martes, junio 30

Con la brisa de las once despeinándome el corazón.


Sólo son las diez y ya necesito que me hagan un boca a boca, un cuerpo a cuerpo. Sólo son las diez y ya necesito una copa de labios y una ración de miradas. A las diez ya estoy pidiendo a gritos un mechón de pelo que pasee por mis dedos.

Sólo son las diez y ya quiero que me desnudes las palabras. A las diez ya estoy suplicando por una mirada que se clave en mi piel. Y aquí me quedé, sentada frente un papel y un bolígrafo, desafiándome.

A esconder mi cara detrás de los dedos entreabiertos, que me dejan ver, mientras sonrío, tu ombligo, a eso es a lo que me quiero dedicar cuando ya no me quede nada más que exprimir de en .


¿Acaso las palabras valen algo si ningún destinatario las recibe?


Estoy cansada, y a la vez deseosa de comerte con mis letras, que se entierren en tu piel y sean imborrables, a eso aspiro hoy, a las diez. Y si algún día vuelvo a aprobar tu epidermis, saborear mis letras y que me sangre la lengua, igual que me sangran las palabras.

A la esquina. Al cajón de lo que tengo pendiente de olvidar, ahí es a donde te llevo hoy, a las diez y media. Fuera.

Hoy no es noche para lamentaciones. Hoy es noche para enamorarme de las estrellas. De una cualquiera, que te barra. O de todas, que cuando se trata de estrellas, nunca son multitud.

A las diez y media cuento estrellas para no pensarte. Y lo más triste de todo es que me propuse no volver a escribirte. Y no puedo evitarlo. Se me caen las estrellas encima, rompiéndome los recuerdos en mil pedazos. Los más gracioso es que podrías coger todos los pedazos y tirarlos a la basura, y acabar con este tira y afloja, pero prefiero coger la cinta adhesiva y pegarlos todos, pero sólo los buenos, dejando huecos en los que iban los malos, por si tengo que volver a guardar algún recuerdo, que no le falte espacio. Por si un día quieres más piña.

Espacio. Eso es lo que necesito para respirar. Respirar aire. Aire o humo. Humo de ese cigarrillo que sabe a tranquilidad. Me quedo embelesada mirando cómo se consume, cómo se va quemando poco a poco, paso a paso. Y se me ocurre que se parece a cómo se me quema el corazón, poco a poco, beso a beso.

Así es cómo está el cielo hoy a las once de la noche, sin estrellas porque se me han caído todas encima. Y yo aquí, que me quitaría los ojos, sólo para no mirar si me has llamado. Y que me arrancaría las manos, sólo para no volver a escribir; Y las cuerdas vocales, para no hablarte. Pero me quedaría con mis pestañas, para que hicieras equilibrios en ellas. Me quedaría con mis labios y mi lengua, para besarte y saborearte. Me quedaría con mi cuello para ofrecértelo como señal de que aún hoy, a las once y cinco, sigo siendo tuya.

Con la brisa de las once despeinándome el corazón.


lunes, junio 29

Del suelo no se puede caer.


Se despertó aquella mañana, abrió los ojos perezosamente, se llevó las manos a la cara y se quitó el sueño que le quedaba en ellos (los ojos). Bostezó. Se estiró en la cama, se estiró tanto como pudo, quizás así podría crecer dos milímetros más.

Deslizó las piernas por debajo de las sábanas y las sacó de la cama, apoyándolas en el suelo. Se quedó sentada en el borde de la cama palpando con sus pies el suelo. El suelo que siempre iba a estar ahí. Como su madre siempre decía: "Del suelo no se puede caer".

Se levantó despacio y caminó hacia el espejo, casi arrastrando los pies. Miró su reflejo. Un día más, lo mismo de siempre, el pelo que va hacia el lado que le da la gana. Los ojos hinchados, le hacen creer que en un pasado fue japonesa, es probable que una Geisha, dominando todas las artes. A quién quería engañar, ella no sabía nada del arte, y mucho menos quería creer en el pasado. Ella ya no creía nada.

