domingo, diciembre 26

Re.al(s)

Hay noches de invierno que duran tanto como la longitud de su cuerpo. Hay otras que duran tanto como lo que tardan todas las agujas del reloj en dar una vuelta completa. Y las hay rápidas. Un abrir y cerrar de ojos.

Y entre minuto y minuto,
se mordía el labio inferior
imaginando que alguien le acariciaba.

lunes, diciembre 20

El Dr. D y el estatismo temporal.

Era tan sencillo como decir que no. Dos letras que configuraban una palabra imposible de deslizarse lengua abajo. Una negación al deseo incontenible. Al libido que hombros abajo caía gota a gota en la alfombra. Los ojos derramaban lascivia. La oscuridad se cernía sobre la lámpara de araña. Todo estaba cuidadosamente colocado de manera que empujaba a los cuerpos a unirse mezclando el sudor de ambos.

La brisa empujaba las cortinas que bailaban al ritmo de... ella.

Y el Dr. D se derrite en sus labios y se derrama por la comisura de su boca, deslizándose cuello abajo, entre su pecho y estancándose en su ombligo. Él sabía que ella ansiaba sus manos recorriendo su espalda. Tiempo; el tiempo se congeló y dejó el péndulo del reloj inmóvil. Y entonces, ya no había marcha atrás.

La luna relucía especialmente esa noche y las nubes se despejaron descubriendo las estrellas más brillantes. Ropas fuera. Pestañas preparadas para hacer cosquillas.
Le deshace el moño que sostiene su pelo dejando la nuca limpiamente libre, y cae a efectos de la gravedad, pero despacio.

Una carcajada libertina rompe el silencio que huele... a lulo.

Los dedos se movían como si estuvieran descubriendo música en un piano. Las miradas estaban empapadas de concupiscencia

Podría haberle dicho que no. Pero aquello era mucho mejor.
No cabía duda.

Y dos años después, el tiempo seguía parado en aquella cama.

miércoles, diciembre 15

Daños Colaterales.

Dejas las cosas caer... y caen, sobre mi cabeza, empapándome y dejándome con la ropa mojada para el resto del día, o de la semana.
Me abres la puerta y me dejas en el umbral, a dos segundos de tu boca.

Nunca nadie me hizo perder la cabeza de esta manera.

Y qué te puedo decir que no sepas ya:
Que me gusta cuando dando vueltas por tu cama, entre pestañeo y pestañeo, una carcajada nos araña la espalda. Y si sale el sol, cerramos las cortinas para parar los relojes.

Y yo... yo no me duermo si me haces reír. Yo no me duermo si me abrazas por detrás. Yo no me duermo si dejas que me tape con tu piel. No me duermo si dejas que ocupe más de la mitad de la cama.

Cuando me veas, bésame y quiéreme; y así sabré que tú tampoco te duermes.

sábado, diciembre 11

I saw Elvis.

Dime si es cierto que viste a Elvis.

Yo sí le vi, con un sinrumbo y un cigarrillo atrapado entre los dedos. Yo le vi con la sonrisa guasona preguntándose sobre la moral y el sentido de la vida. Le vi mirar hacia atrás, por si el karma le perseguía.
Yo le vi acariciar a quien veía de manera escéptica su vida en tercera persona.

Dime si es el mismo Elvis.

El Elvis que yo vi le susurraba al oído que dormir, sólo junto a ella. Y rodar, y rodar, dos, tres y hasta cuatro veces si me apuras. Lo que el cuerpo aguante.
Yo le vi con la mirada posada encima de cualquier pelo castaño que se dejase mecer por la brisa. Y nunca le vi dudar en ningún paso hacia... lose control.

Dime si el Elvis que tu viste era de pelo negro y ojos verdes.
Dime si el Elvis que tú viste vivía con Bob Dylan.

A lo mejor, ni tú ni yo vimos nada ni a nadie, a lo mejor, fue cosa del subconsciente y del deseo. Cosa de una noche, o de hace (casi) una eternidad: como decir... Septiembre.