viernes, septiembre 24

Esto va de gatos.

Tengo un gato de pelaje negro azabache brillante, precioso, y por eso, y algunas cosas más, le puse de nombre Blanco, para hacer contraste entre su color de pelo y su nombre.

Los gatos son un mundo a parte, sobre todo Blanco. Cuando les mimas ronronean y entonces te sientes tan realizado que sonríes estúpidamente, igual que cuando se ponen juguetones.
Lo normal es que la lengua de los gatos sea áspera, pero la de mi gato, Blanco, es la lengua más suave que mi piel ha conocido; además, tiene los ojos más verdes que jamás vi. Sí, ha sido, es y será un gato excepcional, de eso no me cabe duda.

Pero todos sabemos que los gatos son animales independientes por naturaleza, sociales, pero en cierto modo, independientes. A su bola. Y salvajes, a los gatos no se les puede amaestrar; con los gatos no funciona así, hay que conseguir que les guste lo que quieres que hagan para que lo hagan. No se les puede obligar porque, ojo, arañan, y duele y la cicatriz dura un par de días, y muchos más si te dedicas a arrancarte la costra.

Sin embargo, un gato nos obliga a hacer cosas que no siempre queremos hacer, como ponerle de comer o cambiarle la arena. La cosa llega hasta tal punto que cuando se acuesta sobre nuestro regazo, en cierto modo, indirectamente, nos obliga a acariciarle y hacerle mimitos, aunque no siempre tengamos tiempo para ellos.

Y eso me lleva a preguntarme quién amaestra a quién. En mi caso, lo tengo claro: mi gato me amaestró y ahora vivo casi que para (y por) mi gato, a quien adoro con absoluta locura.

Gilgamesh.
Uno de los mejores amigos de Blanco.

domingo, septiembre 12

Purr.


Al final acabaremos usando catalejos para vernos y brújulas para encontrarnos. Y eso me preocupa porque no sé leer las brújulas bien y temo acabar perdida.

Un día leí "Y una mañana mientras el café mezclaba en una servilleta, Blanco, yo te dibujaba". Esta tarde, mientras disolvía el azúcar en mi café, te pensaba, y esperaba esa llamada, por la que me duché dos veces, y en una servilleta blanca dejaba el carmín de mis labios.

Seguramente, mañana por la mañana me levante y me duche temprano por si te da por aparecer en la pantalla de mi móvil con buenas nuevas. Cuando estoy histéricamente asustada me da igual que sea domingo, Ramadán, Pascua o tu cumpleaños.

Como a Gilgamesh, si me acaricias el lomo me erizo y se me pasa el aturdimiento. Y ronroneo, créeme.

No, claro que no te llamo a las tres de la mañana para que apagues fueguitos. Ni me visto, cojo el bolso, las llaves, el móvil y el bono de tranvía para que vengas a darme las buenas noches... Claro que no. Lo hago para que me invites con uno de tus besos a dar vueltas por tu cama. Y luego... comer manzanas verdes verdes.



Hoy me he dado cuenta de la suerte que hemos tenido al conocernos; a pesar de todo, a pesar de vivir en este agujero, a pesar de no tener nada nuevo, a pesar de no ir nunca de vacaciones, jamás me has reprochado nunca nada, ni una vez. Deibs, me gustaría ser mejor para ti.
My life without me.

Y ahora, a dormir, chico de ojos verdes, mañana comienza el resto de tu vida.
Aprovecha para empezar... de cero.

sábado, septiembre 11

Every inch of...

Aquella era una historia de azar, sin embargo, esa noche las casualidades no jugaban sus cartas. Desde el balcón se podía ver a lo lejos, entre los edificios, el mar; el horizonte difuminado entre el negro del cielo y el azul marino del agua.
Dos; sólo dos latidos al unísono en la misma habitación. Con un rincón les bastaba. Eran dos imanes. Aquella noche había sido motivo más que suficiente para enlazar sus almas, así que sus cuerdas vocales lanzaron un tímido te amo, que hizo que él derrumbara su pecho sobre el de ella y dejase caer limpiamente un par de lágrimas producto de la tortura antes acontecida; producto de aquel deseo que no podía consumar, porque ella no se dejaba tocar.
De pronto, después de aquella aclaración y declaración y de enjugarse las lágrimas, ella le arrancó uno a uno los botones de la camisa y se la deslizó por los brazos, sin apartar la mirada de sus pupilas, clavándose dentro, muy dentro de su mente.
Inevitablemente la camisa había ido a parar sobre las copas que descansaban en el frío mármol del suelo, tirándolas, a pesar de estrépito, no oyeron nada. Tenían los sentidos pendientes sólo del otro.
Ambas espaldas empapadas de sudor, dejando inconscientemente la cama húmeda. De aquella boca roja sólo quedaba el rosa natural de sus labios. El olor del contenido derramado de las copas se les adentraba por la nariz emborrachándoles la conciencia. Ahora las cosas simplemente pasaban y no se entretenían en entender.