Siguió la misma ruta de siempre, ahora le tocaba ir al baño, se lavó la cara y se la secó, con gran cuidado. En la cocina le esperaba una encimera llena de tazas, envoltorios, tetrabriks de leche llenos y vacíos. Lo recogería después de engullir cualquier cosa que encontrara, sólo para aguantar hasta el almuerzo. Cualquier cosa.

El calor de la mañana de verano se reflejaba en las paredes rojas de la cocina. Decidió ducharse, para quitarse los restos de fantasía de aquella noche tan larga. Se desprendió de la ropa que llevaba y se quedó delante del espejo totalmente desnuda, mirándose, paseando los ojos por la colina de sus caderas, bajando por el camino que llevaba hacia el sur, volviendo a subir para recorrer cada lunar que se asomaba tímido a sus hombros, su pecho, su cuello... y una vez más se pregunto por qué.

Se metió en la bañera y dejó que el agua fría recorriera su cuerpo. Haciéndola querer salir rápido, pero ella se quedaba ahí debajo, con la respiración agitada y apretando los ojos. Se pasaba las manos por la cabeza pensando qué es lo que había hecho, o lo que no había hecho. El jabón resbalaba por su cuerpo, llegando al ombligo, siguiendo hacia abajo, haciendo aquel recorrido que hacía tanto tiempo que nadie quería caminar. Lamentándose, así era como se frotaba el cuerpo, arrancando cada pizca del pasado que le quedaba, cada pizca de ayer.

Se envolvió en la toalla y se secó. Se clavó en el borde de la bañera mirando al infinito, mirando al futuro, idealizándolo. Despertó de su trance y se vistió, se peinó, su pelo volvía a estar controlado, ella volvía a tener control sobre él, volvía a tener el control de algo.

Bajó a su habitación y se sentó frente el ordenador, leyendo lo que no tenía que haber leído, buscando un mensaje que nunca le llegó. Releyendo el mensaje que pidió unos días atrás y le había causado tanta rabia y enfado.

Ella ya no se creía. A estas alturas ya no se creía nada. Estaba clavada en el suelo, del suelo ya no se podía caer, no quería volver a saber nada de volar.

domingo, junio 28

DEPresión.

Depresión: Estado de una persona que no tiene ganas de hacer nada, está triste, desilusionada y ve todo un poco negro. O blanco.



Ella ya había visto llorar a su madre muchas otras veces, pero nunca como aquella vez. Notó como cada palabra que salía de su boca le arañaba la garganta y sus manos, que trataban de cortar una cebolla, desvelaban que sus lágrimas salían directamente del corazón. Ella, desde su cuarto, podía sentir el ambiente cargado que inundaba la cocina. Aquella cocina con paredes rojas, que habían sido testigo de la muerte de tantas lágrimas.

Desde su cuarto vio como su madre soltaba el cuchillo y apoyaba las manos en la encimera, dejando caer todo su peso en ellas. Una lágrima saltó y cayó sobre aquella cebolla, otra y otra, así hasta cien lágrimas, que tiñeron la cebolla de aquel color rojo sangre que envolvía las paredes de la cocina. Se llevó las manos a la cara y se secó lo que quedaba de la lágrimas. Terminó de cortar la cebolla y la echó en la ensalada.

Todos se sentaron en la mesa para cenar, sentían con gran pesar aquel dolor que sentía su madre, a la que se le había muerto el corazón de amor. De un amor que no podía evitar sentir. Un amor que cuanto más tiempo pasaba más daño le hacía. Más daño le hacía.

sábado, junio 27

Un día más, obviémoslo.

Recíproco. Todo es absoluta y completamente (valga la redundancia) recíproco. Y si es así, ¿qué haces que no me estás comiendo a besos y a palabras? Parecemos diferentes, pero no lo somos. Yo hago estupideces y tú las dices. No nos complementamos, pero aún así, todo es recíproco. Y qué quieres que te diga, que yo no espero un verano entero, que yo no puedo esperar ni dos segundos, sabiendo que esto es algo mutuo. Tómame o déjame. Ya o nunca.

