jueves, agosto 13

Aquí, frente a tí.

Ante sus ojos se extendía una enorme explanada llena de retamas y bordeada por montañas. Estaba atardeciendo, las motañas tenían un deslumbrante color rojo, similaba el cañón del Colorado. Una vista impresionante y ella estaba de pie, al borde del barranco, mirando, satisfecha, con los brazos en la cintura, lo que se extendía bajo sus pies.

Se acostó allí, en aquel mismo suelo lleno de piedritas bien parecidas a la piedra pómez, si no lo eran ya. Por fin había anochecido y boca arriba podía ver de vez en cuando alguna estrella que caía, con su estela o sin ella, según la lejanía de ésta. De fondo, la risa de los suecos y Ana. Bajo su cabeza, el brazo de Diego y bajo la cabeza de éste, estaba Marina envuelta en una toalla a rayas, que hacía juego con su bolso.

Hacía frío. En el Teide hacía frío. Era de esperar.

-Ahora mismo soy feliz.

-Vaya, ya estás listo para morir.

-Haha. Si.

-Qué ingenuo. No creo que nadie llegue a alcanzar la felicidad.

-¿No? ¿El otro día en la playa no eras feliz?- Por un momento no tuvo nada que decir contra eso, claro que no era feliz, ¿qué es la felicidad sin la libertad? ¿Cómo podía ser feliz si cada vez que desaparecía una preocupación aparecía otra? ¿Pero cómo podía explicarle eso sin ponerse seria? Se sintió acorralada.- ¿No eras feliz mientras yo me dormía en la playa y me quemaba la espalda? ¿Eh, Sanz?

-Sí, en ese momento fui muy feliz. Haha.- Le pareció que él tenía una percepción de la felicidad tan superficial que no entró en discusiones absurdas.

Silencio.

Marina propuso que se marcharan, y a pesar de sus pocas ganas de levantarse y subirse al coche, a aquella ridícula parte trasera, se puso en pie. Y se sentó en aquel asiento del maletero, frente a Ana. Se dieron la mano y pegaron sus narices al cristal, tratando de ver alguna otra estrella fugaz. Ana la vio, pero ella no.

Ella no vio más estrellas aquella noche.




No hay comentarios:

Publicar un comentario