miércoles, noviembre 10

In Albis.

Su piel pálida contrastaba con el cabello anaranjado que le caía desordenado sobre la frente y hombros. Sus ojos -almendrados y llenos de vida, de toda esa vida que aún tenía por delante-, contenían unas pupilas que se posaban fijas sobre la línea del horizonte.

Si ella hubiese sabido que se le iba a partir el corazón en mil pedazos, no se hubiese enamorado. Si ella hubiese sabido que las distancias son sinónimo de frío, no le hubiese dejado marchar.
Porque quizás con un "quédate para siempre", él se hubiese cosido a su piel. Quizás ahora despertarían juntos cada mañana bañados por el mismo sol.

Y allí, sentada en aquel banco, de cara al mar, sintió la brisa acariciar sus mejillas, recordando aquella última vez que las lágrimas empañaban su rostro y él trataba de consolarla, enjugándolas. Haciéndole cosquillas con la sonrisa.

Y asimismo, la brisa le susurró historias de amor imposibles y miles de batallas que imaginar para aquel muchacho que rondaba su cabeza de día y la yema de los dedos de noche.

Ya no estaban en deuda; él pertenecía a mucha gente, sus ojos narraban historias para no dormir y sus costumbres le atribuían una edad que no tenía. Caminaba con paso decidido y la cabeza alta.

Y ella... ella era simplemente aquel pajarillo que volaba en su cabeza haciéndole perder el control a cientos de millas de distancia.

1 comentario:

  1. De cierta manera muchas veces dejamos ir a aquellos que amamos sin saber que estamos enamorados.
    Da coraje saber que para uno mismo esa persona es el mundo pero que uno sólo es una migaja del montón que no marcó gran diferencia.
    Arrepentimiento, finalmente. ¿Qué tal que yo hubiese...?
    Me ha gustado mucho esta entrada, me recuerda un par de sucesos.
    Un abrazo.

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