaricia tu cuello, resbalando hombro abajo. Por la nuca bajan unos labios. Qué labios. Lumbares, dorsales, escápulas, todo pertenece a esos labios que, oh(suspiro), te enredan.

Aún no has abierto los ojos y ya te estás elevando del suelo, cayendo acostada en la cama, entre las sábanas, almidonas, impolutas. Suaves al tacto. Ese olor, qué recuerdos. Aspiras profundo, retienes dentro de ti ese aroma tan... evocador y lo dejas salir poco a poco.

De un momento a otro, estás sin ropa y con los ojos todavía cerrados. Yemas de los dedos te recorren poro por poro, descubriéndote. Te erizas. Quieres abrir los ojos, pero el morbo te puede.

Ahora vamos rápido. Escuchas la hebilla de un cinturón y te muerdes el labio inferior. Cremalleras, suspiros, risas, todo y nada. Estás arriba, ahora estás más arriba, con los ojos cerrados. Y tienes miedo, claro, tienes miedo de bajar demasiado rápido y darte un buen golpe, pero es que las cosas son así.
Tienes miedo, por eso no puedes marcharte.

-Abre los ojos.
-Tú no haces magia, tú eres magia.

martes, noviembre 24

Curioso.


Salió de aquél lúgubre y sombrío lugar, acompañado de Baco, siempre ebrio, siempre en cualquier lugar donde hubiesen botellas en las que meterse, que hablaba dos pasos por detrás de él y de Morfeo, que estaba a su lado, contándole sus ansias de ir lejos, de salir de allí y desaparecer un par de años, ser todo lo que soñaba ser. Le escuchaba atento, caminando con la cabeza gacha, con la vista fija en la punta de los pies y haciendo equilibrios en el borde de la acera. Morfeo le inspiraba. Morfeo le presentaba una forma nueva de ver las cosas.


A él le apasionaban las artes, era un excelente melómano, le gustaba sentarse a escribir, al fin, le gustaba transmitir. Ciertamente, era (más que) un gran intelectual. Por eso, se sentaba frente a Minerva en cualquier Café, a debatir. Minerva, junto con Morfeo, era practicamente lo único que seguía y seguiría teniendo y apreciando de verdad.


Entre sus conocidos estaba Cupido, al que nunca llegó a tragar, siendo este hijo de Venus y Marte, tenía ciertas pinceladas de amor y tragedia incorporadas a su personalidad, justo lo que él más evitaba. Él se encontraba bajo los deseos de Cupido. Se topó con aquello de lo que huía y cuando trató de seguirlo fue eso mismo lo que huyó, marchándose para siempre. Dejándole tan solo un laurel.


Y es que cuando vió aquellos ojos que imitaban la copa de un árbol, sus labios teñidos con pétalos rosa, piel de melocotón, sus brazos y sus piernas largas como el infinito, perdió la cordura. Con cada pestañeo que ella daba, se movía el aire creando una ligera brisa que le acariciaba las mejillas. Su cuello, qué ganas de perderse en su cuello, entre el pelo que sobre aquellos hombros deliciosos se apoyaba. Y pensó que oculto bajo las gasas de su vestido estaba lo mejor. Probablemente no se equivocaba, pero nunca tuvo la oportunidad de asegurarse. Nunca tuvo la oportunidad. Le fue difícil de comprender, pero al final entendió que el amor, aun sin rozamiento es posible, real y se siente igual o incluso más intenso.


Ella, al percibir la obsesión de Apolo decidió huir deslizándose rápidamente con la brisa que sus pestañas provocaban, porque ella, un día, juró no pertenecer jamás a un varón.

Y Apolo se quedó con las manos y el corazón casi vacíos, a excepción de el laurel, que era todo lo que podía pertenecerle de ella. Así es que aquel día, mientras Morfeo hablaba, él soñaba, con Dafne. Con las gasas que lentamente se resbalaban hombros abajo, hasta la cintura y más tarde, de la cintura a los pies. Soñaba que le hacía el amor. Y junto con ese pensamiento, el laurel, que llevaba siempre en el bolsillo, se teñía de rojo, rojo de deseo. Y por eso, por eso Cupido, nunca le simpatizó, porque le hacía amar a pesar del tiempo, del lugar, de que ella ya no estaba. No importaba, él siempre la amaría, aunque ello supusiese permanecer bajo los cuento de Morfeo de por vida.


Aunque ello supusiese soñar, mientras hacía equilibrios solo y borracho por el borde de la acera.

miércoles, octubre 28

Sitúate.


Sitúate. Todo está oscuro. La penumbra te deja distinguir lo justo y necesario, de todas formas, no estás en ningún lugar desconocido, en la oscuridad total también te manejarías bien.


En la piel de tu espalda se hunden unas uñas, que no son tuyas. En tu cuello hay una respiración agitada que no es tuya. Tus oídos escuchan unos gemidos que no son sólo tuyos.


Ritmos. Todo se trata de ritmos. Dos cuerpos moviéndose a la vez. Los brazos, como si fueran tentáculos se enrollan alrededor de tu cuerpo. Agarras sus manos y las colocas sobre su cabeza, de manera que no las pueda utilizar para apartarte cuando el placer sea insoportable.


Hundes tu nariz en su pelo. Huele a champú. Limón. Bajas hasta su oreja y la complaces. La excitas. Más abajo, con la punta de tu lengua bajas hasta su cuello. Mmmmh, coco. Huele a coco.


Encajan a la perfección. Cuando tú vas ella te sigue y viceversa.


Con la respiración aún agitada, físicamente agotados, apoyas tu cabeza sobre su pecho. Sientes su corazón latiendo a cien por hora. Por más tiempo que pase desde que empezaron a salir, seguirá poniéndose nerviosa.


Todo es recíproco.


Te acaricia suavemente el hombro derecho con su mano derecha. Sus manos son suaves, como sus piernas. Levantas la cabeza tratando de mirarla a los ojos. Tiene unos ojos preciosos. Verdes. Pelo negro. Increíble. Ella es sencillamente increíble.


¿Te ha pasado algo de eso alguna vez?

jueves, septiembre 24

El tiempo que les quedaba.

