martes, noviembre 24

Curioso.


Salió de aquél lúgubre y sombrío lugar, acompañado de Baco, siempre ebrio, siempre en cualquier lugar donde hubiesen botellas en las que meterse, que hablaba dos pasos por detrás de él y de Morfeo, que estaba a su lado, contándole sus ansias de ir lejos, de salir de allí y desaparecer un par de años, ser todo lo que soñaba ser. Le escuchaba atento, caminando con la cabeza gacha, con la vista fija en la punta de los pies y haciendo equilibrios en el borde de la acera. Morfeo le inspiraba. Morfeo le presentaba una forma nueva de ver las cosas.


A él le apasionaban las artes, era un excelente melómano, le gustaba sentarse a escribir, al fin, le gustaba transmitir. Ciertamente, era (más que) un gran intelectual. Por eso, se sentaba frente a Minerva en cualquier Café, a debatir. Minerva, junto con Morfeo, era practicamente lo único que seguía y seguiría teniendo y apreciando de verdad.


Entre sus conocidos estaba Cupido, al que nunca llegó a tragar, siendo este hijo de Venus y Marte, tenía ciertas pinceladas de amor y tragedia incorporadas a su personalidad, justo lo que él más evitaba. Él se encontraba bajo los deseos de Cupido. Se topó con aquello de lo que huía y cuando trató de seguirlo fue eso mismo lo que huyó, marchándose para siempre. Dejándole tan solo un laurel.


Y es que cuando vió aquellos ojos que imitaban la copa de un árbol, sus labios teñidos con pétalos rosa, piel de melocotón, sus brazos y sus piernas largas como el infinito, perdió la cordura. Con cada pestañeo que ella daba, se movía el aire creando una ligera brisa que le acariciaba las mejillas. Su cuello, qué ganas de perderse en su cuello, entre el pelo que sobre aquellos hombros deliciosos se apoyaba. Y pensó que oculto bajo las gasas de su vestido estaba lo mejor. Probablemente no se equivocaba, pero nunca tuvo la oportunidad de asegurarse. Nunca tuvo la oportunidad. Le fue difícil de comprender, pero al final entendió que el amor, aun sin rozamiento es posible, real y se siente igual o incluso más intenso.


Ella, al percibir la obsesión de Apolo decidió huir deslizándose rápidamente con la brisa que sus pestañas provocaban, porque ella, un día, juró no pertenecer jamás a un varón.

Y Apolo se quedó con las manos y el corazón casi vacíos, a excepción de el laurel, que era todo lo que podía pertenecerle de ella. Así es que aquel día, mientras Morfeo hablaba, él soñaba, con Dafne. Con las gasas que lentamente se resbalaban hombros abajo, hasta la cintura y más tarde, de la cintura a los pies. Soñaba que le hacía el amor. Y junto con ese pensamiento, el laurel, que llevaba siempre en el bolsillo, se teñía de rojo, rojo de deseo. Y por eso, por eso Cupido, nunca le simpatizó, porque le hacía amar a pesar del tiempo, del lugar, de que ella ya no estaba. No importaba, él siempre la amaría, aunque ello supusiese permanecer bajo los cuento de Morfeo de por vida.


Aunque ello supusiese soñar, mientras hacía equilibrios solo y borracho por el borde de la acera.

2 comentarios:

  1. Joder, impresionante, me gusta mucho esta entrada, escribes muy bien, no se como lo haces, pero me quito el sombrero (literalmente, que tengo uno puesto xD)

    Saludos

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