lunes, agosto 22

Ana tenía razón.

Entre tanta barba se le perdió aquello que llamaba límites. Mucha barba y poca cabellera -la perdió por el afán de empezar de cero-. Parecido a Sansón. Digo parecido porque la fuerza no la perdió, sólo el autocontrol. Y desde mi punto de vista, la credibilidad.

Dormía en un mar de reproches, creyendo que aquello que pululaba a su alrededor era su aura, tan espesa que podía casi palparla. Pero no, era una niebla tal que no le dejaba ni ver, ni oír. Sólo interpretar lo que malamente se filtraba.

Y vaya con el Don Juan, que se quedó sin el pan... y sin el queso. Todo porque callarse era algo que había dejado de contemplar hacía mucho tiempo. Y no me refiero a poner la otra mejilla. Me refiero a callar y tragar simplemente porque las cosas son como son. Y a veces a uno le gusta a qué saben y otras no. ¿Tanto le cuesta al ser humano disculparse y ya está?
¡Y ya está! Es que no hay más.

Rabia me da decir que Ana tenía razón. Al parecer hay un estado -al cual llamaremos estar enamorado- en el que uno sólo cree lo que quiere creer. Efectivamente, Ana tenía razón, y la muchacha no le escuchó.
Es que hay que ser atontado.

Lo que es... pues es y lo que no es, sencillamente... no puede ser.
Llanamente elemental.

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