Se sentó en un banco. Frente las vías del tranvía. La gente iba y venía continuamente. Ella simplemente estaba ahí parada, pensando en nada. Con los cascos puestos, moviendo las piernas hacia delante y hacia atrás, casi rozando el suelo.

Niñas con uniforme pasaban por delante y se recordaba así misma, hacía... ¿cuánto? ¿Casi dos años? Qué rápido pasaba el tiempo. Ella había cambiado mucho, estaba consumida por los años. Sonrió para sus adentros. Aún seguía siendo pequeña y estúpida.

Ya había pasado una hora desde que se sentó allí. Pasaban madres con bebés. Pasaban adolescentes con cholitas ruidosas. Pasaban emos con cadenas e imperdibles por toda la ropa. Pasaban ejecutivos hablando por teléfono, con papeles bajo el brazo. Pasaban parejas de la mano. Pasaba el tiempo.

El tiempo no espera a nadie, ni se para. El tiempo no descansa y arrasa con todo lo que, inevitablemente, no tiene fuerzas para seguir corriendo con él.

18:19:03. 18:19:04. 18:19:05. 18:19:06. 18:19: 07. 18:19:08.

Miró el reloj de su muñeca. Ya era bastante tarde. Se levantó del banco. Corrió hacia el portal número tres. Tocó el portero eléctrico. Le abrieron la puerta. Subió en ascensor hacia el segundo piso. Le habían dejado la puerta abierta. Entró. Él estaba allí, sentado frente al ordenador, deslizo su mirada hasta ella. Sonrío. Sonrieron. Se levantó de la silla y ella se le tiró a los brazos, le besó, le abrazó, le acarició. No quería que pasara el tiempo. Y ella iba a conseguir congelarlo para no volver a mirar el reloj nunca más. A penas les quedaban nueve, diez, puede que once meses. Y los iba a aprovechar, hora por hora, minuto por minuto y segundo por segundo. No se volvería a sentar sola en un banco a mirar a la gente pasar.

Porque el tiempo no espera a nadie.

sábado, septiembre 12

Sólo tú y yo.

Estoy segura de que estás aquí, leyendo esto, esperando encontrar un poco de desahogo emocional, pero no, ahora mismo, a las 3:40 de la mañana y con un dolor de cabeza terrible te voy a hablar de la paciencia.

¿Qué somos sino paciencia? La gente dice, "yo tengo esperanza"... ¿esperanza? La esperanza se tiene cuando está todo perdido y nunca está todo perdido, siempre hay una vía de escape. Siempre hay un plan B, C, D e incluso Z. La esperanza no es más que la excusa que ponemos para no luchar por lo que queremos, para no mancharnos la cara de mierda. Pero ¿qué es la vida? No es más que mierda, que de vez en cuando te deja respirar, pero te vuelve a engullir.

Paciencia. Somos paciencia. Dejamos que las oportunidades lleguen hasta nuestros pies, claro está, siempre escogemos el camino que nos brinda la posibilidad de ofrecernos esas oportunidades. Y cuando las dejamos pasar, cuando las dejamos pasar estamos perdidos, porque sabemos que no van a volver, y que te tendrás que manchar las manos y que puede que no lo consigas, pero para eso estamos aquí, ¿no? Para luchar. Para luchar por cualquier cosa.

Y yo lucho, lucho por ti. Lucho para que no te vayas. Y tú y yo sabemos a la perfección que estamos plagados de errores, tú por falta de paciencia y yo por requerir demasiada paciencia. Pero al fin y al cabo, no somos más que paciencia. No vivimos más que a base de paciencias.

Y por no perderte, me juego el tipo. Por no perderte abandono los silencios. Ya sabes lo que dicen, por la boca muere el pez. Por la boca yo ya he muerto muchas veces. Me lo dice la experiencia. Aunque sea de manera subjetiva.

Y aunque no lo creas, escucho cada cosa que dices, escucho hasta tus pestañeos, pero prefiero olvidar aquello que me pueda roer el alma. Aquello que me pueda rasgar el corazón. Y esque te quiero solo para mí. Y que no existan más mujeres ni más hombres. Solo tú y yo contra el mundo. Solo tú y yo.


miércoles, septiembre 2

Sencillismos.

Suspiro. Largo, intenso y profundo suspiro.

Coges aire, todo el que puedas y lo sueltas. Suspiras.

"Vaya, vaya", pensó mientras se consumía un cigarrillo entre sus dedos, "las cosas son y están así. Son inamovibles. Lo que es, es y lo que no puede ser, no es". Vaya estupidez.

¿Quién dijo miedo?

Echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en el respaldo, mirando al techo. En la oscuridad todo se veía más sencillo. O puede ser que en la oscuridad simplemente no se veía nada.

¿Por qué aún le dolía pensarla? Mejor sería dejar de pensar. Bueno, un pensamiento pequeñito no dañaría a nadie, ¿no? Se olvidaba de sí mismo, como siempre.

"¿Por qué?", calada al cigarrillo, "¿por qué la gente se empeña en hacer lo fácil difícil? ¿Por qué todo el mundo se mira su propio ombligo? ¿Por qué siempre salen problemas de dónde podría no haberlos? ¿Por qué todo tiene que ser tan complicado? Se acabó". Y ya no se preguntó por qué más. Simplemente dejó que todo pasara. Se sentó en aquel sillón a esperar que aquella sonrisa no volviera a su mente.

¿Hablar? Hablar hablaba de nada. ¿De qué iba a hablar? ¿De cáncer? ¿De infidelidades? ¿De abandonos paternos? ¿ Acaso iba a hablar de lo poco satisfecho que se sentía con respecto a la maldita vida (más o menos fácil, según quién la mire) que le había tocado? ¿Iba a hablar de todas las cosas que había tenido que abandonar sin quererlo? ¿A alguien le interesaba algo de eso? Y qué iba a hacer ¿soltarlo todo de un tirón? No, hay cosas de las que no se habla a no ser que surjan. Hay cosas que no tienen por qué saberlas el resto del mundo.

