miércoles, septiembre 2

Sencillismos.

Suspiro. Largo, intenso y profundo suspiro.

Coges aire, todo el que puedas y lo sueltas. Suspiras.

"Vaya, vaya", pensó mientras se consumía un cigarrillo entre sus dedos, "las cosas son y están así. Son inamovibles. Lo que es, es y lo que no puede ser, no es". Vaya estupidez.

¿Quién dijo miedo?

Echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en el respaldo, mirando al techo. En la oscuridad todo se veía más sencillo. O puede ser que en la oscuridad simplemente no se veía nada.

¿Por qué aún le dolía pensarla? Mejor sería dejar de pensar. Bueno, un pensamiento pequeñito no dañaría a nadie, ¿no? Se olvidaba de sí mismo, como siempre.

"¿Por qué?", calada al cigarrillo, "¿por qué la gente se empeña en hacer lo fácil difícil? ¿Por qué todo el mundo se mira su propio ombligo? ¿Por qué siempre salen problemas de dónde podría no haberlos? ¿Por qué todo tiene que ser tan complicado? Se acabó". Y ya no se preguntó por qué más. Simplemente dejó que todo pasara. Se sentó en aquel sillón a esperar que aquella sonrisa no volviera a su mente.

¿Hablar? Hablar hablaba de nada. ¿De qué iba a hablar? ¿De cáncer? ¿De infidelidades? ¿De abandonos paternos? ¿ Acaso iba a hablar de lo poco satisfecho que se sentía con respecto a la maldita vida (más o menos fácil, según quién la mire) que le había tocado? ¿Iba a hablar de todas las cosas que había tenido que abandonar sin quererlo? ¿A alguien le interesaba algo de eso? Y qué iba a hacer ¿soltarlo todo de un tirón? No, hay cosas de las que no se habla a no ser que surjan. Hay cosas que no tienen por qué saberlas el resto del mundo.

Al final siempre volvía a lo mismo, a enfadarse consigo mismo. Qué maldito chasco, ¿no? Uno que piensa que tiene el control de todo y al final se da cuenta de que todo tiene el control de uno mismo.

Sinceramente, se acostumbró a la porquería. Ya no se sorprendía de nada, de todas formas, ¿qué podía hacer con lo que se le venía encima? Aceptarlo tal cual. Comérselo, sin acompañamiento.

Sin acompañamiento. Así se quedó. Con la boca llena de palabras que le faltaron por decir y las manos completamente vacías. Se habían llevado lo último que le quedaba de sí mismo. De todas formas. ¿Qué más daba? Él estaría bien en un par de horas y volvería a hacer chistes estúpidos y volvería a ser el mismo descerebrado de siempre. Qué más da. Claro. Debe ser que hay personas que nacen para eso, para entretener a los demás.

Y así se quedó. Con la boca llena de palabras que le faltaron por decir y las manos vacías, completamente... vacías. Cosas de la introversión, supongo. Él ya no podía aguantar más. Se estaba desmontando por dentro. Ya no tenía sentido. Nada tenía demasiado sentido. Así que decidió hacerse el ciego, el sordo y el mudo. Y se acabaron las sandecez. Ya no le cabían más nudos en la garganta.
Ojo por ojo y diente por diente.

1 comentario:

  1. Oye, que a mi si me interesan esas cosas y además tú no sabes contar chistes, simplemente eres tú, contra los demás haciéndolos reír, pero no mientas.
    Que tú jamás supiste contar chiste
    y respecto a lo de desmontarse,
    está muy bien a veces ser un desmontable
    y pieza por pieza
    construírnos
    mejores
    más
    fuertes.

    Te quiero.

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