Condiciones que condicionan. Obviémoslo. Yo bajo presión prefiero no actuar, que se me salen, sin querer, las carcajadas. Todo me da vueltas en la cabeza, volvemos al mismo punto de siempre, al tira y afloja, al quiero pero no quiero.

Que no te das cuenta del daño que me haces, que no te das cuenta del daño que te haces. Que si quieres algo ya, tenlo ya. Para mí es más fácil negar lo evidente, que saberte y no poderte. Que yo no espero a madurar, porque eso no es cosa de un par de meses, eso es cosa de un par de años, que se madura con experiencias, no con cumpleaños. Para mí es más fácil cerrar los ojos y ponerte en el sitio adecuado para que no me afectes.

A ver si te das cuenta de que me estoy volviendo loca, un día sí, dos días no, tres sí, uno no, a veces sí, casi nunca no... Que yo no puedo así. Que a mí se me acaban las palabras intentando explicarte que yo ya estoy mayor para juegos, que se me ha hecho tarde, que no encuentro mi conejo blanco.

A veces me gustaría que te metieras en mi cabeza y descubrieras tú solo qué es lo que tanto me atormenta, que ni yo misma sé explicar. A mí lo que me hace daño es que me hagas creer que puedo y al final me desveles que no puedo. A mí lo que me hace daño es quererte como eres, con tus virtudes y con tus defectos, que según cómo se miren, también son virtudes.



jueves, junio 25

Ref.lejos


Aquellos ojos se escondían en la oscuridad, ocultando lo que realmente querían decir. Una boca que habla pero no dice nada. Balbuceando palabras que corren despavoridas por la arena. Intentando hacer dibujos con los dedos que se quieren despegar de las manos. Susurros que llegan a sus oídos y le hacen correr por la orilla de los recuerdos, huyendo de los mismos.

Aquel pelo se mezclaba con la arena de manera que parecía que él pertenecía también a ella (a la arena). Y eso es lo que quería, sumarse a los granos de arena, que se levantan y vuelan al ritmo de la brisa. Él quería ser grano de arena y meterse en el ojo de aquella muchacha. Imaginar nunca fue tan divertido.

No recuerda como volvió a casa. Sólo recuerda que su mirada se perdía con cualquier recreación de aquellas curvas peligrosas. Sólo recuerda que llegó a casa y se tumbó boca arriba en la cama, apoyó un cigarrillo en sus labios y lo encendió. Pasó uno de sus brazos por detrás de su cabeza, dejándolo ahí para conseguir una postura más cómoda. Y pensó, y recordó, y reflexionó, e imaginó que ella entraría en cualquier momento y se acostaría a su lado, apoyando la cabeza en su pecho... y abrazándole, como siempre. Y pasar las noches y los días; que también serían noches porque nunca, jamás, abriría las persianas, para no arrancar el olor a pasión; así, de esa manera, enrollados formando una sola persona.

Susurró al aire dos palabras que le arañaron la garganta y derramaron todo lo que le quedaba en el corazón: Te quiero. Se mordió el labio inferior, arrepintiéndose de lo que acababa de decir. Él, estando en aquella playa, vió que los ojos de aquella chica le decían que la olvidara, y esa fue la única vez que no le gustó reflejarse en sus ojos, en aquellos ojos risueños que se reían sin que hiciesen falta sonoras carcajadas. Aquellos ojos que tantas veces le habían pedido que la quisiera.

Él pasaba las noches escribiendo cartas que nunca enviaba, pasaba las noches riendo con el whiskey y los cigarrillos. Por la mañana se duchaba para quitarse el olor a desamor, e iba a verla a su casa, para estar con ella. Y mirarla fijamente, en silencio. Para él era suficiente estar en la misma habitación que ella, sentados en la misma cama. Escuchando las respiraciones y las palpitaciones que intentan salirse de aquel pequeño corazón.

Pero él sabía que después de aquella noche, todo iba a cambiar. Ella ya estaba fuera de su alcance, él ya no quería ser pieza de aquel juego, él sólo quería ser jugador.

lunes, junio 22

Ahora que sé que me lees.


