miércoles, enero 5

Porque sí.

Allí estaba yo, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la barbilla bien alta. Pestañeando lento para mantener la calma y la mente tan fría como mi nariz. Si el cielo hubiese sabido que todo iba a ser tan dramático hubiese llovido. Pero no. Nadie se lo olió. Ni siquiera yo.

Así, con lo puesto, le di un beso breve en los labios. O al menos, esa era la idea. Pero el olor de su piel y lo suave de sus labios me pegaron la lengua a su paladar. Todo fue tan inesperado que parecía que el tiempo iba incluso marcha atrás. Ella se agarró a mi cintura, metió sus manos delicadamente bajo mi camiseta y las deslizó hasta mi pecho. Se me clavaron sus dedos como estacas en los pulmones.

Pegué mi frente a la suya, y a pesar de que me faltaba el aire, fui capaz de abandonarla. Le agarré la mano y le ayudé a bajarse del muro en el que se había sentado. Y le acompañé a casa. Quizás no debí haberlo hecho, porque me quedé pegado al marco de la puerta, diciendo estupideces para no irme.

Pero me fui. Porque sí. Ya sé que eso no es una razón sino una justificación, pero "porque sí" son las únicas palabras que creo ciertas en todo esto. Las únicas.

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