martes, abril 27

Asesina de noctámbulos.


Sí, a veces le recorría un escalofrío por todo el cuerpo.
Y se quedaba quieta cuando escuchaba el mínimo ruido.
Por el día, la gente le daba miedo y por la noche correteaba buscando algo que comer. Era su momento de salir a la calle.
El otro día le lanzaron una zapatilla. No le alcanzó, menuda suerte.
Pero ayer... ayer fue el trágico día en que murió.
Siempre había imaginado su muerte de una manera distinta, que se encontraría con alguien que le odiaba y que le pisaría hasta el más profundo pensamiento.
Pero no, cuando ayer estaba saliendo de su escondite, hacia las dos de la mañana, vio una luz encendiéndose y a continuación una cabellera castaña que se acercaba. Se quedó quieta, a pesar de tener todo el cuerpo al aire, bajo la luz. Los enormes ojos de esa cabellera castaña la miraron fijamente, empalideció, entornó los ojos y se marchó sigilosamente.
Así que se dio la vuelta y trató de meterse en su escondite, era poco profundo, pero lo suficiente para albergar su cuerpecito, cubierto por su armazón que le permitía hasta volar.
Oyó los pasos del individuo. Y de pronto, como si hubiese un escape de gas.
El escondite comenzó a resultar asfixiante y supo, en ese momento, que ese era su final. Así que rendida, se dejó caer al suelo, haciendo que el individuo, que ya había recuperado el color en las mejillas, se sobresaltase y diese dos pasos hacia detrás.
Y ella, tumbada boca arriba en el suelo, tratando de respirar. Agonizando. Y la asesina mirándola fijamente, disfrutando con cada segundo de la macabra escena.

Sí, así fue cómo murió aquella cucaracha.
Asfixiada (supongo).

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