Conseguí arrancarme las ganas de tus labios en mi piel. Conseguí desprenderme del recuerdo de tu mirada que se clavaba como un puñal, en lo que sería mi pequeña batería. Conseguí alejarme todo lo que pude de tí. Y así fue como hice borrón y cuenta nueva. Que ya no busco nada. Lo que tenga que ser será.

Hay gente que se enamora de personas que no están hechas para ellos. En ese caso lo único que queda es guardar ese sentimiento bajo llave y no dejar que salga, y quizás así se disuelva. Ahora que sé queme lees, quería explicarte lo que nunca te expliqué. Que cuando me separan sólo dos milímetros de tus labios, no me salen las palabras. No me pidas que te lo diga, pídeme que te lo escriba.

Y así son las cosas, que si hay alguna palabra que me describa a la perfección, es miedo. Miedo a que todo lo que he conseguido se vaya. Porque es más fácil hacer que algo se vaya que conseguir que se quede. Conmigo no se queda (casi) nada. Quizás hubiese sido mejor decirte las cosas apoyados en la varandilla del balcón. O quizás mejor hubiese sido decírtelas con la cabeza apoyada en tu barriga, acostados en tu cama. O mientra te ayudaba con los estudios. O quizás en estado ebrio. Quizás el viernes quise emborracharme para encontrarme contigo y decirte, sin pelos en la lengua yo y sin pelos en las orejas tú, todas las cosas que quiero y las otras que no quiero, contigo o sin tí.

Y estando de pie frente a tí, me siento desnuda de palabras. Mantener la vista fija en tus ojos nunca había sido tan peligroso, por mi cabeza pasaba en forma de imagen todos los finales posibles. Todos los finales posibles entre tus brazos, entre mis piernas, enrollados en mi lengua, escondidos en mi pelo, dando vueltas por mi cabeza, una y otra vez. Y una y otra vez es que quiero que me hables, y que cuentes conmigo. Que si me dejas y nos da tiempo, te dejo que me toques el alma y que te sientes con ella a hablar, a hablar de lo que nunca quiere hablar, porque de lo débil que es tiene miedo de la inestabilidad, de la cuerda floja, de caer y no saber sentir nada más.

domingo, junio 21

Dije lo que quería decir, pero no lo que tenía que decir.

Enciendo un cigarrillo, lo apoyo en mis labios, aspiro todo el humo posible y me acuerdo de tí y de tus cigarros de después. No me queda otra cosa más que relajarme. Me siento en un banco y dejo que la brisa me acaricie la cara. La misma brisa que quizás esté acariciando tu cara también. Otra calada. Cada calada de este cigarro me hace recordar tantas cosas... No puedo. No puedo seguir pensando que eres mi mitad. Apagaré este cigarro y no volveré a pensar en tí. Lo apagaré después de darle otra calada más.

Qué va, no lo puedo, ni debo, desperciar. Me lo acabaré, me fumaré hasta el filtro. Me lo fumaré hasta que no quede nada. Nada más.

Se acabó. Lo apago contra el suelo y lo lanzo, a ver qué lejos puede llegar. Casi nada. Probablemente al cabo de unos días, la colilla vuelva a este banco. Vuelva a donde fue encendido.

Me levanto del banco y ya me siento mejor, relajada. Llego a mi casa y me tumbo en la cama. Aún tengo el sabor del humo en mi boca y el olor en mis dedos. Y pienso en tí.

Pienso en las terribles ganas que me dieron de quedarme cuando me lo pediste, y de lo arrepentida que estuve de camino a casa por haberme marchado. Por fin te supe decir que no. Por fin te pude decir que si era contigo no me quedaba.

Ahora me toca dormir, dormir y ver si mañana me llamas. O si mañana te quiero menos. O quizás si mañana me he olvidado de tí. Ahora me toca dormir.

Cerraré la ventana, para que no entren cucarachas.




jueves, junio 18

Se llama Pasión.

