domingo, diciembre 26

Re.al(s)

Hay noches de invierno que duran tanto como la longitud de su cuerpo. Hay otras que duran tanto como lo que tardan todas las agujas del reloj en dar una vuelta completa. Y las hay rápidas. Un abrir y cerrar de ojos.

Y entre minuto y minuto,
se mordía el labio inferior
imaginando que alguien le acariciaba.

lunes, diciembre 20

El Dr. D y el estatismo temporal.

Era tan sencillo como decir que no. Dos letras que configuraban una palabra imposible de deslizarse lengua abajo. Una negación al deseo incontenible. Al libido que hombros abajo caía gota a gota en la alfombra. Los ojos derramaban lascivia. La oscuridad se cernía sobre la lámpara de araña. Todo estaba cuidadosamente colocado de manera que empujaba a los cuerpos a unirse mezclando el sudor de ambos.

La brisa empujaba las cortinas que bailaban al ritmo de... ella.

Y el Dr. D se derrite en sus labios y se derrama por la comisura de su boca, deslizándose cuello abajo, entre su pecho y estancándose en su ombligo. Él sabía que ella ansiaba sus manos recorriendo su espalda. Tiempo; el tiempo se congeló y dejó el péndulo del reloj inmóvil. Y entonces, ya no había marcha atrás.

La luna relucía especialmente esa noche y las nubes se despejaron descubriendo las estrellas más brillantes. Ropas fuera. Pestañas preparadas para hacer cosquillas.
Le deshace el moño que sostiene su pelo dejando la nuca limpiamente libre, y cae a efectos de la gravedad, pero despacio.

Una carcajada libertina rompe el silencio que huele... a lulo.

Los dedos se movían como si estuvieran descubriendo música en un piano. Las miradas estaban empapadas de concupiscencia

Podría haberle dicho que no. Pero aquello era mucho mejor.
No cabía duda.

Y dos años después, el tiempo seguía parado en aquella cama.

miércoles, diciembre 15

Daños Colaterales.

Dejas las cosas caer... y caen, sobre mi cabeza, empapándome y dejándome con la ropa mojada para el resto del día, o de la semana.
Me abres la puerta y me dejas en el umbral, a dos segundos de tu boca.

Nunca nadie me hizo perder la cabeza de esta manera.

Y qué te puedo decir que no sepas ya:
Que me gusta cuando dando vueltas por tu cama, entre pestañeo y pestañeo, una carcajada nos araña la espalda. Y si sale el sol, cerramos las cortinas para parar los relojes.

Y yo... yo no me duermo si me haces reír. Yo no me duermo si me abrazas por detrás. Yo no me duermo si dejas que me tape con tu piel. No me duermo si dejas que ocupe más de la mitad de la cama.

Cuando me veas, bésame y quiéreme; y así sabré que tú tampoco te duermes.

sábado, diciembre 11

I saw Elvis.

Dime si es cierto que viste a Elvis.

Yo sí le vi, con un sinrumbo y un cigarrillo atrapado entre los dedos. Yo le vi con la sonrisa guasona preguntándose sobre la moral y el sentido de la vida. Le vi mirar hacia atrás, por si el karma le perseguía.
Yo le vi acariciar a quien veía de manera escéptica su vida en tercera persona.

Dime si es el mismo Elvis.

El Elvis que yo vi le susurraba al oído que dormir, sólo junto a ella. Y rodar, y rodar, dos, tres y hasta cuatro veces si me apuras. Lo que el cuerpo aguante.
Yo le vi con la mirada posada encima de cualquier pelo castaño que se dejase mecer por la brisa. Y nunca le vi dudar en ningún paso hacia... lose control.

Dime si el Elvis que tu viste era de pelo negro y ojos verdes.
Dime si el Elvis que tú viste vivía con Bob Dylan.

A lo mejor, ni tú ni yo vimos nada ni a nadie, a lo mejor, fue cosa del subconsciente y del deseo. Cosa de una noche, o de hace (casi) una eternidad: como decir... Septiembre.

lunes, noviembre 29

Spend this night with me.

La luna bañaba tu cuerpo desnudo sobre mi cama. Una seda blanca volaba por la habitación acariciando tus piernas, tu abdomen, tus hombros, tus labios.

Y sonríes.

El manto azul marino que se asoma a mi ventana te nubla y me asfixia la razón.
La seda te abraza y te dejas. Te canta al oído inundando tu ombligo de concupiscencia.
Descarada desafías al trapo y le das la espalda. Y te recorre el dorso, haciéndote vibrar, perdiendo el poco sentido que te queda; acentuando tus ganas de jugar.

Y te ríes.

Y para entonces, ya es demasiado tarde, ya he perdido la cabeza: así me tienes. Quién dijo que no podía yo enamorarme de usted.

Y tu boca, como loca, me busca en medio de las sombras. Mis labios escalan tu espalda y mis manos te agarran con firmeza para que no puedas volar por la ventana.

No sé dónde nos hemos metido, pero por ahora, no quiero salir.

martes, noviembre 16

F.

El aire estaba empapado por la humedad. Tú caminabas con la cabeza gacha esperando que el móvil vibrara en tu bolsillo, pidiendo a Dios que te concediera esa súplica y a cambio, creerías en él eternamente. Pero tú y yo sabemos que aquella era una promesa de esas que se escapa con el viento. Y puede ser que por eso, porque aquél también lo sabía, no te hizo caso.

Tú habías nacido por naturaleza para esperar sin desesperar, y por eso, te sentaste, para pasar las semanas y los meses sentado en un lugar cualquiera a ver la gente pasar. Eso sí, cuando salía la luna, volvías a recorrer las calles en busca de lo que... se te había... ¿perdido?

Cuando al fin estuviste cara a cara, después de pasar el verano bajo la lluvia, después de andar y desandar lo andado, con el desaliento en las pupilas, de tu boca no salió ni un suspiro, tus cuerdas vocales no quisieron pronunciarse. No porque no lo sintieran, sino porque de tanto esperar se te había olvidado hablar.

Y quién te iba a decir a ti que no hacía falta hablar para comprender que dos gotas de agua se vuelven una cuando se juntan. Quién te iba a decir que uno más uno son multitud, pero que dos caben perfectamente en un papel de un milímetro cuadrado. Y para comprobarlo, no te hizo falta hablar. Sólo escuchar.

lunes, noviembre 15

Alien Abduction.

