lunes, junio 29

Del suelo no se puede caer.


Se despertó aquella mañana, abrió los ojos perezosamente, se llevó las manos a la cara y se quitó el sueño que le quedaba en ellos (los ojos). Bostezó. Se estiró en la cama, se estiró tanto como pudo, quizás así podría crecer dos milímetros más.

Deslizó las piernas por debajo de las sábanas y las sacó de la cama, apoyándolas en el suelo. Se quedó sentada en el borde de la cama palpando con sus pies el suelo. El suelo que siempre iba a estar ahí. Como su madre siempre decía: "Del suelo no se puede caer".

Se levantó despacio y caminó hacia el espejo, casi arrastrando los pies. Miró su reflejo. Un día más, lo mismo de siempre, el pelo que va hacia el lado que le da la gana. Los ojos hinchados, le hacen creer que en un pasado fue japonesa, es probable que una Geisha, dominando todas las artes. A quién quería engañar, ella no sabía nada del arte, y mucho menos quería creer en el pasado. Ella ya no creía nada.

Siguió la misma ruta de siempre, ahora le tocaba ir al baño, se lavó la cara y se la secó, con gran cuidado. En la cocina le esperaba una encimera llena de tazas, envoltorios, tetrabriks de leche llenos y vacíos. Lo recogería después de engullir cualquier cosa que encontrara, sólo para aguantar hasta el almuerzo. Cualquier cosa.

El calor de la mañana de verano se reflejaba en las paredes rojas de la cocina. Decidió ducharse, para quitarse los restos de fantasía de aquella noche tan larga. Se desprendió de la ropa que llevaba y se quedó delante del espejo totalmente desnuda, mirándose, paseando los ojos por la colina de sus caderas, bajando por el camino que llevaba hacia el sur, volviendo a subir para recorrer cada lunar que se asomaba tímido a sus hombros, su pecho, su cuello... y una vez más se pregunto por qué.

Se metió en la bañera y dejó que el agua fría recorriera su cuerpo. Haciéndola querer salir rápido, pero ella se quedaba ahí debajo, con la respiración agitada y apretando los ojos. Se pasaba las manos por la cabeza pensando qué es lo que había hecho, o lo que no había hecho. El jabón resbalaba por su cuerpo, llegando al ombligo, siguiendo hacia abajo, haciendo aquel recorrido que hacía tanto tiempo que nadie quería caminar. Lamentándose, así era como se frotaba el cuerpo, arrancando cada pizca del pasado que le quedaba, cada pizca de ayer.

Se envolvió en la toalla y se secó. Se clavó en el borde de la bañera mirando al infinito, mirando al futuro, idealizándolo. Despertó de su trance y se vistió, se peinó, su pelo volvía a estar controlado, ella volvía a tener control sobre él, volvía a tener el control de algo.

Bajó a su habitación y se sentó frente el ordenador, leyendo lo que no tenía que haber leído, buscando un mensaje que nunca le llegó. Releyendo el mensaje que pidió unos días atrás y le había causado tanta rabia y enfado.

Ella ya no se creía. A estas alturas ya no se creía nada. Estaba clavada en el suelo, del suelo ya no se podía caer, no quería volver a saber nada de volar.

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