Ella es la típica mujer que no hace falta que te diga cómo está, tú lo sabes con sólo mirarla. Es totalmente transparente, refleja en sus ojos todo lo que siente.

Sus ojos que guardan lágrimas que no quieren saltar, por si parece que le afecta más de lo normal. Lo que ella no sabe es que sus manos, en cada cosa que hacen, lloran tristezas.

Ella puede ser rubia o morena, risueña o realista, ella siempre es ella. Sólo quiere dejarse llevar. Llevar a un lugar donde esté prohibido dañar. Dónde sólo haya sitio para las personas racionales y que los idiotas se queden fuera.

A mí me gusta cuando ella ríe. Es divertida.

Ella quiere un buen amante, que la acaricie y recorra su cuerpo con la yema de los dedos, y que no la haga perderse entre las sábanas, sino que siempre mantenga el norte y, por supuesto, el sur.






martes, junio 16

2 milímetros.

No uno, ni dos, ni tres, sino... dos. Dos milímetros más grande. Dos milímetros más libre. Dos milímetros menos tuya. Y aunque menos tuya, cada día te recuerdo un poco más. Es lo que tiene echar de menos. Echar de menos sólo entre semana. Los fines (casi) soy sólo para tí. (Casi) sólo para cuándo tú quieras. Dos milímetros más grandes. Dos personas más pequeñas.

Sentadita en mi ventana te veo pasar y me dan ganas de tirarme, para ver si me coges, para comprobarlo, y si me coges me haré dos milímetros más pequeña, para caber en tu bolsillo, y que me lleves siempre contigo. Para no separarme de tí, y que me metas en la lavadora (dentro de tu bolsillo) y dar vueltas y vueltas y marearme y odiarte sólo un rato, y después salir y volver a estar pegadita a tí. Bolsillo contra piel. Respiración contra respiración.

Dos milímetros. Dos milímetros más grande cuando te hago reír, dos milímetros más grande cuando confías en mí. Dos milímetros más pequeña cuando no puedo evitar pensar en tí.

Dos segundos dos milímetros. Dos segundos más callada. Dos segundos en los que caigo y rápidamente me vuelvo a levantar, porque soy dos milímetros más grande cuando recuerdo que siempre siempre me vas a guardar en tu bolsillo. Bolsillo contra piel. Respiración contra respiración. Palpitación contra palpitación.


martes, junio 9

Con el blanco hay que tener cuidado.

Ando con pies de plomo. Ando tan despacio que casi podríamos decir que desando. Yo quiero recordar tiempos pasados. Tiempos en los que mientras callabas, las palpitaciones hablaban, tiempos en los que mis gemidos te arañaban, creando besos que se ahogaban en mi cuello. Tiempos en los que no hacían falta palabras, nos bastaba con suspirar.

Antes de eso, no había nada, antes de eso estaba yo sola con mis palabras, que no salían porque no tenían necesidad. Antes de eso yo andaba rápido, tan rápido que no me dí cuenta de lo especial que eras. Cuando lo descubrí, ya era demasiado tarde. Ya no había marcha atrás. Todo se volvió blanco, tan blanco que me cegaba y no podía ver. Sólo sentir.

Paciencia. Tuve paciencia.Quise tenerla, porque quería estar contigo. Quería empaparme de tí una y otra vez, sin parar. Susrrarte besos. Cantarte caricias. No ví que todo lo que yo te daba, tú lo traducías como cariño, mucho cariño, pero cariño, al fin y al cabo. Andaba con los ojos cerrados. No quería saber lo que me decías con tus besos. Me decías que nunca serías mío plenamente, pero no quise saberlo, así que lo ignoré.

Me rompiste en mil pedazos. Me masticaste, me volviste a pegar y cuando me volví a creer irrompible, me volviste a romper. Me olvidaste rápidamente, casi tan rápido como lo que duró tu amor hacia mí. Ya no cabían más: "te lo advertí". Ya no había sitio para más. Todo se volvió blanco, tan blanco que me cegaba y no podía ver.
Sólo sentir.