Las hojas marchitas del otoño traen ráfagas de viento que lo alborotan todo. Un año más quedarán sin comer castañas; cualquier pestañeo exagerado hará que corra tras su emisora, alérgica a la comida, de huesos punzantes. Da igual a quien le incomode.

¿Qué hay de malo en desvivirse y entonces... desvanecerse?
Desvanecerse...

Y las motas de ella misma son arrastradas por el viento del otoño que le inunda los ojos y le despeina las cejas. Que le tuerce la sonrisa en una mueca casi desmoronadora de conciencias.

El que suelta la última palabra pierde. El que permite que le aprieten el tórax y le arranquen los labios al colgar pierde. El que deja que le balanceen en el aire mientras recuerda... ¿recuerda qué?
Recuerda entre cervezas y recuerda entre agua salada que cae poco a poco, gota a gota, en una carta de trágico final. Destino: dos... mil... seis...

Y así, una vez más, recorro con la yema de mis dedos el camino marcado por su saliva, para no perderme.

miércoles, noviembre 10

In Albis.

Su piel pálida contrastaba con el cabello anaranjado que le caía desordenado sobre la frente y hombros. Sus ojos -almendrados y llenos de vida, de toda esa vida que aún tenía por delante-, contenían unas pupilas que se posaban fijas sobre la línea del horizonte.

Si ella hubiese sabido que se le iba a partir el corazón en mil pedazos, no se hubiese enamorado. Si ella hubiese sabido que las distancias son sinónimo de frío, no le hubiese dejado marchar.
Porque quizás con un "quédate para siempre", él se hubiese cosido a su piel. Quizás ahora despertarían juntos cada mañana bañados por el mismo sol.

Y allí, sentada en aquel banco, de cara al mar, sintió la brisa acariciar sus mejillas, recordando aquella última vez que las lágrimas empañaban su rostro y él trataba de consolarla, enjugándolas. Haciéndole cosquillas con la sonrisa.

Y asimismo, la brisa le susurró historias de amor imposibles y miles de batallas que imaginar para aquel muchacho que rondaba su cabeza de día y la yema de los dedos de noche.

Ya no estaban en deuda; él pertenecía a mucha gente, sus ojos narraban historias para no dormir y sus costumbres le atribuían una edad que no tenía. Caminaba con paso decidido y la cabeza alta.

Y ella... ella era simplemente aquel pajarillo que volaba en su cabeza haciéndole perder el control a cientos de millas de distancia.

miércoles, noviembre 3

Involve Assumptions.

Se pararon los relojes de sus muñecas, contagiados por el estatismo de sus pasos. Caminaban de la mano, decían que iban juntos, pero sólo iban al mismo lugar. Hacían como si hablaran pero en las esquinas de las frases, entre respiración y respiración, habían punzantes silencios que se clavaban en el pulmón derecho y luego, en el izquierdo, y mientras luchaban por respirar, andaban ignorando que ambos se estaban muriendo, que no era cosa de uno sólo, sino de dos.

Esa noche hizo falta el redoble del cielo , para que despertaran de su trance. Y, a pesar de que el cielo se desmoronaba sobre ellos, gota a gota, ella se paró en medio de la acera sin soltar su mano y cuando él siguió caminando, ella tiró de su brazo, atrayéndole directo a sus labios. Bajo la lluvia, cualquier beso sirve de paraguas. Y allí, quietecitos, se miraron a los ojos, y ella, que no podía evitar balancearse en sus pestañas, sintió cómo las trepadoras que rodeaban sus pupilas la enredaban.

No supo cómo ni cuándo, sólo recuerda que despertó con la cabeza apoyada sobre su pecho y el brazo izquierdo apoyado sobre su cintura, abrazándola.
"¿Te has dado cuenta de que la mitad de las cosas que creemos que sabemos realmente sólo las suponemos?" Se encendió un cigarro. Estaba dejando de fumar desde hacía... casi un año.

Las volutas de humo le envolvían haciendo espirales infinitas sobre sí mismas. Le daban un aire interesante que él sabía que realmente no tenía, o al menos, eso suponía. Sin embargo, ella, que era fácil de impresionar, se sentía profundamente embelesada, y trataba de descifrar sus pensamientos, traduciendo sus gestos y miradas. Resultándole, no sólo interesante, sino un reto, un reto infinito y excitante.

Y dijo, de repente "yo supongo que tú supones que te quiero".
A lo que él respondió sin inmutarse "Yo sé que te quiero y no me hace falta suponer nada". Y sin más, escachó lo poco que quedaba del cigarrillo contra el cenicero, le besó la frente tiernamente y apagó la luz. Y la abrazó lo más fuerte que fue capaz, antes de caer en brazos de Morfeo.

martes, octubre 5

No tires las colillas encendidas.

Por esa boca pequeña y de sonrisa burlona salen inesperadas palabras grandes que resbalan por mi cuerpo, empapándome, poco a poco, poro a poro.

Puedo encerrar sus risas en mi puño y guardarlas donde sólo yo pueda escucharlas cuando me sienta demasiado saturada; únicamente de esa forma le tendré cerca cuando esté desesperada en mi habitación, anhelando su compañía, atrapada entre docenas de libros que nunca estudiaré por completo. Atrapada en párrafos sin comas que me gritan que me vaya a la cama.

Y así, sin ton ni son, cantar en silencio canciones de Bob Dylan que nunca supe pero que quedan genial en caminos de carretera.

El del lunar a la orilla del labio superior.

viernes, septiembre 24

Esto va de gatos.

Tengo un gato de pelaje negro azabache brillante, precioso, y por eso, y algunas cosas más, le puse de nombre Blanco, para hacer contraste entre su color de pelo y su nombre.

Los gatos son un mundo a parte, sobre todo Blanco. Cuando les mimas ronronean y entonces te sientes tan realizado que sonríes estúpidamente, igual que cuando se ponen juguetones.
Lo normal es que la lengua de los gatos sea áspera, pero la de mi gato, Blanco, es la lengua más suave que mi piel ha conocido; además, tiene los ojos más verdes que jamás vi. Sí, ha sido, es y será un gato excepcional, de eso no me cabe duda.

