martes, enero 26

Volverás, estoy segura.

Desde el otro lado de el bar, sentada en una mesa, en la esquina más oscura y rodeada por el humo de mi cigarrillo y sus antecesores, le observo atenta.

Dicen que ha estado los último cinco años viviendo como monje en un monasterio budista. En efecto, tiene algo muy zen. Algo muy humano. Una pureza impura, la desnudez manchada por la vida de la persona que empieza a saber de verdad quién es. Y él es un hombre hermoso, melancólico, con un registro muy pequeño, porque todas sus canciones se parecen sospechosamente unas a otras. Pero qué bella puede llegar a ser la monotonía. Qué limpia y delicada.

Viéndole, un ser que es esencialmente triste, me preguntaba cómo habría sobrellevado él el peso de su existencia. Sin duda, le han salvado las palabras. La música. La creatividad, en fin. No conozco casi nada de lo que le ha pasado en los últimos dieciseis años, pero es difícil vivir con treinta y cinco años sin llevar una pequeña maleta cargada de dolor. Hoy, está ahí, imitando con la voz el sonido de la guitarra, sobre el escenario, se divierte solo. Arranca cruelmente de su guitarra infinidad de notas que suenan a jazz, a blues, a lo que él quiera. Es un melancólico contento. Todo un logro.

Dispuesta a que me vea y me reconozca, me acerco al escenario, que no es más que una tarima alta, que me llega apenas por la cadera, donde él tiene una silla, su amplificador y su guitarra. Me paro a un lado, donde no molesto a nadie, y espero a que acabe la canción de ese momento. Entonces, él agarra la jarra de cerveza, bebe la mitad de un trago, y camino rozando con los dedos el borde de ese escenario. Vuelve a colocar su guitarra, coge la púa, se relame los labios y antes de que haga vibrar la primera cuerda le miro fijamente.

Nuestras miradas se cruzan y no solo eso, sino que se mantienen, retándose. Y entonces, esa mirada oscura, esa mirada de hombre melancólico se endulza, se ablanda, al igual que un pedazo de pan que flota en la leche, se desace y se empapa. Se le inundan los ojos, puede que de tristeza o de emoción. ¿Le habrá gustado verme? Quien sabe. Antes de que a su mente aflorara frase alguna que soltar en forma de balbuceo, me marché. Caminando despacio, mientras me colocaba el abrigo naranja del que nunca he podido desprenderme.

Lo único de lo que estoy segura es de que a mí sí me ha gustado verle; verle y saber que no me ha olvidado.

2 comentarios:

  1. Esa persona de la que hablas parece importante, y si no me equivoco, ya la has nombrado en otros textos tuyos. Saludos, sigue escribiendo como lo haces y ánimos.

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  2. Se le queda corto ese adjetivo, importante no es la palabra, más bien, yo diría esencial...
    Sin él no existiese quizás este blog carecería de sentido.

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