miércoles, abril 14

Yo también sé jugarme la boca.

Ya llegaba tarde a clase.
Salí de la cafetería del instituto, inmersa en mis pensamientos. Los sucesos acontecidos en los últimos meses me daban mucho que pensar. Estábamos a prácticamente dos meses de terminar el curso. Me sentía usada, me sentía tonta por haber creído en todo lo que me había dicho...
Me paré en el hall, busqué desesperadamente el horario entre el centenar de papeles absurdos y arrugados de mi mochila. Por fin, lo encontré. Lo contemplé detenidamente memorizando el orden de las clases que me tocaban en las próximas cuatro horas. Le di un sorbo a la lata de CocaCola.
Entonces, le vi entrar por la puerta. Como un ángel, quedaba enmarcado por la luz de la mañana que entraba por esa misma puerta. ¿Me estaba mirando a mí? Hacía tiempo que no me miraba. De hecho, hacía tiempo que no me llamaba para perdernos en la oscuridad de su habitación atemporal.
El corazón se me aceleró. Iba a cien por hora. Empecé a sonreír como una tonta enamorada. Y me guiñó un ojo y sonrió. Y preguntó ¿qué tal?
Alcé un poco la mano a modo de decirle hola y antes de que puediera responder a su pregunta, salió de detrás de mí una chica. Una chica pelirroja, con gafitas y aparatos. Y se acercó a él y le besó en la mejilla.
Fue un beso fuerte, largo... Un beso de esos que pretenden insinuar deseo. Fue una estaca.

Y entonces me sentí más tonta aún. Y me quedé con la sonrisa estúpida, para aparentar que no me había creído que era a mí. Me di la vuelta y subí las escaleras, con las lágrimas a punto de caer. Y mientras subía las escaleras, con mi alma destrozada le dije sin decir yo también sé jugarme la boca.

Él tenía algo que me llevaba al borde del precipicio y me dejaba pendiente de un hilo a punto de caer, pero sin caer. Al final, un día, caí, pero volvió a recogerme.

Nos apoyábamos en la barandilla del balcón de su habitación. A veces hablábamos y otras no hacía falta. Sus ojos me hablaban de él sin querer. Hablaba como un ave a punto de emigrar. En ese entonces, no sabía que ya había llegado a su destino. Que no tenía que seguir buscando para encontrar su hueco en el mundo; ya lo tenía, sentadito a mi lado.

Muchas veces presumí de tener mala memoria. Pero con él... Él no se guardaba en mi memoria. Cómo olvidar mi cabeza al lado de la suya en la almohada. Desnudos. Iluminados únicamente por la luz que irradiaba desde lo más profundo de su alma.

Dios mío, es que podía perderme en su labios mientras hablaba. Y todo se perdió por no poder decir te necesito.

Pero nos encontramos al final del viaje que emprendimos por separado hacia Ítaca. A buscarnos a nosotros mismos y al final, nos fuimos a buscar el uno al otro. Qué ironía... qué raro.


No hay comentarios:

Publicar un comentario