Pero todos sabemos que los gatos son animales independientes por naturaleza, sociales, pero en cierto modo, independientes. A su bola. Y salvajes, a los gatos no se les puede amaestrar; con los gatos no funciona así, hay que conseguir que les guste lo que quieres que hagan para que lo hagan. No se les puede obligar porque, ojo, arañan, y duele y la cicatriz dura un par de días, y muchos más si te dedicas a arrancarte la costra.

Sin embargo, un gato nos obliga a hacer cosas que no siempre queremos hacer, como ponerle de comer o cambiarle la arena. La cosa llega hasta tal punto que cuando se acuesta sobre nuestro regazo, en cierto modo, indirectamente, nos obliga a acariciarle y hacerle mimitos, aunque no siempre tengamos tiempo para ellos.

Y eso me lleva a preguntarme quién amaestra a quién. En mi caso, lo tengo claro: mi gato me amaestró y ahora vivo casi que para (y por) mi gato, a quien adoro con absoluta locura.

Gilgamesh.
Uno de los mejores amigos de Blanco.

domingo, septiembre 12

Purr.


Al final acabaremos usando catalejos para vernos y brújulas para encontrarnos. Y eso me preocupa porque no sé leer las brújulas bien y temo acabar perdida.

Un día leí "Y una mañana mientras el café mezclaba en una servilleta, Blanco, yo te dibujaba". Esta tarde, mientras disolvía el azúcar en mi café, te pensaba, y esperaba esa llamada, por la que me duché dos veces, y en una servilleta blanca dejaba el carmín de mis labios.

Seguramente, mañana por la mañana me levante y me duche temprano por si te da por aparecer en la pantalla de mi móvil con buenas nuevas. Cuando estoy histéricamente asustada me da igual que sea domingo, Ramadán, Pascua o tu cumpleaños.

Como a Gilgamesh, si me acaricias el lomo me erizo y se me pasa el aturdimiento. Y ronroneo, créeme.

No, claro que no te llamo a las tres de la mañana para que apagues fueguitos. Ni me visto, cojo el bolso, las llaves, el móvil y el bono de tranvía para que vengas a darme las buenas noches... Claro que no. Lo hago para que me invites con uno de tus besos a dar vueltas por tu cama. Y luego... comer manzanas verdes verdes.



Hoy me he dado cuenta de la suerte que hemos tenido al conocernos; a pesar de todo, a pesar de vivir en este agujero, a pesar de no tener nada nuevo, a pesar de no ir nunca de vacaciones, jamás me has reprochado nunca nada, ni una vez. Deibs, me gustaría ser mejor para ti.
My life without me.

Y ahora, a dormir, chico de ojos verdes, mañana comienza el resto de tu vida.
Aprovecha para empezar... de cero.

sábado, septiembre 11

Every inch of...

Aquella era una historia de azar, sin embargo, esa noche las casualidades no jugaban sus cartas. Desde el balcón se podía ver a lo lejos, entre los edificios, el mar; el horizonte difuminado entre el negro del cielo y el azul marino del agua.
Dos; sólo dos latidos al unísono en la misma habitación. Con un rincón les bastaba. Eran dos imanes. Aquella noche había sido motivo más que suficiente para enlazar sus almas, así que sus cuerdas vocales lanzaron un tímido te amo, que hizo que él derrumbara su pecho sobre el de ella y dejase caer limpiamente un par de lágrimas producto de la tortura antes acontecida; producto de aquel deseo que no podía consumar, porque ella no se dejaba tocar.
De pronto, después de aquella aclaración y declaración y de enjugarse las lágrimas, ella le arrancó uno a uno los botones de la camisa y se la deslizó por los brazos, sin apartar la mirada de sus pupilas, clavándose dentro, muy dentro de su mente.
Inevitablemente la camisa había ido a parar sobre las copas que descansaban en el frío mármol del suelo, tirándolas, a pesar de estrépito, no oyeron nada. Tenían los sentidos pendientes sólo del otro.
Ambas espaldas empapadas de sudor, dejando inconscientemente la cama húmeda. De aquella boca roja sólo quedaba el rosa natural de sus labios. El olor del contenido derramado de las copas se les adentraba por la nariz emborrachándoles la conciencia. Ahora las cosas simplemente pasaban y no se entretenían en entender.

domingo, agosto 15

Dragonfly.



Viento frío que congela cada articulación y los latidos... ya no se oyen. Débiles bombean lo que queda en ese cuerpecito que ya no puede cruzar la calle sin pedir perdón y sentir miedo de haberse equivocado de camino.
Cada vez que abre la boca sale como despavorido un pedazo de duda, de indecisión, de vacilación, de incertidumbre, de inseguridad, y entonces vuelve a cerrarla dejando aflorar en sus pupilas... más miedo.
Y ella, que antes se sentía segura cuando sus manos grandes y cálidas la rodeaban, ahora también sentía que se estaba perdiendo y que aquellas manos no la alcanzaban, para tirar hacia arriba y sacarla del agujero oscuro que se la estaba tragando, como un agujero negro, descomponiéndole en mil.

Una mente que calla, por si acaso, y otra que no puede callar, a pesar de llegar al ocaso. Pero siempre les quedará... dormir. Acurrucados, encajados, para no pasar frío. El calor humano siempre fue mejor que el de las cobijas. El roce de la piel le hacía sentir seguro de nuevo. Sólo en esos momentos volvía a ser lo que fue y lo que, aún en el fondo, seguía siendo.

Ella con los párpados cerrados no puede mantenerse despierta y él con todo en la palma de la mano, no puede cerrar los dedos y guardarlo seguro en el puño. Y así, con cada bache, todo se alborota y cae. Por no cerrar el puño. Por no mantener los párpados abiertos para ayudarle a cerrar la mano.

sábado, junio 5

Cinco llamadas de auxilio.