Al final siempre volvía a lo mismo, a enfadarse consigo mismo. Qué maldito chasco, ¿no? Uno que piensa que tiene el control de todo y al final se da cuenta de que todo tiene el control de uno mismo.

Sinceramente, se acostumbró a la porquería. Ya no se sorprendía de nada, de todas formas, ¿qué podía hacer con lo que se le venía encima? Aceptarlo tal cual. Comérselo, sin acompañamiento.

Sin acompañamiento. Así se quedó. Con la boca llena de palabras que le faltaron por decir y las manos completamente vacías. Se habían llevado lo último que le quedaba de sí mismo. De todas formas. ¿Qué más daba? Él estaría bien en un par de horas y volvería a hacer chistes estúpidos y volvería a ser el mismo descerebrado de siempre. Qué más da. Claro. Debe ser que hay personas que nacen para eso, para entretener a los demás.

Y así se quedó. Con la boca llena de palabras que le faltaron por decir y las manos vacías, completamente... vacías. Cosas de la introversión, supongo. Él ya no podía aguantar más. Se estaba desmontando por dentro. Ya no tenía sentido. Nada tenía demasiado sentido. Así que decidió hacerse el ciego, el sordo y el mudo. Y se acabaron las sandecez. Ya no le cabían más nudos en la garganta.
Ojo por ojo y diente por diente.

sábado, agosto 29

Con C sólo para mí.


Como quien no quiere la cosa, los minutos se transforman en gotas de agua que caen uno a uno en un lago de besos. Resbalan por los dedos de una hoja y se tiran al vacío de un suspiro. Quien dice un suspiro dice dos o tres o diez o incluso se atrevería a decir que una respiración entrecortada o una sonrisa placentera.

Your lips move but I can't hear what you're sayin'. When I was child I had a fever. My hands felt just like two balloons. Now I got that feeling once again. Ican't explain, you would not understand. This is not how I am. I have become comfortably numb. Mientras unos labios acarician otros que cantan.

El cuello estirado hacia atrás, para que las gotas resbalen por él con facilidad, y corran hacia abajo, pasando por el riachuelo del pecho, estancándose en el ombligo. Los dedos de una mano intentan apartar los minutos del pelo ajeno. Los dedos de una mano intentan arrancar los minutos de una piel ajena.

Your lips move but I can't hear what you're sayin'. When I was child I had a fever. My hands felt just like two balloons. Now I got that feeling once again. Ican't explain, you would not understand. This is not how I am. I have become comfortably numb. Mientras unos labios acarician otros que cantan.

Los minutos se secan poco a poco, suspiro a suspiro. Los minutos se empiezan a secar cuando acaba la cabeza de uno sobre el pecho del otro, envueltos en sábanas de infinito. Los minutos se secan y todo se queda parado. El tiempo no pasa, las gotas no resbalan y los suspiros cesan. Sólo quedan las respiraciones y los latidos incontrolados.

Your lips move but I can't hear what you're sayin'. When I was child I had a fever. My hands felt just like two balloons. Now I got that feeling once again. Ican't explain, you would not understand. This is not how I am. I have become comfortably numb. Mientras unos labios acarician otros que cantan.

Y qué se le va a hacer si las horas quieren ser tan cortas. Qué se le va a hacer si las horas se empeñan en resbalarse por debajo de la cama y salir cuando menos oportunas son. Qué se le va a hacer.

Your lips move but I can't hear what you're sayin'. When I was child I had a fever. My hands felt just like two balloons. Now I got that feeling once again. Ican't explain, you would not understand. This is not how I am. I have become comfortably numb. Mientras unos labios acarician otros que cantan.

Y los minutos vuelven a aparecer, pero como una lluvia. Una lluvia torrencial que lo deja todo empapado de sudor. Un sudor frío que te encuentra aunque te escondas. Con prisas cada uno se marcha a su cama, a enredarse en sus propias sábanas limitadas, en sus propias sábanas que no van más allá de la epidermis, y de la dermis ni idea, y de las costillas menos aún y qué decirte de los corazones.

Your lips move but I can't hear what you're sayin'. When I was child I had a fever. My hands felt just like two balloons. Now I got that feeling once again. Ican't explain, you would not understand. This is not how I am. I have become comfortably numb. Mientras unos labios acarician otros que cantan.

Y ¿qué tal si un día nos convertimos en minutos y corremos por los cuerpos?, ¿qué tal si un día nos dejamos absorver por la epidermis para llegar a las venas y correr por su cuerpo hasta llegar a su corazón?

Your lips move but I can't hear what you're sayin'. When I was child I had a fever. My hands felt just like two balloons. Now I got that feeling once again. Ican't explain, you would not understand. This is not how I am. I have become comfortably numb. Mientras unos labios acarician otros que cantan.


¿Alguna vez has hecho el amor viendo Pink Floyd The Wall?
Yo tampoco.

jueves, agosto 13

Aquí, frente a tí.

Ante sus ojos se extendía una enorme explanada llena de retamas y bordeada por montañas. Estaba atardeciendo, las motañas tenían un deslumbrante color rojo, similaba el cañón del Colorado. Una vista impresionante y ella estaba de pie, al borde del barranco, mirando, satisfecha, con los brazos en la cintura, lo que se extendía bajo sus pies.

Se acostó allí, en aquel mismo suelo lleno de piedritas bien parecidas a la piedra pómez, si no lo eran ya. Por fin había anochecido y boca arriba podía ver de vez en cuando alguna estrella que caía, con su estela o sin ella, según la lejanía de ésta. De fondo, la risa de los suecos y Ana. Bajo su cabeza, el brazo de Diego y bajo la cabeza de éste, estaba Marina envuelta en una toalla a rayas, que hacía juego con su bolso.

Hacía frío. En el Teide hacía frío. Era de esperar.

-Ahora mismo soy feliz.

-Vaya, ya estás listo para morir.

-Haha. Si.

-Qué ingenuo. No creo que nadie llegue a alcanzar la felicidad.

