domingo, febrero 28

C'est le commencement de la fin.

Con cada pestañeo hay un huracán. Sus pestañas son tan largas que se me podrían clavar como estacas en el cuerpo, pero a la vez son tan delicadas que podemos pedir deseos cada dos por tres.

Ella me está peleando. Quiere discutir conmigo. Aún no sé la razón. Yo sólo puedo mirarla. Cuando se enfada se ve tan atractiva. Pero dice cosas que me alteran, y que son estúpidas, no siempre, pero muchas veces sí.

Gesticula mucho con las manos y hace mil millones de expresiones con la cara, debería dedicarse a la interpretación. Ni siquiera ella misma se entiende, y ahora es cuando empieza a frustrarse y a sentirse estúpida.

Entonces, arranca un cigarrillo de la caja y se lo enciende con indignación. Y me mira fijamente, y entorna los ojos cada vez que da una calada. Y sinceramente y con toda la buena fe del mundo, le sonrío. Y dice de manera amenazadora, casi retándome:

-¿Es esa una de tus sonrisas hipócritas que haces cuando te importa una mierda lo que te dicen?

Y pienso que no, que es una de esas sonrisas que hago cuando me parece una tontería el motivo de la discusión. Porque nunca hay un motivo lo suficientemente grande para discutir. Discutir es inútil. Dialogar es de sabios. A Sócrates le gustaba dialogar.

Pero me pongo serio y adopto su actitud, que es lo que ha estado buscando sin parar:

-Desde luego, es una sonrisa sincera, pero he de decirte que no hay motivo alguno para discutir y por eso no discuto.

No sé por qué pero se levantó, cogió su abrigo, sus cigarrillos y se marchó. Como siempre, pagando la cuenta y dejando dinero de más... para hacerme sentir la mierda más asquerosa del bar. Haciéndome entender que "gracias por tus servicios". Sé que probablemente nunca lo había hecho hasta hoy, desde luego, se moría por hacerlo. Es una escena que ha escrito un par de veces en sus novelas.

Y una servilleta, dejó caer una servilleta blanca, que llevaba inscrito: Who's the xs?
No lo hizo por casualidad. Y supongo que tendría un significado oculto que yo debería saber... Pero es que yo...
... debería muchas cosas.

viernes, febrero 19

Mango...


Hubo un día... un día de septiembre, en el que pasé la tarde con una chica, una chica de psicología. Era rubia y con el pelo más largo de lo que lo tiene ahora. Se rapó, se rapó por una apuesta. Ella siempre estuvo muy loca. Y nunca le importó.

Si tuviese que elegir una frase que me recordase a ella sería: la vida es roja si te vas.

Ella fue mi noviembre. El noviembre más dulce de mi adolescencia. Un noviembre rubio y poeta. Un noviembre capicúa. Nos pactamos con margaritas de kiwi... y más cosas.

Niños-piña.

El otro día me dijo: "No tenemos más que echarnos pareja para volvernos unas sosas". Efectivamente, la última vez que nos vimos fue en reyes... Y a veces la echo de menos, pero eso ella no lo sabe.

Hoy quiero escribir sobre ella, por si me lee, para que sepa que a pesar de no hablar demasiado, estoy aquí, para que se ría conmigo o de mí, como siempre... o para que llore en mi hombro, o para que me cuente qué tal todo.

... yo no lo siento.

miércoles, febrero 17

Libertinaje primitivo.

Me coloqué las gafas crucé una pierna sobre la otra, cogí el periódico y lo ojeé.

Me llamó la atención una columna que decía que algunos jueces reducían la condena a los violadores si la víctima llevaba la falda demasiado corta o si el agresor retenía a la víctima el tiempo justo para llevar a cabo la violación, sólo ese tiempo, no más.

En cierto modo, se culpa a la víctima si es violada, en el supuesto de que su falda no fuese más que un cinturón ancho, un "taparrabos"... es como si a una le estuvieran diciendo: "Eso te pasa por ir provocando".

Es algo atroz.

Desde luego, habría que empezar a plantearse el llevar hábitos. Así, ningún hombre sería provocado y ninguna mujer sería acusada de provocadora.

Estamos retrocediendo y una vez más vemos claramente dónde está situada la mujer.

Concluyo, injustamente, que si los jueces tratan a los hombres como animales, el resto del mundo debería hacerlo. Si un hombre no es capaz de saber qué está bien o qué está mal y es capaz de cegarse por una "mini", ¡diablos!, pero ¿en qué mundo de locos vivimos?

Sonará feminista pero cosas como éstas demuestran que los hombres son unos primitivos y las mujeres evolucionamos y abogamos por la libertad (lo digo por eso de llevar minifaldas, me parece que es algo que demuestra cierta libertad a la hora de vestir).

De todos modos, siempre hay excepciones. No todas las mujeres llevan faldas cortas porque hace calor y no todos los hombres necesitan descargarse cuando ven un par de piernas desnudas. Así es que el problema aquí está en los jueces que.. desde mi punto de vista, si bajan la condena por eso, es porque ellos también lo harían.. Luego, no podemos dejar la justicia en manos de hombres que también actuarían bajo impulsos primitivos.

Desde luego, este es un país de locos.

Y me lleva a cuestionarme algo, ¿por qué sólo violan los hombres? ¿Por qué las mujeres "mari-macho" no violan a ningún "mequetrefe"?

Cerré el periódico, lo doblé por la mitad y me fui a dar una ducha. Verdaderamente no hay muchas cosas que me indignen tanto como las injusticias en el mundo de la "justicia".

jueves, febrero 4

A destiempo.

Estaba sentada junto a la ventana, en una mecedora, se balanceaba hacia delante y hacia detrás. Sostenía en sus manos un pequeño cuaderno de bocetos, fotos y escritos viejos.

Observaba como caían las hojas del árbol del jardín, una a una, lentamente, igual que las horas. El tiempo era lento. Echaba de menos aquellos días en que el tiempo no le daba, que corría para llegar puntualmente a la meta.

Lo había hecho todo en demasiado poco tiempo, ahora ya no tenía nada más que hacer que recordar y observar cómo evolucionaba aquel árbol a lo largo de las estaciones. Antes ella vivía mirando hacia el futuro, olvidándose de disfrutar el presente.

"Ahora no, cielo, tengo que terminar este artículo para mañana y debo adelantar el trabajo de la semana; tengo un gran proyecto entre manos"- le decía a su marido cuando éste la abrazaba por detrás y le besaba tiernamente la nuca.

Él vivía por y para ella, ella vivía por y para el trabajo, y luego, para él.

Claro está, él no había ascendido tanto como ella, pero tenía menos canas y menos arrugas en la cara, en fin, menos estrés.

Era una agradable convivencia. Al final, a él le descubrieron un cáncer de pulmón demasiado tarde, y eso fue lo que acabó con su vida. Y ella se quedó sola, sola pero con su gato y sus millones de "grandes proyectos" entre manos.

Entonces, llegó el día de su jubilación y pensó: "¿Qué voy a hacer a partir de ahora hasta el último día de mi vida?"

Nada. Sentarse a recordar. ¿Recordar qué?
Como ella no tenía recuerdos, se decantó por abrir aquel misterioso cuaderno que había sido de su marido y que nunca se había atrevido a abrir.

...Y allí estaba ella, dibujada, fotografiada y escrita.