martes, noviembre 16

F.

El aire estaba empapado por la humedad. Tú caminabas con la cabeza gacha esperando que el móvil vibrara en tu bolsillo, pidiendo a Dios que te concediera esa súplica y a cambio, creerías en él eternamente. Pero tú y yo sabemos que aquella era una promesa de esas que se escapa con el viento. Y puede ser que por eso, porque aquél también lo sabía, no te hizo caso.

Tú habías nacido por naturaleza para esperar sin desesperar, y por eso, te sentaste, para pasar las semanas y los meses sentado en un lugar cualquiera a ver la gente pasar. Eso sí, cuando salía la luna, volvías a recorrer las calles en busca de lo que... se te había... ¿perdido?

Cuando al fin estuviste cara a cara, después de pasar el verano bajo la lluvia, después de andar y desandar lo andado, con el desaliento en las pupilas, de tu boca no salió ni un suspiro, tus cuerdas vocales no quisieron pronunciarse. No porque no lo sintieran, sino porque de tanto esperar se te había olvidado hablar.

Y quién te iba a decir a ti que no hacía falta hablar para comprender que dos gotas de agua se vuelven una cuando se juntan. Quién te iba a decir que uno más uno son multitud, pero que dos caben perfectamente en un papel de un milímetro cuadrado. Y para comprobarlo, no te hizo falta hablar. Sólo escuchar.

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