domingo, agosto 15

Dragonfly.



Viento frío que congela cada articulación y los latidos... ya no se oyen. Débiles bombean lo que queda en ese cuerpecito que ya no puede cruzar la calle sin pedir perdón y sentir miedo de haberse equivocado de camino.
Cada vez que abre la boca sale como despavorido un pedazo de duda, de indecisión, de vacilación, de incertidumbre, de inseguridad, y entonces vuelve a cerrarla dejando aflorar en sus pupilas... más miedo.
Y ella, que antes se sentía segura cuando sus manos grandes y cálidas la rodeaban, ahora también sentía que se estaba perdiendo y que aquellas manos no la alcanzaban, para tirar hacia arriba y sacarla del agujero oscuro que se la estaba tragando, como un agujero negro, descomponiéndole en mil.

Una mente que calla, por si acaso, y otra que no puede callar, a pesar de llegar al ocaso. Pero siempre les quedará... dormir. Acurrucados, encajados, para no pasar frío. El calor humano siempre fue mejor que el de las cobijas. El roce de la piel le hacía sentir seguro de nuevo. Sólo en esos momentos volvía a ser lo que fue y lo que, aún en el fondo, seguía siendo.

Ella con los párpados cerrados no puede mantenerse despierta y él con todo en la palma de la mano, no puede cerrar los dedos y guardarlo seguro en el puño. Y así, con cada bache, todo se alborota y cae. Por no cerrar el puño. Por no mantener los párpados abiertos para ayudarle a cerrar la mano.