Siendo contradictorio, las noches más largas siempre resultan ser, a la vez, las más cortas, esas que no queremos que acaben. Cómo decir todo en dos horas. No... cuando las palabras empiezan a brotar, quién puede pararlas.
A veces el miedo sube como una enredadera por tus piernas, dejándolas atadas una junto a la otra. Inmovilizándote. Sube que sube y sientes como entra por tu ombligo y te aprieta el estómago, y quieres vomitar pero también ha taponado tu garganta así que el aire no entra, las náuseas no se apaciguarán; y te encuentras contra la espada y la pared.
Y un grito que rompe con esa maldita trepadora sale como un proyectil desde lo más profundo de tu ser, fuerte, despertando las ocho neuronas, que hasta ahora has podido contar, de tu cerebro. Sin embargo, nadie te escucha. Porque ya te has perdido.
Alguna vez te tocará llorar solo, otra, podrá ser que alguien esté en el momento indicado en el lugar indicado para abrazarte fuerte y así evitar que se te doblen las rodillas y caigas en el asfalto; porque si cayeras, te fusionarías con él, con ese negro agrietado, tan parecido al agujero que se crea lleno de desesperación.
Giras el torso y con él, la cabeza; no está.
El llanto ya no suena, ya no rasga la laringe. Ahora son lágrimas calladas. De esas que si no salen se enquistan y después, tienen que hacerte una operación a corazón abierto.


- ¿Te casarías con él? - preguntó con tono irónico.
Asintió suave, casi imperceptiblemente.
- ¿En un futuro reciente?
Asintió de nuevo con un poco más de fuerza y añadió:
- o en uno lejano, cuando sea.
Levantó la ceja derecha ligeramente, ella lo percibió y cerró los ojos agregando:
- Cuando le vi supe que iba a ser para mí. Supe que yo estaría junto a él, en esta vida, en la que viene y en la siguiente.
- ¿Sabes qué edad tienes?
- Claro.



jueves, junio 3

Pero si tú la quieres y ella te quiere, ¿qué haces aquí?
Ve a buscarla tan rápido como puedas. ¡Corre!


... nadie como tú me sabe hacer
café.


jueves, mayo 13

Una página en Blanco.

Hacer el amor... no existe.


El amor no se hace, surge.
Emerge, como Venus, del mar.
Nos sumerge; nos atrapa y nos arrastra hasta las profundidades, como el Kracken.
Nos revuelve y no podemos respirar.
Y cuando está a punto de ahogarnos, encontramos la salida.
Y vuelve a parecerse a Venus.

El amor es como una montaña rusa.
Nos hace creernos valientes y cuando estamos subidos en nuestro vagón,
la inseguridad y esa extraña sensación de que algo fallará nos invade.
Nos da vueltas, nos marea, nos hace vomitar, nos agita y se para.

Como una tormenta.
Que nos revuelve el pelo.
Nos despeina la sonrisa.

Pero nos llena, no podemos estar sin él, no podemos imaginarnos una vida solteros.
Y pensamos que hacemos el amor,

pero no es cierto, el amor nos hace a nosotros; surge y nos hace.

martes, abril 27

Asesina de noctámbulos.


Sí, a veces le recorría un escalofrío por todo el cuerpo.
Y se quedaba quieta cuando escuchaba el mínimo ruido.
Por el día, la gente le daba miedo y por la noche correteaba buscando algo que comer. Era su momento de salir a la calle.
El otro día le lanzaron una zapatilla. No le alcanzó, menuda suerte.
Pero ayer... ayer fue el trágico día en que murió.
Siempre había imaginado su muerte de una manera distinta, que se encontraría con alguien que le odiaba y que le pisaría hasta el más profundo pensamiento.
Pero no, cuando ayer estaba saliendo de su escondite, hacia las dos de la mañana, vio una luz encendiéndose y a continuación una cabellera castaña que se acercaba. Se quedó quieta, a pesar de tener todo el cuerpo al aire, bajo la luz. Los enormes ojos de esa cabellera castaña la miraron fijamente, empalideció, entornó los ojos y se marchó sigilosamente.
Así que se dio la vuelta y trató de meterse en su escondite, era poco profundo, pero lo suficiente para albergar su cuerpecito, cubierto por su armazón que le permitía hasta volar.
Oyó los pasos del individuo. Y de pronto, como si hubiese un escape de gas.
El escondite comenzó a resultar asfixiante y supo, en ese momento, que ese era su final. Así que rendida, se dejó caer al suelo, haciendo que el individuo, que ya había recuperado el color en las mejillas, se sobresaltase y diese dos pasos hacia detrás.
Y ella, tumbada boca arriba en el suelo, tratando de respirar. Agonizando. Y la asesina mirándola fijamente, disfrutando con cada segundo de la macabra escena.

Sí, así fue cómo murió aquella cucaracha.
Asfixiada (supongo).

martes, abril 20

Marinero de agua dulce.

No quiero dormir con nadie más que contigo.
Eres mi caramelo interminable. Cuando tengo hambre, me la quitas, y endulzas los días amargos.
Aunque las ojeras me lleguen a las rodillas me haces levantar para verte, aunque sea al otro lado de esas cuatro paredes blancas. Porque dos minutos después de habernos dicho adiós se me ocurren tropecientas mil cosas que decirte.
Eres mi más fiel confidente. Te cuento todo, hasta los lunares.
Y yo... me quedo contigo. Sentadita en tu hombro, porque me haré chiquitita como un PlayMobil.
Sólo por y para ti.

Tuve miedo.
La almohada amaneció mojada y las sábanas por el suelo. Parece ser que anoche lidié una batalla pendiente con la conciencia.
Y al final, nunca le dije a nadie que pasé una noche con el corazón vacío, menos mal que sólo ibas a tomarte un refresco.

Me encanta cuando me besas la espalda y tus brazos me rodean desde detrás, y me susurras que me quieres mientras seguimos el ritmo de la música con las caderas.
Sí... definitivamente, nunca podría olvidarte aunque quisiera, puesto que formas parte de mis recuerdos desde que tengo uso de razón.

La lluvia no quiere caer, porque ya estás tú para refrescar la mente y limpiar la basurita que se amontona en las esquinas.
Ya estás tú para hacerme girar con los brazos abiertos mirando al cielo. Girar sobre mi propio eje. Y cuando esté mareada sé que cuando abra los ojos y pare, estarás ahí para que no me caiga; para sostenerme.

Agua y caramelos.


Mi marinero de agua dulce.

miércoles, abril 14

Yo también sé jugarme la boca.

