jueves, junio 25

Ref.lejos


Aquellos ojos se escondían en la oscuridad, ocultando lo que realmente querían decir. Una boca que habla pero no dice nada. Balbuceando palabras que corren despavoridas por la arena. Intentando hacer dibujos con los dedos que se quieren despegar de las manos. Susurros que llegan a sus oídos y le hacen correr por la orilla de los recuerdos, huyendo de los mismos.

Aquel pelo se mezclaba con la arena de manera que parecía que él pertenecía también a ella (a la arena). Y eso es lo que quería, sumarse a los granos de arena, que se levantan y vuelan al ritmo de la brisa. Él quería ser grano de arena y meterse en el ojo de aquella muchacha. Imaginar nunca fue tan divertido.

No recuerda como volvió a casa. Sólo recuerda que su mirada se perdía con cualquier recreación de aquellas curvas peligrosas. Sólo recuerda que llegó a casa y se tumbó boca arriba en la cama, apoyó un cigarrillo en sus labios y lo encendió. Pasó uno de sus brazos por detrás de su cabeza, dejándolo ahí para conseguir una postura más cómoda. Y pensó, y recordó, y reflexionó, e imaginó que ella entraría en cualquier momento y se acostaría a su lado, apoyando la cabeza en su pecho... y abrazándole, como siempre. Y pasar las noches y los días; que también serían noches porque nunca, jamás, abriría las persianas, para no arrancar el olor a pasión; así, de esa manera, enrollados formando una sola persona.

Susurró al aire dos palabras que le arañaron la garganta y derramaron todo lo que le quedaba en el corazón: Te quiero. Se mordió el labio inferior, arrepintiéndose de lo que acababa de decir. Él, estando en aquella playa, vió que los ojos de aquella chica le decían que la olvidara, y esa fue la única vez que no le gustó reflejarse en sus ojos, en aquellos ojos risueños que se reían sin que hiciesen falta sonoras carcajadas. Aquellos ojos que tantas veces le habían pedido que la quisiera.

Él pasaba las noches escribiendo cartas que nunca enviaba, pasaba las noches riendo con el whiskey y los cigarrillos. Por la mañana se duchaba para quitarse el olor a desamor, e iba a verla a su casa, para estar con ella. Y mirarla fijamente, en silencio. Para él era suficiente estar en la misma habitación que ella, sentados en la misma cama. Escuchando las respiraciones y las palpitaciones que intentan salirse de aquel pequeño corazón.

Pero él sabía que después de aquella noche, todo iba a cambiar. Ella ya estaba fuera de su alcance, él ya no quería ser pieza de aquel juego, él sólo quería ser jugador.

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