-¿No? ¿El otro día en la playa no eras feliz?- Por un momento no tuvo nada que decir contra eso, claro que no era feliz, ¿qué es la felicidad sin la libertad? ¿Cómo podía ser feliz si cada vez que desaparecía una preocupación aparecía otra? ¿Pero cómo podía explicarle eso sin ponerse seria? Se sintió acorralada.- ¿No eras feliz mientras yo me dormía en la playa y me quemaba la espalda? ¿Eh, Sanz?

-Sí, en ese momento fui muy feliz. Haha.- Le pareció que él tenía una percepción de la felicidad tan superficial que no entró en discusiones absurdas.

Silencio.

Marina propuso que se marcharan, y a pesar de sus pocas ganas de levantarse y subirse al coche, a aquella ridícula parte trasera, se puso en pie. Y se sentó en aquel asiento del maletero, frente a Ana. Se dieron la mano y pegaron sus narices al cristal, tratando de ver alguna otra estrella fugaz. Ana la vio, pero ella no.

Ella no vio más estrellas aquella noche.




domingo, julio 26

Uno, luego otro.



No se fija, se deja engañar. Va ciego. Un cigarro, luego otro. Se ríe y no se da cuenta de lo que le hace reír. Sus manos rozan las puntas de su pelo; acaricia su espalda hasta llegar a la cintura. Le sirve otra copa. Se pierde en su sonrisa amplia y sincera. Dos palabras: "¿La mía?", otras dos que salen de su boca sin siquiera pensarlas, salen como actos reflejos: "La tuya".

Besos en la entrada, en el "hall". Besos hasta la habitación. Una mano que busca el interruptor, no lo encuentra y se pierde buscando, esta vez, una cremallera. Cremallera de un vestido que baja con besos de fondo. Ropa al suelo. Pelo que se suelta y ahora si puede tocarlo, suave, verde.

Manos entrelazadas. Manos que bajan y que suben. El pelo que le cae a un lado del cuello, acaricia su nariz. Suave. Él sigue ciego. Aún no sabe lo que le hace reír.


-


Un cigarro, luego otro. Sin poder dormir, se levanta y busca la cocina, bebe un vaso de agua. Se viste torpemente y sin hacer ruido se marcha. Sigue estando borracho y ciego. Sin comprenderse ni a si mismo regresa caminando a casa. Con el frío calándole los huesos, le da una patada a una lata, luego otra.

Abre la puerta de su casa y se desmorona en el sofá, mañana será otro día. Mañana seguirá sin querer ver. Seguirá estando ciego. Ni él mismo se entiende y nadie nunca le entendió.


miércoles, julio 15

Tus flores siempre serán más bonitas.


Me sorprende cómo nos complementamos. Cuando estoy lejos de ti te echo de menos y nunca te echo de más. Cuando estoy contigo me rio, todo el rato, sin parar. Contigo no se acaban las palabras, no existen los silencios incómodos.

Nos completamos. Cuando no estás es como si me faltase la mitad de mi misma. Es extraño. Y pensar que no hace ni un año que nos conocemos. Y pensar que nos conocimos por una casualidad. Por una casualidad bastante casual. Y desde ese momento yo he sentido que estoy unida a ti, por un lazo invisible. Un lazo que nunca se deshace, un lazo que es fuerte y puede aguantar cualquier percance.

Casi me sorprendo al recordar con qué facilidad entrelazamos nuestros dedos y me dejaste apoyar la cabeza sobre ti para dormir. En ese momento firmamos un pacto en que juramos no abandonarnos. Nada puede ser tan importante como para romper esto, que es TAN especial e inusual. Yo no me podría enfadar contigo, porque sacas risas de donde no las hay. Te quiero tanto. Ignoras.

Ojalá pudieses saber exactamente qué es lo que quiero decir. Ojalá pudiese expresarme mejor. Quiero que sepas, que yo siempre voy a estar a tu lado, hagas lo que hagas, digas lo que digas. Eres bastante grande. Espero que lo sepas, espero que algún día te des cuenta de lo especial que eres.

lunes, julio 13

Y tú, ¿qué haces hoy?

Hoy voy a escribir a lápiz, así mañana podré borrar lo que escriba hoy. Con buena letra. Agarrando bien el lápiz, dejando márgenes.

Hoy voy a soñar en blanco y negro. Para no distinguir bien el color del bosque de aquellos ojos y confundirme con los de otro.

Hoy voy a hablar despacio, para que me de tiempo de pensar. Pensar en positivo, que positivo más positivo nunca será negativo.

Hoy voy a sentarme en la terraza a mirar las estrellas y a no dedicar ni un segundo a nadie, esta noche soy para .

Hoy voy a comerme uno de esos helados a los que nunca le invité. Uno o dos o diez, que cuando se trata de helados nunca son suficientes.

Hoy no voy a mirar atrás. Por si acaso no veo lo que hay delante. O por si acaso me tropiezo y me caigo.



lunes, julio 6

Ya estamos servidos.

Lo primero que necesitamos es una base firme de imaginación y recuerdos. Y empezamos, siguiendo la receta. Debemos poner algo de Queen, un poco más de Vetusta Morla y unos pequeños toques de Extremoduro y Marea. Si se prefiere, también se puede poner Iván Ferreiro, The Kooks o Bruce Springsteen. Para endulzar es necesario Besos de Desayuno de Calle13 o Jammin' de Bob Marley. Se le añaden aromatizantes del tipo A, para que huela a Amor. Todos sabemos que no existe, pero nos gusta imaginarlo y creer que lo podemos coger y espolvorear por nuestra piel. Nos gusta imaginar. Para adornar son necesarios un sinfín de besos infinitos que recorrieron mi espalda aquella noche y dedos acariciando mi pelo.

Y ya está listo. Listo para comer y dejarse llevar por los recuerdos de la base. Por los besos y los dedos que lo adornan, por la música que lo compone, por el dulzor de esas canciones que tantas palabras han inspirado (en mí). Por el aroma de ese falso sentimiento, que nos hace soñar, imaginar y recordar. Cualquier tiempo pasado fue mejor.

