jueves, septiembre 24

El tiempo que les quedaba.

Se sentó en un banco. Frente las vías del tranvía. La gente iba y venía continuamente. Ella simplemente estaba ahí parada, pensando en nada. Con los cascos puestos, moviendo las piernas hacia delante y hacia atrás, casi rozando el suelo.

Niñas con uniforme pasaban por delante y se recordaba así misma, hacía... ¿cuánto? ¿Casi dos años? Qué rápido pasaba el tiempo. Ella había cambiado mucho, estaba consumida por los años. Sonrió para sus adentros. Aún seguía siendo pequeña y estúpida.

Ya había pasado una hora desde que se sentó allí. Pasaban madres con bebés. Pasaban adolescentes con cholitas ruidosas. Pasaban emos con cadenas e imperdibles por toda la ropa. Pasaban ejecutivos hablando por teléfono, con papeles bajo el brazo. Pasaban parejas de la mano. Pasaba el tiempo.

El tiempo no espera a nadie, ni se para. El tiempo no descansa y arrasa con todo lo que, inevitablemente, no tiene fuerzas para seguir corriendo con él.

18:19:03. 18:19:04. 18:19:05. 18:19:06. 18:19: 07. 18:19:08.

Miró el reloj de su muñeca. Ya era bastante tarde. Se levantó del banco. Corrió hacia el portal número tres. Tocó el portero eléctrico. Le abrieron la puerta. Subió en ascensor hacia el segundo piso. Le habían dejado la puerta abierta. Entró. Él estaba allí, sentado frente al ordenador, deslizo su mirada hasta ella. Sonrío. Sonrieron. Se levantó de la silla y ella se le tiró a los brazos, le besó, le abrazó, le acarició. No quería que pasara el tiempo. Y ella iba a conseguir congelarlo para no volver a mirar el reloj nunca más. A penas les quedaban nueve, diez, puede que once meses. Y los iba a aprovechar, hora por hora, minuto por minuto y segundo por segundo. No se volvería a sentar sola en un banco a mirar a la gente pasar.

Porque el tiempo no espera a nadie.

sábado, septiembre 12

Sólo tú y yo.

Estoy segura de que estás aquí, leyendo esto, esperando encontrar un poco de desahogo emocional, pero no, ahora mismo, a las 3:40 de la mañana y con un dolor de cabeza terrible te voy a hablar de la paciencia.

¿Qué somos sino paciencia? La gente dice, "yo tengo esperanza"... ¿esperanza? La esperanza se tiene cuando está todo perdido y nunca está todo perdido, siempre hay una vía de escape. Siempre hay un plan B, C, D e incluso Z. La esperanza no es más que la excusa que ponemos para no luchar por lo que queremos, para no mancharnos la cara de mierda. Pero ¿qué es la vida? No es más que mierda, que de vez en cuando te deja respirar, pero te vuelve a engullir.

Paciencia. Somos paciencia. Dejamos que las oportunidades lleguen hasta nuestros pies, claro está, siempre escogemos el camino que nos brinda la posibilidad de ofrecernos esas oportunidades. Y cuando las dejamos pasar, cuando las dejamos pasar estamos perdidos, porque sabemos que no van a volver, y que te tendrás que manchar las manos y que puede que no lo consigas, pero para eso estamos aquí, ¿no? Para luchar. Para luchar por cualquier cosa.

Y yo lucho, lucho por ti. Lucho para que no te vayas. Y tú y yo sabemos a la perfección que estamos plagados de errores, tú por falta de paciencia y yo por requerir demasiada paciencia. Pero al fin y al cabo, no somos más que paciencia. No vivimos más que a base de paciencias.

Y por no perderte, me juego el tipo. Por no perderte abandono los silencios. Ya sabes lo que dicen, por la boca muere el pez. Por la boca yo ya he muerto muchas veces. Me lo dice la experiencia. Aunque sea de manera subjetiva.

Y aunque no lo creas, escucho cada cosa que dices, escucho hasta tus pestañeos, pero prefiero olvidar aquello que me pueda roer el alma. Aquello que me pueda rasgar el corazón. Y esque te quiero solo para mí. Y que no existan más mujeres ni más hombres. Solo tú y yo contra el mundo. Solo tú y yo.


miércoles, septiembre 2

Sencillismos.

Suspiro. Largo, intenso y profundo suspiro.

Coges aire, todo el que puedas y lo sueltas. Suspiras.

"Vaya, vaya", pensó mientras se consumía un cigarrillo entre sus dedos, "las cosas son y están así. Son inamovibles. Lo que es, es y lo que no puede ser, no es". Vaya estupidez.

¿Quién dijo miedo?

Echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en el respaldo, mirando al techo. En la oscuridad todo se veía más sencillo. O puede ser que en la oscuridad simplemente no se veía nada.

¿Por qué aún le dolía pensarla? Mejor sería dejar de pensar. Bueno, un pensamiento pequeñito no dañaría a nadie, ¿no? Se olvidaba de sí mismo, como siempre.

"¿Por qué?", calada al cigarrillo, "¿por qué la gente se empeña en hacer lo fácil difícil? ¿Por qué todo el mundo se mira su propio ombligo? ¿Por qué siempre salen problemas de dónde podría no haberlos? ¿Por qué todo tiene que ser tan complicado? Se acabó". Y ya no se preguntó por qué más. Simplemente dejó que todo pasara. Se sentó en aquel sillón a esperar que aquella sonrisa no volviera a su mente.

¿Hablar? Hablar hablaba de nada. ¿De qué iba a hablar? ¿De cáncer? ¿De infidelidades? ¿De abandonos paternos? ¿ Acaso iba a hablar de lo poco satisfecho que se sentía con respecto a la maldita vida (más o menos fácil, según quién la mire) que le había tocado? ¿Iba a hablar de todas las cosas que había tenido que abandonar sin quererlo? ¿A alguien le interesaba algo de eso? Y qué iba a hacer ¿soltarlo todo de un tirón? No, hay cosas de las que no se habla a no ser que surjan. Hay cosas que no tienen por qué saberlas el resto del mundo.

Al final siempre volvía a lo mismo, a enfadarse consigo mismo. Qué maldito chasco, ¿no? Uno que piensa que tiene el control de todo y al final se da cuenta de que todo tiene el control de uno mismo.

Sinceramente, se acostumbró a la porquería. Ya no se sorprendía de nada, de todas formas, ¿qué podía hacer con lo que se le venía encima? Aceptarlo tal cual. Comérselo, sin acompañamiento.

Sin acompañamiento. Así se quedó. Con la boca llena de palabras que le faltaron por decir y las manos completamente vacías. Se habían llevado lo último que le quedaba de sí mismo. De todas formas. ¿Qué más daba? Él estaría bien en un par de horas y volvería a hacer chistes estúpidos y volvería a ser el mismo descerebrado de siempre. Qué más da. Claro. Debe ser que hay personas que nacen para eso, para entretener a los demás.

Y así se quedó. Con la boca llena de palabras que le faltaron por decir y las manos vacías, completamente... vacías. Cosas de la introversión, supongo. Él ya no podía aguantar más. Se estaba desmontando por dentro. Ya no tenía sentido. Nada tenía demasiado sentido. Así que decidió hacerse el ciego, el sordo y el mudo. Y se acabaron las sandecez. Ya no le cabían más nudos en la garganta.
Ojo por ojo y diente por diente.