domingo, enero 2

Welcome, dos... mil... once.

Todo se estropea, las luces rojas se vuelven violetas, el mar se para y te mira arqueando las cejas. ¿Qué cejas?

Él se siente bien, y tú sólo apoyas la barbilla en tu mano, a mirarle, mientras habla y habla y en realidad, no dice nada. Pero te encanta escuchar a través de la música que lo inunda todo, absolutamente... cerveza.

Te preguntas cómo has llegado hasta ese punto y sólo se te ocurre pensar que ha sido cosa del destino. Que por un momento no vas a creer en las casualidades, aquellas que te unieron a la rubia de ojos azules en un lazo inquebrantable.

A veces sientes como si estuvieras en medio de la tierra y el cielo. En ese término medio que no es propiedad de nadie. Que nadie ve, por eso nadie te ve. A veces.

Cierras los ojos y estás allí donde hasta las paredes sudan Navidad. Donde huele a familia a pesar de estar todo en silencio y vacío. Donde el sofá es verde y cómodo, perfecto para jugar a fútbol.
Las únicas luces que alumbran son las farolas de la calle.

Se te queda en las uñas el sabor de la lluvia. El limón te araña los labios y así, hacia abajo, una copa tras otra. Que no sabes si cae por tu escote o por tu garganta. Que ya no respondes si se apaga la poca luz que queda.

Año nuevo, menos tiempo.

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