sábado, septiembre 11

Every inch of...

Aquella era una historia de azar, sin embargo, esa noche las casualidades no jugaban sus cartas. Desde el balcón se podía ver a lo lejos, entre los edificios, el mar; el horizonte difuminado entre el negro del cielo y el azul marino del agua.
Dos; sólo dos latidos al unísono en la misma habitación. Con un rincón les bastaba. Eran dos imanes. Aquella noche había sido motivo más que suficiente para enlazar sus almas, así que sus cuerdas vocales lanzaron un tímido te amo, que hizo que él derrumbara su pecho sobre el de ella y dejase caer limpiamente un par de lágrimas producto de la tortura antes acontecida; producto de aquel deseo que no podía consumar, porque ella no se dejaba tocar.
De pronto, después de aquella aclaración y declaración y de enjugarse las lágrimas, ella le arrancó uno a uno los botones de la camisa y se la deslizó por los brazos, sin apartar la mirada de sus pupilas, clavándose dentro, muy dentro de su mente.
Inevitablemente la camisa había ido a parar sobre las copas que descansaban en el frío mármol del suelo, tirándolas, a pesar de estrépito, no oyeron nada. Tenían los sentidos pendientes sólo del otro.
Ambas espaldas empapadas de sudor, dejando inconscientemente la cama húmeda. De aquella boca roja sólo quedaba el rosa natural de sus labios. El olor del contenido derramado de las copas se les adentraba por la nariz emborrachándoles la conciencia. Ahora las cosas simplemente pasaban y no se entretenían en entender.

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