Después uno se debe acomodar en la cama, para digerirlo, mientras la música sigue sonando, no para. Mientras uno lo digiere, cierra los ojos y desea, desea lo prohibido, lo que está fuera del alcance. Lo visualiza, hasta el punto que casi puede tocarlo. Le acaricia la cara, le besa las mejillas, la barbilla, los ojos, los labios, el cuello, se deshace de la camisa, botón a botón, beso a beso. La desliza por sus brazos, la deja caer. Afloja el cinturón, desabrocha el botón, baja la cremallera, los pantalones desaparecen. Se tumba en la cama, le besas desde arriba, los labios, el cuello, el pecho, el ombligo... Y se desvanece.

Y ahí te quedaste, con el sabor "a medias" y las ganas asomándose a tus ojos. Derramándose y empapándose en tu camiseta. Un cúmulo de ganas que resbala por tus mejillas, y otro, y otro, y otro, así hasta mil.

Mil noches. Mil noches cenando recuerdos con canciones y aromas totalmente inexistente. La buena digestión no está asegurada. Pero se digiere, quizás no hoy, ni mañana, ni el mes que viene, ni el siguiente, quizás nunca o quizás sí, quizás el mes que viene sí.

A mí me da que ya no voy a volver a cenar hasta que el hambre no me deje respirar. Esta vez si no respiro es por no ahogarme.

domingo, julio 5

Sin dejar de leer. Me gusta que lo hagas.


Sé que me lees. Lo intuyo. Lo imagino. Lo quiero creer. Sé que a partir de mis letras te permites imaginarme. Lo intuyo. Lo imagino. Pero esta vez, lo creo. Tus ojos se deslizan suaves por las líneas, con el egoísmo asomando en tus pestañas y tu labio inferior que sufre el apretón de tus dientes superiores, que muerden a causa de la impotencia. Sabes que tus palabras no me alcanzan, ni tus palabras ni tus pies. Sigues leyendo, un mechón de pelo se descuelga y te lo vuelves a poner detrás de la oreja, sin dejar de leer.

Sabes que estás lejos. Y que por eso nuestra mirada nunca se va a cruzar. Ni nuestra mirada ni nuestras palabras. Mis palabras son como el viento, que depende del día pueden ser fuertes y despeinarte el pelo o pueden ser suaves y acariciarte las mejillas, o pueden no ser.

Depende del día todo está bien o nada está en su sitio. Depende del día me produces curiosidad o me causas rechazo. Depende del día me arrepiento de cosas o me alegro de otras. Hay quién se atreve a decir que presento bipolaridad. Yo diría que falta de estabilidad, pero no en la personalidad, precisamente. Hay quien se atreve a preguntar por qué hago lo que hago. Yo diría que el que pregunta eso tiene un serio problema de ceguera. O de falta de sentido común o sensibilidad.

Yo creo que hay que saber apartarse del camino. Yo ya lo he hecho, y tú, ¿lo hiciste cuando se te presento la oportunidad? ¿lo hiciste cuando fuiste un estorbo? Yo diría que no. Pero no sé. Quizás sí. Eso sólo lo sabes tú. Tú y quién te rodea. Yo no te rodeo. Yo sólo te he pillado paseando tus ojos por mis palabras. Palabras que puedes dejar que te afecten o no. Debemos poner los límites. Tú llegaste al tuyo. Llegaste al límite y aún sabiendo que el futuro que esperas no va a aparecer, sigues erre que erre.

No creo que te guste esto último que he escrito. Tampoco sé si lo demás que he escrito te ha gustado. Así que... juzgue y critique usted misma, para sí misma, como siempre. Si te soy sincera, me gusta que me leas.


Sin decir nombres, ya sabes como te llamas, supongo.

martes, junio 30

Con la brisa de las once despeinándome el corazón.


Sólo son las diez y ya necesito que me hagan un boca a boca, un cuerpo a cuerpo. Sólo son las diez y ya necesito una copa de labios y una ración de miradas. A las diez ya estoy pidiendo a gritos un mechón de pelo que pasee por mis dedos.

Sólo son las diez y ya quiero que me desnudes las palabras. A las diez ya estoy suplicando por una mirada que se clave en mi piel. Y aquí me quedé, sentada frente un papel y un bolígrafo, desafiándome.

A esconder mi cara detrás de los dedos entreabiertos, que me dejan ver, mientras sonrío, tu ombligo, a eso es a lo que me quiero dedicar cuando ya no me quede nada más que exprimir de en .


¿Acaso las palabras valen algo si ningún destinatario las recibe?


Estoy cansada, y a la vez deseosa de comerte con mis letras, que se entierren en tu piel y sean imborrables, a eso aspiro hoy, a las diez. Y si algún día vuelvo a aprobar tu epidermis, saborear mis letras y que me sangre la lengua, igual que me sangran las palabras.

A la esquina. Al cajón de lo que tengo pendiente de olvidar, ahí es a donde te llevo hoy, a las diez y media. Fuera.

Hoy no es noche para lamentaciones. Hoy es noche para enamorarme de las estrellas. De una cualquiera, que te barra. O de todas, que cuando se trata de estrellas, nunca son multitud.

A las diez y media cuento estrellas para no pensarte. Y lo más triste de todo es que me propuse no volver a escribirte. Y no puedo evitarlo. Se me caen las estrellas encima, rompiéndome los recuerdos en mil pedazos. Los más gracioso es que podrías coger todos los pedazos y tirarlos a la basura, y acabar con este tira y afloja, pero prefiero coger la cinta adhesiva y pegarlos todos, pero sólo los buenos, dejando huecos en los que iban los malos, por si tengo que volver a guardar algún recuerdo, que no le falte espacio. Por si un día quieres más piña.

Espacio. Eso es lo que necesito para respirar. Respirar aire. Aire o humo. Humo de ese cigarrillo que sabe a tranquilidad. Me quedo embelesada mirando cómo se consume, cómo se va quemando poco a poco, paso a paso. Y se me ocurre que se parece a cómo se me quema el corazón, poco a poco, beso a beso.

