viernes, septiembre 24

Esto va de gatos.

Tengo un gato de pelaje negro azabache brillante, precioso, y por eso, y algunas cosas más, le puse de nombre Blanco, para hacer contraste entre su color de pelo y su nombre.

Los gatos son un mundo a parte, sobre todo Blanco. Cuando les mimas ronronean y entonces te sientes tan realizado que sonríes estúpidamente, igual que cuando se ponen juguetones.
Lo normal es que la lengua de los gatos sea áspera, pero la de mi gato, Blanco, es la lengua más suave que mi piel ha conocido; además, tiene los ojos más verdes que jamás vi. Sí, ha sido, es y será un gato excepcional, de eso no me cabe duda.

Pero todos sabemos que los gatos son animales independientes por naturaleza, sociales, pero en cierto modo, independientes. A su bola. Y salvajes, a los gatos no se les puede amaestrar; con los gatos no funciona así, hay que conseguir que les guste lo que quieres que hagan para que lo hagan. No se les puede obligar porque, ojo, arañan, y duele y la cicatriz dura un par de días, y muchos más si te dedicas a arrancarte la costra.

Sin embargo, un gato nos obliga a hacer cosas que no siempre queremos hacer, como ponerle de comer o cambiarle la arena. La cosa llega hasta tal punto que cuando se acuesta sobre nuestro regazo, en cierto modo, indirectamente, nos obliga a acariciarle y hacerle mimitos, aunque no siempre tengamos tiempo para ellos.

Y eso me lleva a preguntarme quién amaestra a quién. En mi caso, lo tengo claro: mi gato me amaestró y ahora vivo casi que para (y por) mi gato, a quien adoro con absoluta locura.

Gilgamesh.
Uno de los mejores amigos de Blanco.

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