Ya llegaba tarde a clase.
Salí de la cafetería del instituto, inmersa en mis pensamientos. Los sucesos acontecidos en los últimos meses me daban mucho que pensar. Estábamos a prácticamente dos meses de terminar el curso. Me sentía usada, me sentía tonta por haber creído en todo lo que me había dicho...
Me paré en el hall, busqué desesperadamente el horario entre el centenar de papeles absurdos y arrugados de mi mochila. Por fin, lo encontré. Lo contemplé detenidamente memorizando el orden de las clases que me tocaban en las próximas cuatro horas. Le di un sorbo a la lata de CocaCola.
Entonces, le vi entrar por la puerta. Como un ángel, quedaba enmarcado por la luz de la mañana que entraba por esa misma puerta. ¿Me estaba mirando a mí? Hacía tiempo que no me miraba. De hecho, hacía tiempo que no me llamaba para perdernos en la oscuridad de su habitación atemporal.
El corazón se me aceleró. Iba a cien por hora. Empecé a sonreír como una tonta enamorada. Y me guiñó un ojo y sonrió. Y preguntó ¿qué tal?
Alcé un poco la mano a modo de decirle hola y antes de que puediera responder a su pregunta, salió de detrás de mí una chica. Una chica pelirroja, con gafitas y aparatos. Y se acercó a él y le besó en la mejilla.
Fue un beso fuerte, largo... Un beso de esos que pretenden insinuar deseo. Fue una estaca.

Y entonces me sentí más tonta aún. Y me quedé con la sonrisa estúpida, para aparentar que no me había creído que era a mí. Me di la vuelta y subí las escaleras, con las lágrimas a punto de caer. Y mientras subía las escaleras, con mi alma destrozada le dije sin decir yo también sé jugarme la boca.

Él tenía algo que me llevaba al borde del precipicio y me dejaba pendiente de un hilo a punto de caer, pero sin caer. Al final, un día, caí, pero volvió a recogerme.

Nos apoyábamos en la barandilla del balcón de su habitación. A veces hablábamos y otras no hacía falta. Sus ojos me hablaban de él sin querer. Hablaba como un ave a punto de emigrar. En ese entonces, no sabía que ya había llegado a su destino. Que no tenía que seguir buscando para encontrar su hueco en el mundo; ya lo tenía, sentadito a mi lado.

Muchas veces presumí de tener mala memoria. Pero con él... Él no se guardaba en mi memoria. Cómo olvidar mi cabeza al lado de la suya en la almohada. Desnudos. Iluminados únicamente por la luz que irradiaba desde lo más profundo de su alma.

Dios mío, es que podía perderme en su labios mientras hablaba. Y todo se perdió por no poder decir te necesito.

Pero nos encontramos al final del viaje que emprendimos por separado hacia Ítaca. A buscarnos a nosotros mismos y al final, nos fuimos a buscar el uno al otro. Qué ironía... qué raro.


domingo, abril 11

No es más que eso.

La primavera la sangre altera y en abril, aguas mil.
Puede que por eso ayer la sangre nos hirviese y pareciese que llovía;
y acabásemos cubiertos de hiel.


- Imagina una esfera,
cuyo interior es de espejo
y dentro no hay nada,
¿qué crees que reflejaría?
Es decir,
¿cómo crees que se vería
esa nada que refleja? -

Hizo la pregunta cómo para sí mismo,
entornó los ojos y dió una larga
y profunda calada a su cigarrillo.
La última.
Al poco tiempo, calló rendido en
los brazos de Morfeo,

... y en los míos.

miércoles, abril 7

JPS.

¿En qué momento dejamos de ser infantiles y comenzamos con la ardua tarea de tomar decisiones que nos afectan sólo a nosotros de manera irreparable?

Empezamos a depender de nosotros mismos.
Y es duro no poder echarle la culpa a otro de los fracasos propios.
Es difícil aceptar que uno mismo y nadie más tiene la culpa de su propio destino.

Y habrá alguien que querrá animarte,
y lo intentará... Sin embargo, te parecerá absurdo.
Absurdo porque nada que diga nadie podrá hacerte sentir mejor.
Sólo lo que tú mismo te digas.

Y será lo siguiente:
A joderse. Yo mismo me lo busqué y ahora me toca aguantarme.

Y lo peor de todo, es que será lo más racional que te hayas dicho a ti mismo en mucho tiempo.

Probablemente, la persona que quiso animarte te mirará de reojo y asentirá con la cabeza suavemente como para sí mismo. Dándose cuenta de que estás un paso más cerca de lo que llamaremos aquí y ahora "la madurez".

Eso que, debido a su falta, hizo un daño (casi) irreparable.
Eso que, debido a su falta, te hizo dejar escapar un año.
Eso que, con su llegada silenciosa, te brindó siete meses infinitos para recuperar aquel año y curar un poquito aquella herida (casi) irreparable.
Y los que quedan.

Pero, vamos a ver, qué te voy a contar yo, ¿no?
Simplemente eso, que...

Jamigos para siempre.

Ya sabes de qué va esto.
De que... bueno,
dejémoslo para otro momento.

martes, abril 6

Para apaciguar el estrés prepau...


Le dice un señor a un cubano:

-Oiga, señor, usted es negro.

-No, "señó". Es una peca.



... unas cuantas risas cortas.

sábado, abril 3

El caso del chico del lunar en el labio.


Y mírame a la cara y atrévete a negarme,
que conoces tantas camas como historias que contarme.

Le di mi noche y mi risa. Volaban las plumas mientras amanecía.
Cuatro paredes no impedían que despertáramos en un lugar distinto cada vez.
Él era mi debilidad. Mi talón de Aquiles.
En su cintura encontré una mariposa de concupiscencia.

Tan jóvenes y tan viejos.
Siete meses parecían un año.
Pobre de mí, tenían razón: perdí la cabeza en cuanto me quedé en blanco.
La brisa de la media noche nos revolvía el pelo.

-¿Sabes? Me he dado cuenta de que hoy hemos hablado de un montón de cosas sin pelearnos.

Qué absurdo, ¿no?
Nietzsche dijo lo absurdo de una cosa no prueba nada contra su existencia,
es más bien una condición de ella.

Leí que las personas más interesantes eran las mujeres con pasado y los hombres con futuro.

A veces me quedo en silencio, cuando salen, lo que ahora llamaremos, retales del pasado,
y miro hacia fuera, por la ventana.