Así es cómo está el cielo hoy a las once de la noche, sin estrellas porque se me han caído todas encima. Y yo aquí, que me quitaría los ojos, sólo para no mirar si me has llamado. Y que me arrancaría las manos, sólo para no volver a escribir; Y las cuerdas vocales, para no hablarte. Pero me quedaría con mis pestañas, para que hicieras equilibrios en ellas. Me quedaría con mis labios y mi lengua, para besarte y saborearte. Me quedaría con mi cuello para ofrecértelo como señal de que aún hoy, a las once y cinco, sigo siendo tuya.

Con la brisa de las once despeinándome el corazón.


lunes, junio 29

Del suelo no se puede caer.


Se despertó aquella mañana, abrió los ojos perezosamente, se llevó las manos a la cara y se quitó el sueño que le quedaba en ellos (los ojos). Bostezó. Se estiró en la cama, se estiró tanto como pudo, quizás así podría crecer dos milímetros más.

Deslizó las piernas por debajo de las sábanas y las sacó de la cama, apoyándolas en el suelo. Se quedó sentada en el borde de la cama palpando con sus pies el suelo. El suelo que siempre iba a estar ahí. Como su madre siempre decía: "Del suelo no se puede caer".

Se levantó despacio y caminó hacia el espejo, casi arrastrando los pies. Miró su reflejo. Un día más, lo mismo de siempre, el pelo que va hacia el lado que le da la gana. Los ojos hinchados, le hacen creer que en un pasado fue japonesa, es probable que una Geisha, dominando todas las artes. A quién quería engañar, ella no sabía nada del arte, y mucho menos quería creer en el pasado. Ella ya no creía nada.

Siguió la misma ruta de siempre, ahora le tocaba ir al baño, se lavó la cara y se la secó, con gran cuidado. En la cocina le esperaba una encimera llena de tazas, envoltorios, tetrabriks de leche llenos y vacíos. Lo recogería después de engullir cualquier cosa que encontrara, sólo para aguantar hasta el almuerzo. Cualquier cosa.

El calor de la mañana de verano se reflejaba en las paredes rojas de la cocina. Decidió ducharse, para quitarse los restos de fantasía de aquella noche tan larga. Se desprendió de la ropa que llevaba y se quedó delante del espejo totalmente desnuda, mirándose, paseando los ojos por la colina de sus caderas, bajando por el camino que llevaba hacia el sur, volviendo a subir para recorrer cada lunar que se asomaba tímido a sus hombros, su pecho, su cuello... y una vez más se pregunto por qué.

Se metió en la bañera y dejó que el agua fría recorriera su cuerpo. Haciéndola querer salir rápido, pero ella se quedaba ahí debajo, con la respiración agitada y apretando los ojos. Se pasaba las manos por la cabeza pensando qué es lo que había hecho, o lo que no había hecho. El jabón resbalaba por su cuerpo, llegando al ombligo, siguiendo hacia abajo, haciendo aquel recorrido que hacía tanto tiempo que nadie quería caminar. Lamentándose, así era como se frotaba el cuerpo, arrancando cada pizca del pasado que le quedaba, cada pizca de ayer.

Se envolvió en la toalla y se secó. Se clavó en el borde de la bañera mirando al infinito, mirando al futuro, idealizándolo. Despertó de su trance y se vistió, se peinó, su pelo volvía a estar controlado, ella volvía a tener control sobre él, volvía a tener el control de algo.

Bajó a su habitación y se sentó frente el ordenador, leyendo lo que no tenía que haber leído, buscando un mensaje que nunca le llegó. Releyendo el mensaje que pidió unos días atrás y le había causado tanta rabia y enfado.

Ella ya no se creía. A estas alturas ya no se creía nada. Estaba clavada en el suelo, del suelo ya no se podía caer, no quería volver a saber nada de volar.

domingo, junio 28

DEPresión.

Depresión: Estado de una persona que no tiene ganas de hacer nada, está triste, desilusionada y ve todo un poco negro. O blanco.



Ella ya había visto llorar a su madre muchas otras veces, pero nunca como aquella vez. Notó como cada palabra que salía de su boca le arañaba la garganta y sus manos, que trataban de cortar una cebolla, desvelaban que sus lágrimas salían directamente del corazón. Ella, desde su cuarto, podía sentir el ambiente cargado que inundaba la cocina. Aquella cocina con paredes rojas, que habían sido testigo de la muerte de tantas lágrimas.

Desde su cuarto vio como su madre soltaba el cuchillo y apoyaba las manos en la encimera, dejando caer todo su peso en ellas. Una lágrima saltó y cayó sobre aquella cebolla, otra y otra, así hasta cien lágrimas, que tiñeron la cebolla de aquel color rojo sangre que envolvía las paredes de la cocina. Se llevó las manos a la cara y se secó lo que quedaba de la lágrimas. Terminó de cortar la cebolla y la echó en la ensalada.

Todos se sentaron en la mesa para cenar, sentían con gran pesar aquel dolor que sentía su madre, a la que se le había muerto el corazón de amor. De un amor que no podía evitar sentir. Un amor que cuanto más tiempo pasaba más daño le hacía. Más daño le hacía.

sábado, junio 27

Un día más, obviémoslo.

Recíproco. Todo es absoluta y completamente (valga la redundancia) recíproco. Y si es así, ¿qué haces que no me estás comiendo a besos y a palabras? Parecemos diferentes, pero no lo somos. Yo hago estupideces y tú las dices. No nos complementamos, pero aún así, todo es recíproco. Y qué quieres que te diga, que yo no espero un verano entero, que yo no puedo esperar ni dos segundos, sabiendo que esto es algo mutuo. Tómame o déjame. Ya o nunca.

Condiciones que condicionan. Obviémoslo. Yo bajo presión prefiero no actuar, que se me salen, sin querer, las carcajadas. Todo me da vueltas en la cabeza, volvemos al mismo punto de siempre, al tira y afloja, al quiero pero no quiero.

Que no te das cuenta del daño que me haces, que no te das cuenta del daño que te haces. Que si quieres algo ya, tenlo ya. Para mí es más fácil negar lo evidente, que saberte y no poderte. Que yo no espero a madurar, porque eso no es cosa de un par de meses, eso es cosa de un par de años, que se madura con experiencias, no con cumpleaños. Para mí es más fácil cerrar los ojos y ponerte en el sitio adecuado para que no me afectes.

