lunes, agosto 1

Ming T'ien.

Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
acercarme a tu cuerpo, fue crear un idioma.
- García Montero.



Los días dejaron de tener horas y sólo existía el amanecer, el atardecer y el anochecer. Sólo estaban las olas paseando por la orilla y millones de letras que contaban historias para recorrer con las pupilas.

Y de vez en cuando, en alguna noche que le recordaba a los años que ya habían pasado, le lloraba a aquella vieja medusa que se ataba un flotador a la cintura para no naufragar bajo la infinidad del mar.

El tiempo pasaba sin que pasase nada. Las ruedas de su bicicleta le llevaron hasta el punto más alto de aquella calle para hacerle bajar sin frenos, con la brisa provocada por la velocidad revolviéndole el pelo salado.

A veces, cuando se paraba bajo cualquier palmera a mirar hacia nada exactamente sonreía al pensar que Deibs escribiría la historia de su vida, sus amores y sus desamores, con aquella pluma negra de adornos dorados y punta algo quebrada, que un día cualquiera, hace ya varias eternidades atrás, ella le regaló simplemente para que sintiera un poco de seguridad en sus virtudes.

Recordó en aquellos días aquella vez cuando sentado en las escaleras que subían a su casa le preguntó con el pulso enloquecido "¿ya has terminado de hacerme daño? Tengo que saberlo. Porque si no es así, tendré que endurecerme más aún". Se le revolvían las entrañas sólo con evocarlo.

Ella sabía que uno no se deja la cabeza por amor. La pierde. Si él la quería, por qué la dejó ir. Percibía que Deibs era lo que era gracias a ella.

El día que volvió de aquel Wudang propio, no habían apenas estrellas en el cielo.

Salió a pasear sin deshacer la maleta y se topó con la viva imagen del pasado. "Sin pasado no hay presente, ¿no?" pensó. Y le saludó como siempre. Cuatro cervezas en un bar ajado, y el resentimiento sobre la mesa.

Cuando le miraba el deseo le recorría a modo de escalofrío la espina dorsal. Era lo único que le hacía salirse de aquella nueva filosofía de moderación. Se le salía la lujuria por la comisura de los labios cada vez que sonreía.

Sin comerlo ni beberlo, aparecieron sentados sobre aquella cama en la que tantas veces habían rodado. Las manos de Deibs recorrían su tórax y sus caderas que se marcaban bajo la piel y que tanto había ansiado desde que ella se había marchado.

Él, al borde de la asfixia, se preguntaba por qué quería prolongar hasta el dolor el placer de merodear su sexo y no lo tomaba ya en su boca. Con agilidad la cogió por la cintura y la puso bajo su cuerpo; resbalando su mano derecha por su figura y empapándose un poco más con su humedad.

A la mañana siguiente, mientras él dormía, ella se vistió, se acicaló y salió del edificio un poco más desordenada. "Sin pasado, no hay presente", se repitió a sí misma.


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