Me encantan las ventanas.
Las ventanas son como fotos en movimiento. Y dicen que aunque uno esté quieto, el mundo sigue girando, a su ritmo, no al tuyo. Eso también lo dicen las olas del mar, que tan rápido como se van, vuelven.
El caso del chico del lunar en el labio.

Buen comienzo de Abril.

Dedícame algo.

lunes, marzo 29

Mármol Blanco.

Estaba sentado frente la figura que había salido de la piedra de mármol. Frente a esa esbelta mujer que se encontraba desnuda, con la cabeza apoyada en una almohada, el torso girado, con la pierna derecha sobre la izquierda.

Recorrió con la mano el brazo, las nalgas y el muslo, buscando rugosidades, y asintió con satisfacción al sentir la textura de la piedra, como seda fría, bajo sus dedos.

Una fina capa de polvo gris se había adherido al artista como una segunda piel. Pero esta suciedad no le molestaba en absoluto. Con los años se había acostumbrado a ella por completo. Este era su refugio, un lugar de éxtasis creativo en el que no hacía falta ni comodidad ni limpieza. Una vez acudía a la llamada de su arte, hacía caso omiso de pequeñas molestias.

domingo, marzo 21

Pajarito Pajarito.



Las nubes se estremecen y empiezan a derramarse.
Camina mirando al suelo, un cigarrillo en un mano y la otra en el bolsillo del vaquero.
Al oír el estremecimiento del cielo, dirige su mirada hacia el mismo y se cierra la cremallera de la chaqueta. Hoy no quiere pasar frío, igualmente, ni todas las chaquetas del mundo conseguirían abrigar el frío que le recorre las venas.
Tiembla el cuerpo y aprieta las mandíbulas.
Un gorro negro corona su cabeza, y se coloca la capucha del abrigo. Ahora su mirada se oscurece, se oscurece más. Un ser solitario. Se sirve de las evasivas para no preocupar a nadie y quedarse fuera de la corriente que arrastra a todos los habitantes de esta ciudad.
No le importa mojarse, hoy no.

Espera algo, quizás... ¿un milagro?

Ya sabes lo que dicen: al mal tiempo buena cara.
Me sonríe desde el otro lado del balcón, pero es una sonrisa quebrada.
Son pequeños gestos, instantes, segundos de un mismo día, que me muestran el agua que está a punto de rebosar. La gota que colma el vaso.

miércoles, marzo 17

Niemand sprach.


Fue en ese mismo instante, en el que todo cambió.
Los dos estaban cansados, rebosaba el sueño de sus párpados, las manos temblorosas agarraban las tazas de café y las acercaban a su respectivas bocas.
Ardía y lo notaban bajar por la garganta, pero era más el dolor que sentían por el ardor de las palabras que brotaban de los labios sin cesar. Sin pausas se comían el uno al otro, con puntos suspensivos y comas. Clavadas en la piel de las mejillas que se sonrojan.
Calima.
Para coronar la noche, dos palabras más que resumían un año de tira y afloja, año cruel, pero año de cosecha sustanciosa.
A veces no caminaban al tiempo, pero siempre había una forma de alcanzarle. Porque siempre era él quien iba más rápido y veía más allá.
Qué envidia. Qué envidia.

Sí, definitivamente, le echaría de menos.
Pero por el momento sólo puede concentrarse en guardar la mayor cantidad de recuerdos posibles en el menor espacio, para acabar con un gran espacio con infinidad de recuerdos.
Ella cree en todas las promesas.
Ella cree. Ciegamente cree. Y eso lo hace todo más blanco.

domingo, marzo 14

Brisa.



Quiere marchar.

La corteza cerebral se desprende, alimentándose de la oscuridad que lo baña todo en esa noche sin estrellas y sin luna. Sin nada. Se eleva y flota en el aire, y se transforma, toma la forma de un Charrán Ártico.

No se aleja sin haber dejado cargas inconmensurables de oxitocina, dopamina, feniletilamina...

Su pena es siempre la misma.

El pájaro atraviesa el Mar Blanco. Se instala lejos de su origen: la cabeza de Ella.

Quiere verle desde lejos, saber que el sueño no fue un sueño.

La ausencia de esa corteza que echó a volar se hace insoportable. Para mitigar el dolor se deja acariciar y todo le da igual. Movimientos mecánicos. Ronronea cuando le acarician la oreja y le susurran "Als", en la misma.

El charrán vuelve una vez al año a dejarle más de aquello, pero es un ave migratoria, y no se le puede pedir que se quede. Su sueño es viajar y aprender. Lejos.

Torpemente le desea que cruce el mar con fe y sin miedo.

Ella pasa las tardes sentada junto a la ventana esperando que el pajarito vuelva y se pose en su dedo índice, para cantarle al oído todo lo que vio allá donde el frío cala los huesos.

Un día que vuelva sin más sabe que su voz le dirá: "te quiero".

sábado, marzo 6

Veni, vidi, vici.






Caminamos al tiempo, aunque, a veces, él camina más rápido.
Y es entonces cuando sólo puedo mirarle desde atrás y sonreír;
deseándole buena suerte.


domingo, febrero 28

C'est le commencement de la fin.

Con cada pestañeo hay un huracán. Sus pestañas son tan largas que se me podrían clavar como estacas en el cuerpo, pero a la vez son tan delicadas que podemos pedir deseos cada dos por tres.

Ella me está peleando. Quiere discutir conmigo. Aún no sé la razón. Yo sólo puedo mirarla. Cuando se enfada se ve tan atractiva. Pero dice cosas que me alteran, y que son estúpidas, no siempre, pero muchas veces sí.

Gesticula mucho con las manos y hace mil millones de expresiones con la cara, debería dedicarse a la interpretación. Ni siquiera ella misma se entiende, y ahora es cuando empieza a frustrarse y a sentirse estúpida.

Entonces, arranca un cigarrillo de la caja y se lo enciende con indignación. Y me mira fijamente, y entorna los ojos cada vez que da una calada. Y sinceramente y con toda la buena fe del mundo, le sonrío. Y dice de manera amenazadora, casi retándome:

-¿Es esa una de tus sonrisas hipócritas que haces cuando te importa una mierda lo que te dicen?

Y pienso que no, que es una de esas sonrisas que hago cuando me parece una tontería el motivo de la discusión. Porque nunca hay un motivo lo suficientemente grande para discutir. Discutir es inútil. Dialogar es de sabios. A Sócrates le gustaba dialogar.