A ver si te das cuenta de que me estoy volviendo loca, un día sí, dos días no, tres sí, uno no, a veces sí, casi nunca no... Que yo no puedo así. Que a mí se me acaban las palabras intentando explicarte que yo ya estoy mayor para juegos, que se me ha hecho tarde, que no encuentro mi conejo blanco.

A veces me gustaría que te metieras en mi cabeza y descubrieras tú solo qué es lo que tanto me atormenta, que ni yo misma sé explicar. A mí lo que me hace daño es que me hagas creer que puedo y al final me desveles que no puedo. A mí lo que me hace daño es quererte como eres, con tus virtudes y con tus defectos, que según cómo se miren, también son virtudes.



jueves, junio 25

Ref.lejos


Aquellos ojos se escondían en la oscuridad, ocultando lo que realmente querían decir. Una boca que habla pero no dice nada. Balbuceando palabras que corren despavoridas por la arena. Intentando hacer dibujos con los dedos que se quieren despegar de las manos. Susurros que llegan a sus oídos y le hacen correr por la orilla de los recuerdos, huyendo de los mismos.

Aquel pelo se mezclaba con la arena de manera que parecía que él pertenecía también a ella (a la arena). Y eso es lo que quería, sumarse a los granos de arena, que se levantan y vuelan al ritmo de la brisa. Él quería ser grano de arena y meterse en el ojo de aquella muchacha. Imaginar nunca fue tan divertido.

No recuerda como volvió a casa. Sólo recuerda que su mirada se perdía con cualquier recreación de aquellas curvas peligrosas. Sólo recuerda que llegó a casa y se tumbó boca arriba en la cama, apoyó un cigarrillo en sus labios y lo encendió. Pasó uno de sus brazos por detrás de su cabeza, dejándolo ahí para conseguir una postura más cómoda. Y pensó, y recordó, y reflexionó, e imaginó que ella entraría en cualquier momento y se acostaría a su lado, apoyando la cabeza en su pecho... y abrazándole, como siempre. Y pasar las noches y los días; que también serían noches porque nunca, jamás, abriría las persianas, para no arrancar el olor a pasión; así, de esa manera, enrollados formando una sola persona.

Susurró al aire dos palabras que le arañaron la garganta y derramaron todo lo que le quedaba en el corazón: Te quiero. Se mordió el labio inferior, arrepintiéndose de lo que acababa de decir. Él, estando en aquella playa, vió que los ojos de aquella chica le decían que la olvidara, y esa fue la única vez que no le gustó reflejarse en sus ojos, en aquellos ojos risueños que se reían sin que hiciesen falta sonoras carcajadas. Aquellos ojos que tantas veces le habían pedido que la quisiera.

Él pasaba las noches escribiendo cartas que nunca enviaba, pasaba las noches riendo con el whiskey y los cigarrillos. Por la mañana se duchaba para quitarse el olor a desamor, e iba a verla a su casa, para estar con ella. Y mirarla fijamente, en silencio. Para él era suficiente estar en la misma habitación que ella, sentados en la misma cama. Escuchando las respiraciones y las palpitaciones que intentan salirse de aquel pequeño corazón.

Pero él sabía que después de aquella noche, todo iba a cambiar. Ella ya estaba fuera de su alcance, él ya no quería ser pieza de aquel juego, él sólo quería ser jugador.

lunes, junio 22

Ahora que sé que me lees.


Conseguí arrancarme las ganas de tus labios en mi piel. Conseguí desprenderme del recuerdo de tu mirada que se clavaba como un puñal, en lo que sería mi pequeña batería. Conseguí alejarme todo lo que pude de tí. Y así fue como hice borrón y cuenta nueva. Que ya no busco nada. Lo que tenga que ser será.

Hay gente que se enamora de personas que no están hechas para ellos. En ese caso lo único que queda es guardar ese sentimiento bajo llave y no dejar que salga, y quizás así se disuelva. Ahora que sé queme lees, quería explicarte lo que nunca te expliqué. Que cuando me separan sólo dos milímetros de tus labios, no me salen las palabras. No me pidas que te lo diga, pídeme que te lo escriba.

Y así son las cosas, que si hay alguna palabra que me describa a la perfección, es miedo. Miedo a que todo lo que he conseguido se vaya. Porque es más fácil hacer que algo se vaya que conseguir que se quede. Conmigo no se queda (casi) nada. Quizás hubiese sido mejor decirte las cosas apoyados en la varandilla del balcón. O quizás mejor hubiese sido decírtelas con la cabeza apoyada en tu barriga, acostados en tu cama. O mientra te ayudaba con los estudios. O quizás en estado ebrio. Quizás el viernes quise emborracharme para encontrarme contigo y decirte, sin pelos en la lengua yo y sin pelos en las orejas tú, todas las cosas que quiero y las otras que no quiero, contigo o sin tí.

Y estando de pie frente a tí, me siento desnuda de palabras. Mantener la vista fija en tus ojos nunca había sido tan peligroso, por mi cabeza pasaba en forma de imagen todos los finales posibles. Todos los finales posibles entre tus brazos, entre mis piernas, enrollados en mi lengua, escondidos en mi pelo, dando vueltas por mi cabeza, una y otra vez. Y una y otra vez es que quiero que me hables, y que cuentes conmigo. Que si me dejas y nos da tiempo, te dejo que me toques el alma y que te sientes con ella a hablar, a hablar de lo que nunca quiere hablar, porque de lo débil que es tiene miedo de la inestabilidad, de la cuerda floja, de caer y no saber sentir nada más.

domingo, junio 21

Dije lo que quería decir, pero no lo que tenía que decir.

Enciendo un cigarrillo, lo apoyo en mis labios, aspiro todo el humo posible y me acuerdo de tí y de tus cigarros de después. No me queda otra cosa más que relajarme. Me siento en un banco y dejo que la brisa me acaricie la cara. La misma brisa que quizás esté acariciando tu cara también. Otra calada. Cada calada de este cigarro me hace recordar tantas cosas... No puedo. No puedo seguir pensando que eres mi mitad. Apagaré este cigarro y no volveré a pensar en tí. Lo apagaré después de darle otra calada más.

