lunes, noviembre 29

Spend this night with me.

La luna bañaba tu cuerpo desnudo sobre mi cama. Una seda blanca volaba por la habitación acariciando tus piernas, tu abdomen, tus hombros, tus labios.

Y sonríes.

El manto azul marino que se asoma a mi ventana te nubla y me asfixia la razón.
La seda te abraza y te dejas. Te canta al oído inundando tu ombligo de concupiscencia.
Descarada desafías al trapo y le das la espalda. Y te recorre el dorso, haciéndote vibrar, perdiendo el poco sentido que te queda; acentuando tus ganas de jugar.

Y te ríes.

Y para entonces, ya es demasiado tarde, ya he perdido la cabeza: así me tienes. Quién dijo que no podía yo enamorarme de usted.

Y tu boca, como loca, me busca en medio de las sombras. Mis labios escalan tu espalda y mis manos te agarran con firmeza para que no puedas volar por la ventana.

No sé dónde nos hemos metido, pero por ahora, no quiero salir.

martes, noviembre 16

F.

El aire estaba empapado por la humedad. Tú caminabas con la cabeza gacha esperando que el móvil vibrara en tu bolsillo, pidiendo a Dios que te concediera esa súplica y a cambio, creerías en él eternamente. Pero tú y yo sabemos que aquella era una promesa de esas que se escapa con el viento. Y puede ser que por eso, porque aquél también lo sabía, no te hizo caso.

Tú habías nacido por naturaleza para esperar sin desesperar, y por eso, te sentaste, para pasar las semanas y los meses sentado en un lugar cualquiera a ver la gente pasar. Eso sí, cuando salía la luna, volvías a recorrer las calles en busca de lo que... se te había... ¿perdido?

Cuando al fin estuviste cara a cara, después de pasar el verano bajo la lluvia, después de andar y desandar lo andado, con el desaliento en las pupilas, de tu boca no salió ni un suspiro, tus cuerdas vocales no quisieron pronunciarse. No porque no lo sintieran, sino porque de tanto esperar se te había olvidado hablar.

Y quién te iba a decir a ti que no hacía falta hablar para comprender que dos gotas de agua se vuelven una cuando se juntan. Quién te iba a decir que uno más uno son multitud, pero que dos caben perfectamente en un papel de un milímetro cuadrado. Y para comprobarlo, no te hizo falta hablar. Sólo escuchar.

lunes, noviembre 15

Alien Abduction.

Las hojas marchitas del otoño traen ráfagas de viento que lo alborotan todo. Un año más quedarán sin comer castañas; cualquier pestañeo exagerado hará que corra tras su emisora, alérgica a la comida, de huesos punzantes. Da igual a quien le incomode.

¿Qué hay de malo en desvivirse y entonces... desvanecerse?
Desvanecerse...

Y las motas de ella misma son arrastradas por el viento del otoño que le inunda los ojos y le despeina las cejas. Que le tuerce la sonrisa en una mueca casi desmoronadora de conciencias.

El que suelta la última palabra pierde. El que permite que le aprieten el tórax y le arranquen los labios al colgar pierde. El que deja que le balanceen en el aire mientras recuerda... ¿recuerda qué?
Recuerda entre cervezas y recuerda entre agua salada que cae poco a poco, gota a gota, en una carta de trágico final. Destino: dos... mil... seis...

Y así, una vez más, recorro con la yema de mis dedos el camino marcado por su saliva, para no perderme.

miércoles, noviembre 10

In Albis.

Su piel pálida contrastaba con el cabello anaranjado que le caía desordenado sobre la frente y hombros. Sus ojos -almendrados y llenos de vida, de toda esa vida que aún tenía por delante-, contenían unas pupilas que se posaban fijas sobre la línea del horizonte.

Si ella hubiese sabido que se le iba a partir el corazón en mil pedazos, no se hubiese enamorado. Si ella hubiese sabido que las distancias son sinónimo de frío, no le hubiese dejado marchar.
Porque quizás con un "quédate para siempre", él se hubiese cosido a su piel. Quizás ahora despertarían juntos cada mañana bañados por el mismo sol.

Y allí, sentada en aquel banco, de cara al mar, sintió la brisa acariciar sus mejillas, recordando aquella última vez que las lágrimas empañaban su rostro y él trataba de consolarla, enjugándolas. Haciéndole cosquillas con la sonrisa.

Y asimismo, la brisa le susurró historias de amor imposibles y miles de batallas que imaginar para aquel muchacho que rondaba su cabeza de día y la yema de los dedos de noche.

Ya no estaban en deuda; él pertenecía a mucha gente, sus ojos narraban historias para no dormir y sus costumbres le atribuían una edad que no tenía. Caminaba con paso decidido y la cabeza alta.

Y ella... ella era simplemente aquel pajarillo que volaba en su cabeza haciéndole perder el control a cientos de millas de distancia.

miércoles, noviembre 3

Involve Assumptions.

Se pararon los relojes de sus muñecas, contagiados por el estatismo de sus pasos. Caminaban de la mano, decían que iban juntos, pero sólo iban al mismo lugar. Hacían como si hablaran pero en las esquinas de las frases, entre respiración y respiración, habían punzantes silencios que se clavaban en el pulmón derecho y luego, en el izquierdo, y mientras luchaban por respirar, andaban ignorando que ambos se estaban muriendo, que no era cosa de uno sólo, sino de dos.

Esa noche hizo falta el redoble del cielo , para que despertaran de su trance. Y, a pesar de que el cielo se desmoronaba sobre ellos, gota a gota, ella se paró en medio de la acera sin soltar su mano y cuando él siguió caminando, ella tiró de su brazo, atrayéndole directo a sus labios. Bajo la lluvia, cualquier beso sirve de paraguas. Y allí, quietecitos, se miraron a los ojos, y ella, que no podía evitar balancearse en sus pestañas, sintió cómo las trepadoras que rodeaban sus pupilas la enredaban.

No supo cómo ni cuándo, sólo recuerda que despertó con la cabeza apoyada sobre su pecho y el brazo izquierdo apoyado sobre su cintura, abrazándola.
"¿Te has dado cuenta de que la mitad de las cosas que creemos que sabemos realmente sólo las suponemos?" Se encendió un cigarro. Estaba dejando de fumar desde hacía... casi un año.

Las volutas de humo le envolvían haciendo espirales infinitas sobre sí mismas. Le daban un aire interesante que él sabía que realmente no tenía, o al menos, eso suponía. Sin embargo, ella, que era fácil de impresionar, se sentía profundamente embelesada, y trataba de descifrar sus pensamientos, traduciendo sus gestos y miradas. Resultándole, no sólo interesante, sino un reto, un reto infinito y excitante.

Y dijo, de repente "yo supongo que tú supones que te quiero".
A lo que él respondió sin inmutarse "Yo sé que te quiero y no me hace falta suponer nada". Y sin más, escachó lo poco que quedaba del cigarrillo contra el cenicero, le besó la frente tiernamente y apagó la luz. Y la abrazó lo más fuerte que fue capaz, antes de caer en brazos de Morfeo.