Pero me pongo serio y adopto su actitud, que es lo que ha estado buscando sin parar:

-Desde luego, es una sonrisa sincera, pero he de decirte que no hay motivo alguno para discutir y por eso no discuto.

No sé por qué pero se levantó, cogió su abrigo, sus cigarrillos y se marchó. Como siempre, pagando la cuenta y dejando dinero de más... para hacerme sentir la mierda más asquerosa del bar. Haciéndome entender que "gracias por tus servicios". Sé que probablemente nunca lo había hecho hasta hoy, desde luego, se moría por hacerlo. Es una escena que ha escrito un par de veces en sus novelas.

Y una servilleta, dejó caer una servilleta blanca, que llevaba inscrito: Who's the xs?
No lo hizo por casualidad. Y supongo que tendría un significado oculto que yo debería saber... Pero es que yo...
... debería muchas cosas.

viernes, febrero 19

Mango...


Hubo un día... un día de septiembre, en el que pasé la tarde con una chica, una chica de psicología. Era rubia y con el pelo más largo de lo que lo tiene ahora. Se rapó, se rapó por una apuesta. Ella siempre estuvo muy loca. Y nunca le importó.

Si tuviese que elegir una frase que me recordase a ella sería: la vida es roja si te vas.

Ella fue mi noviembre. El noviembre más dulce de mi adolescencia. Un noviembre rubio y poeta. Un noviembre capicúa. Nos pactamos con margaritas de kiwi... y más cosas.

Niños-piña.

El otro día me dijo: "No tenemos más que echarnos pareja para volvernos unas sosas". Efectivamente, la última vez que nos vimos fue en reyes... Y a veces la echo de menos, pero eso ella no lo sabe.

Hoy quiero escribir sobre ella, por si me lee, para que sepa que a pesar de no hablar demasiado, estoy aquí, para que se ría conmigo o de mí, como siempre... o para que llore en mi hombro, o para que me cuente qué tal todo.

... yo no lo siento.

miércoles, febrero 17

Libertinaje primitivo.

Me coloqué las gafas crucé una pierna sobre la otra, cogí el periódico y lo ojeé.

Me llamó la atención una columna que decía que algunos jueces reducían la condena a los violadores si la víctima llevaba la falda demasiado corta o si el agresor retenía a la víctima el tiempo justo para llevar a cabo la violación, sólo ese tiempo, no más.

En cierto modo, se culpa a la víctima si es violada, en el supuesto de que su falda no fuese más que un cinturón ancho, un "taparrabos"... es como si a una le estuvieran diciendo: "Eso te pasa por ir provocando".

Es algo atroz.

Desde luego, habría que empezar a plantearse el llevar hábitos. Así, ningún hombre sería provocado y ninguna mujer sería acusada de provocadora.

Estamos retrocediendo y una vez más vemos claramente dónde está situada la mujer.

Concluyo, injustamente, que si los jueces tratan a los hombres como animales, el resto del mundo debería hacerlo. Si un hombre no es capaz de saber qué está bien o qué está mal y es capaz de cegarse por una "mini", ¡diablos!, pero ¿en qué mundo de locos vivimos?

Sonará feminista pero cosas como éstas demuestran que los hombres son unos primitivos y las mujeres evolucionamos y abogamos por la libertad (lo digo por eso de llevar minifaldas, me parece que es algo que demuestra cierta libertad a la hora de vestir).

De todos modos, siempre hay excepciones. No todas las mujeres llevan faldas cortas porque hace calor y no todos los hombres necesitan descargarse cuando ven un par de piernas desnudas. Así es que el problema aquí está en los jueces que.. desde mi punto de vista, si bajan la condena por eso, es porque ellos también lo harían.. Luego, no podemos dejar la justicia en manos de hombres que también actuarían bajo impulsos primitivos.

Desde luego, este es un país de locos.

Y me lleva a cuestionarme algo, ¿por qué sólo violan los hombres? ¿Por qué las mujeres "mari-macho" no violan a ningún "mequetrefe"?

Cerré el periódico, lo doblé por la mitad y me fui a dar una ducha. Verdaderamente no hay muchas cosas que me indignen tanto como las injusticias en el mundo de la "justicia".

jueves, febrero 4

A destiempo.

Estaba sentada junto a la ventana, en una mecedora, se balanceaba hacia delante y hacia detrás. Sostenía en sus manos un pequeño cuaderno de bocetos, fotos y escritos viejos.

Observaba como caían las hojas del árbol del jardín, una a una, lentamente, igual que las horas. El tiempo era lento. Echaba de menos aquellos días en que el tiempo no le daba, que corría para llegar puntualmente a la meta.

Lo había hecho todo en demasiado poco tiempo, ahora ya no tenía nada más que hacer que recordar y observar cómo evolucionaba aquel árbol a lo largo de las estaciones. Antes ella vivía mirando hacia el futuro, olvidándose de disfrutar el presente.

"Ahora no, cielo, tengo que terminar este artículo para mañana y debo adelantar el trabajo de la semana; tengo un gran proyecto entre manos"- le decía a su marido cuando éste la abrazaba por detrás y le besaba tiernamente la nuca.

Él vivía por y para ella, ella vivía por y para el trabajo, y luego, para él.

Claro está, él no había ascendido tanto como ella, pero tenía menos canas y menos arrugas en la cara, en fin, menos estrés.

Era una agradable convivencia. Al final, a él le descubrieron un cáncer de pulmón demasiado tarde, y eso fue lo que acabó con su vida. Y ella se quedó sola, sola pero con su gato y sus millones de "grandes proyectos" entre manos.

Entonces, llegó el día de su jubilación y pensó: "¿Qué voy a hacer a partir de ahora hasta el último día de mi vida?"

Nada. Sentarse a recordar. ¿Recordar qué?
Como ella no tenía recuerdos, se decantó por abrir aquel misterioso cuaderno que había sido de su marido y que nunca se había atrevido a abrir.

...Y allí estaba ella, dibujada, fotografiada y escrita.

martes, enero 26

Volverás, estoy segura.

Desde el otro lado de el bar, sentada en una mesa, en la esquina más oscura y rodeada por el humo de mi cigarrillo y sus antecesores, le observo atenta.

