lunes, enero 24

Random Lust.

Rodeados de humo levitante, miro tus pupilas huecas, mientras el silencio se pasea acariciando tus hombros.
El ambiente, tan estático, me hace retroceder, para no molestar. No molestarte.
Tus historias de risas y sábanas, tus recuerdos de faldas con carmín me abrasan las yemas de los dedos.

Y ya no siento tu piel.

Entonces, cuando tu brazo me arrastra hacia ti, pienso que el azar se parece mucho al deseo. Que tu eres azar y te deseo.
Lo único que veo es tu cigarro, prendido, que pende de tus labios; para acabar retorcido en el cenicero.

Me susurras que no toleras las medias; y desaparecen de mis piernas.
Pegas la nariz a mi piel... capicúa.
Se me pega la lengua al paladar, y las manos a tu pelo. Entonces, ya no controlo el volumen, no oigo. Me clavo al colchón...

Y no quiero mirar hacia abajo.

sábado, enero 8

Lalai.

Hay labios en los que no hay que tocar antes de entrar. Hay cabezas en las que caes dentro sin querer y una vez allí, salir es imposible. Y hay ombligos que no conocen los límites. Pero no me desabroches el pantalón, porque esta noche soy sólo de quien quiera jugar a que me quede... para siempre.

Si no tienes nada que decir, al menos, hazlo. Pero no te quejes cuando mi espalda deje de estar bajo tus yemas. Si hubiese sabido que eres un vicio, te hubiese bordeado. Y asímismo, con el frío empapando el sudor de la cama, jugamos a que las horas sólo son decorativas.

Si te pregunto si tienes algo que añadir a los momentos, tienes que pedirme que me ate a las sábanas, así es como funciona. Sin censuras.

Y entonces, acaricio tu pelo que huele a... pelo. Y tu piel que sabe a... miel. Y con la corriente, me pierdo en los rápidos que me devuelven disparada a tus labios. Y si esto no está bien, párame. Pero dime, ¿quién te lo hace como yo?

miércoles, enero 5

Porque sí.

Allí estaba yo, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la barbilla bien alta. Pestañeando lento para mantener la calma y la mente tan fría como mi nariz. Si el cielo hubiese sabido que todo iba a ser tan dramático hubiese llovido. Pero no. Nadie se lo olió. Ni siquiera yo.

Así, con lo puesto, le di un beso breve en los labios. O al menos, esa era la idea. Pero el olor de su piel y lo suave de sus labios me pegaron la lengua a su paladar. Todo fue tan inesperado que parecía que el tiempo iba incluso marcha atrás. Ella se agarró a mi cintura, metió sus manos delicadamente bajo mi camiseta y las deslizó hasta mi pecho. Se me clavaron sus dedos como estacas en los pulmones.

Pegué mi frente a la suya, y a pesar de que me faltaba el aire, fui capaz de abandonarla. Le agarré la mano y le ayudé a bajarse del muro en el que se había sentado. Y le acompañé a casa. Quizás no debí haberlo hecho, porque me quedé pegado al marco de la puerta, diciendo estupideces para no irme.

Pero me fui. Porque sí. Ya sé que eso no es una razón sino una justificación, pero "porque sí" son las únicas palabras que creo ciertas en todo esto. Las únicas.

domingo, enero 2

Welcome, dos... mil... once.

Todo se estropea, las luces rojas se vuelven violetas, el mar se para y te mira arqueando las cejas. ¿Qué cejas?

Él se siente bien, y tú sólo apoyas la barbilla en tu mano, a mirarle, mientras habla y habla y en realidad, no dice nada. Pero te encanta escuchar a través de la música que lo inunda todo, absolutamente... cerveza.

Te preguntas cómo has llegado hasta ese punto y sólo se te ocurre pensar que ha sido cosa del destino. Que por un momento no vas a creer en las casualidades, aquellas que te unieron a la rubia de ojos azules en un lazo inquebrantable.

A veces sientes como si estuvieras en medio de la tierra y el cielo. En ese término medio que no es propiedad de nadie. Que nadie ve, por eso nadie te ve. A veces.

Cierras los ojos y estás allí donde hasta las paredes sudan Navidad. Donde huele a familia a pesar de estar todo en silencio y vacío. Donde el sofá es verde y cómodo, perfecto para jugar a fútbol.
Las únicas luces que alumbran son las farolas de la calle.

Se te queda en las uñas el sabor de la lluvia. El limón te araña los labios y así, hacia abajo, una copa tras otra. Que no sabes si cae por tu escote o por tu garganta. Que ya no respondes si se apaga la poca luz que queda.

Año nuevo, menos tiempo.