Qué va, no lo puedo, ni debo, desperciar. Me lo acabaré, me fumaré hasta el filtro. Me lo fumaré hasta que no quede nada. Nada más.

Se acabó. Lo apago contra el suelo y lo lanzo, a ver qué lejos puede llegar. Casi nada. Probablemente al cabo de unos días, la colilla vuelva a este banco. Vuelva a donde fue encendido.

Me levanto del banco y ya me siento mejor, relajada. Llego a mi casa y me tumbo en la cama. Aún tengo el sabor del humo en mi boca y el olor en mis dedos. Y pienso en tí.

Pienso en las terribles ganas que me dieron de quedarme cuando me lo pediste, y de lo arrepentida que estuve de camino a casa por haberme marchado. Por fin te supe decir que no. Por fin te pude decir que si era contigo no me quedaba.

Ahora me toca dormir, dormir y ver si mañana me llamas. O si mañana te quiero menos. O quizás si mañana me he olvidado de tí. Ahora me toca dormir.

Cerraré la ventana, para que no entren cucarachas.




jueves, junio 18

Se llama Pasión.

Ella es la típica mujer que no hace falta que te diga cómo está, tú lo sabes con sólo mirarla. Es totalmente transparente, refleja en sus ojos todo lo que siente.

Sus ojos que guardan lágrimas que no quieren saltar, por si parece que le afecta más de lo normal. Lo que ella no sabe es que sus manos, en cada cosa que hacen, lloran tristezas.

Ella puede ser rubia o morena, risueña o realista, ella siempre es ella. Sólo quiere dejarse llevar. Llevar a un lugar donde esté prohibido dañar. Dónde sólo haya sitio para las personas racionales y que los idiotas se queden fuera.

A mí me gusta cuando ella ríe. Es divertida.

Ella quiere un buen amante, que la acaricie y recorra su cuerpo con la yema de los dedos, y que no la haga perderse entre las sábanas, sino que siempre mantenga el norte y, por supuesto, el sur.






martes, junio 16

2 milímetros.

No uno, ni dos, ni tres, sino... dos. Dos milímetros más grande. Dos milímetros más libre. Dos milímetros menos tuya. Y aunque menos tuya, cada día te recuerdo un poco más. Es lo que tiene echar de menos. Echar de menos sólo entre semana. Los fines (casi) soy sólo para tí. (Casi) sólo para cuándo tú quieras. Dos milímetros más grandes. Dos personas más pequeñas.

Sentadita en mi ventana te veo pasar y me dan ganas de tirarme, para ver si me coges, para comprobarlo, y si me coges me haré dos milímetros más pequeña, para caber en tu bolsillo, y que me lleves siempre contigo. Para no separarme de tí, y que me metas en la lavadora (dentro de tu bolsillo) y dar vueltas y vueltas y marearme y odiarte sólo un rato, y después salir y volver a estar pegadita a tí. Bolsillo contra piel. Respiración contra respiración.

Dos milímetros. Dos milímetros más grande cuando te hago reír, dos milímetros más grande cuando confías en mí. Dos milímetros más pequeña cuando no puedo evitar pensar en tí.

Dos segundos dos milímetros. Dos segundos más callada. Dos segundos en los que caigo y rápidamente me vuelvo a levantar, porque soy dos milímetros más grande cuando recuerdo que siempre siempre me vas a guardar en tu bolsillo. Bolsillo contra piel. Respiración contra respiración. Palpitación contra palpitación.


martes, junio 9

Con el blanco hay que tener cuidado.

Ando con pies de plomo. Ando tan despacio que casi podríamos decir que desando. Yo quiero recordar tiempos pasados. Tiempos en los que mientras callabas, las palpitaciones hablaban, tiempos en los que mis gemidos te arañaban, creando besos que se ahogaban en mi cuello. Tiempos en los que no hacían falta palabras, nos bastaba con suspirar.

Antes de eso, no había nada, antes de eso estaba yo sola con mis palabras, que no salían porque no tenían necesidad. Antes de eso yo andaba rápido, tan rápido que no me dí cuenta de lo especial que eras. Cuando lo descubrí, ya era demasiado tarde. Ya no había marcha atrás. Todo se volvió blanco, tan blanco que me cegaba y no podía ver. Sólo sentir.

Paciencia. Tuve paciencia.Quise tenerla, porque quería estar contigo. Quería empaparme de tí una y otra vez, sin parar. Susrrarte besos. Cantarte caricias. No ví que todo lo que yo te daba, tú lo traducías como cariño, mucho cariño, pero cariño, al fin y al cabo. Andaba con los ojos cerrados. No quería saber lo que me decías con tus besos. Me decías que nunca serías mío plenamente, pero no quise saberlo, así que lo ignoré.

Me rompiste en mil pedazos. Me masticaste, me volviste a pegar y cuando me volví a creer irrompible, me volviste a romper. Me olvidaste rápidamente, casi tan rápido como lo que duró tu amor hacia mí. Ya no cabían más: "te lo advertí". Ya no había sitio para más. Todo se volvió blanco, tan blanco que me cegaba y no podía ver.
Sólo sentir.

martes, mayo 26

Poeta de cañerías.


Abajo, abrir los ojos y verte más abajo.
Enredar mis dedos en tu pelo.
Seguir con mis caderas el ritmo de tu lengua.
Encojo los dedos de los pies y a la vez que me encoge el alma.
Camino haciendo equilibrios por el borde de tus pestañas.
Aprieto los momentos que estoy contigo para no dejarme ni una gota.
Los exprimo. Te exprimo. Nos mezclamos en un zumo de sentimientos, de pasión, de palabras intencionadas.
Te enredas en mis ojos, clavándote en mi pupila.
No andes a oscuras, que si te tropiezas ya no hay marcha atrás.
Abrígate con mi piel que busca el roce de tus dedos.
Empápate de mis palabras. Palabras que te dicen que, inevitablemente, te quiero.