Dicen que ha estado los último cinco años viviendo como monje en un monasterio budista. En efecto, tiene algo muy zen. Algo muy humano. Una pureza impura, la desnudez manchada por la vida de la persona que empieza a saber de verdad quién es. Y él es un hombre hermoso, melancólico, con un registro muy pequeño, porque todas sus canciones se parecen sospechosamente unas a otras. Pero qué bella puede llegar a ser la monotonía. Qué limpia y delicada.

Viéndole, un ser que es esencialmente triste, me preguntaba cómo habría sobrellevado él el peso de su existencia. Sin duda, le han salvado las palabras. La música. La creatividad, en fin. No conozco casi nada de lo que le ha pasado en los últimos dieciseis años, pero es difícil vivir con treinta y cinco años sin llevar una pequeña maleta cargada de dolor. Hoy, está ahí, imitando con la voz el sonido de la guitarra, sobre el escenario, se divierte solo. Arranca cruelmente de su guitarra infinidad de notas que suenan a jazz, a blues, a lo que él quiera. Es un melancólico contento. Todo un logro.

Dispuesta a que me vea y me reconozca, me acerco al escenario, que no es más que una tarima alta, que me llega apenas por la cadera, donde él tiene una silla, su amplificador y su guitarra. Me paro a un lado, donde no molesto a nadie, y espero a que acabe la canción de ese momento. Entonces, él agarra la jarra de cerveza, bebe la mitad de un trago, y camino rozando con los dedos el borde de ese escenario. Vuelve a colocar su guitarra, coge la púa, se relame los labios y antes de que haga vibrar la primera cuerda le miro fijamente.

Nuestras miradas se cruzan y no solo eso, sino que se mantienen, retándose. Y entonces, esa mirada oscura, esa mirada de hombre melancólico se endulza, se ablanda, al igual que un pedazo de pan que flota en la leche, se desace y se empapa. Se le inundan los ojos, puede que de tristeza o de emoción. ¿Le habrá gustado verme? Quien sabe. Antes de que a su mente aflorara frase alguna que soltar en forma de balbuceo, me marché. Caminando despacio, mientras me colocaba el abrigo naranja del que nunca he podido desprenderme.

Lo único de lo que estoy segura es de que a mí sí me ha gustado verle; verle y saber que no me ha olvidado.

martes, enero 5

Cosas que me gustan de ti.

Me gusta cuando sé que cuando me despierte sobresaltada te puedo contar mis pesadillas, o más bien los sueños que sólo una persona como yo puede considerar como pesadillas.

Me gusta despertarme y verte a mi lado. A veces querría que esas mañanas tan mágicas no se acabasen nunca. Por eso me encanta dormir en tu habitación, porque no se hace de día hasta que no abres las persianas. Podría pasarme días enteros durmiendo en tu cama, porque ahí dentro es la hora que me da la gana y hago lo que me da la gana.

Me gusta cuando me haces reir a carcajadas y observas atento cómo lo hago, para no perderte ni un pestañeo; y sonríes al tiempo como si mi felicidad fuese tu felicidad.

Me gusta cuando me besas en mitad de la calle porque de repente te apetece. Me gusta que me sorprendas y que ni tu ni yo sepamos exactamente qué día comenzamos a salir, me gusta que seamos dispersos, cada uno a su manera.

Me gusta mirarte cuando fumas, observar las volutas de humo que se pierden en el universo de tu habitación. Me gusta mirarte siempre, sobretodo cuando crees que no te miro y eres más natural que nunca. Me encanta mirarte cuando estudias, cuando estás concentrado e imperturbable.

Me gusta que me hagas cosquillas y que me hagas retorcerme y suplicarte que pares. Me gusta que te diviertas con mi risa. Me gusta que me diviertas.

Me gusta pensar que todos esos planes utópicos no son tan utópicos, y que la final, algún día, veré un precioso niño de sonrisa desencajada, como la mía, y ojos verdes, como los tuyos.

Me gusta imaginar que me hago pequeñita y me meto en tu bolsillo, ya sabes, cosas de PlayMobils.

Por gustarme... me gustas.

lunes, enero 4

Divagando.

Dicen que a través de las palabras el dolor se hace mas tangible, que podemos mirarlo como a una criatura oscura, tanto más ajena a nosotros cuanto más cerca la sentimos. Pero yo siempre he creido que el dolor que no encuentra palabras para expresarlo es el más cruel, el más hondo, el más injusto.

A los que aman.
(Isabel Coixet)



Es ese miedo que te sube del estómago a la garganta y quiere salir y se enreda en la lengua y sólo te deja balbucear.

Es más fácil negar que algo sucede que asumir que nada marcha bien. Pero tarde o temprano tienes que reaccionar, y no esperar a que reaccionen por ti.


¿Cuándo vas a madurar?


Parecía un ovillo, envuelta en sábanas, no le asomaba ni la cabeza. Ahí dentro se estaba asfixando, así que de vez en cuando, entre sueño y sueño levantaba un poco la sábana y respiraba aire de fuera. Aire que le refrescaba los pulmones y la mente.
Más que tener sueños, tenía pesadillas. Alguien interpretó sus sueños y le predigeron que se iba a morir. Así que ahí estaba ella, esperando el momento. Tenía miedo. Y a veces uno está solo, hay cosas para las que uno está solo, inevitablemente.
En la oscuridad total del reverso de sus sábanas pensaba sin parar. Recordaba cada equivocación y con cada evocación un pinchazo en el vientre. Se le hacía raro pensar que ahora tenía dos corazones latiendo a la vez en el cuerpo.

Estaba sola en eso. Nadie más podía entender su angustia. Nadie más podía comprender por qué seguía tratando de negar lo evidente. Esperanza, decía, esperaba que realmente todo fuese un sueño, una terrible pesadilla. Pero una pesadilla solo dura una noche. Y esta llevaba un par de meses. Ya era demasiado tarde para arrancar ese proyecto que crecía en su vientre.

La luz cegadora que traspasaba las cortinas hicieron que despertara. Se palpó el vientre, nada; aún sentía aquella angustia, pero estaba tranquila, por fin sabía que, finalmente, todo había sido una pesadilla, o quizás, un aviso, una simple advertencia.

Ya es hora de crecer, querida.