domingo, octubre 9

Dear Firefly,

Estaba sentado en una butaca mientras esperaba a que ella terminara de alistarse. Allí, sentado, con una copa de brandy y un cigarrillo en la mano me vino un recuerdo a la mente. Aquel silencio me recordó el día en que volé lejos para rehacerme.

Era el ocho de octubre de dos mil ocho, cerca de las diez y media de la mañana. La gente no hacía más que ir de un lado a otro, por los altavoces sonaba la voz de un señor, y una señorita, que daban indicaciones, pero yo no podía escuchar nada. Sólo percibía levemente algún que otro sonido. Todo me parecía demasiado blanco, más de lo normal. Me parecía que el tiempo no pasaba, que iba demasiado despacio, desesperándome; y al mismo tiempo, dentro de esa desesperación, no quería que pasasen los minutos que, uno a uno, me empujarían hacia el olvido de todos a quienes dejaba en tierra.
Inevitablemente, lento y certero, se acercaba el momento que cambiaría mi vida drásticamente. Podía ver a través del cristal a aquel magnate de acero, destructor de aquel pasado intranquilo y, en cierto modo, absurdo. Recuerdo que pensé: "los aviones son para bombardear Moscú".
La voz masculina del altavoz dio la llamada para embarcar, con cada paso que daba, estaba más cerca del cambio que había estado esperando durante meses y, al mismo tiempo, no quería marcharme dejando los recuerdos en cada calle, cada parque, cada casa que jamás, o al menos hasta dentro de muchos años, volvería a pisar, a visitar.
Daba un paso tras otro hacia la puerta de embarque, mecánico. No sentía nada, no quería pensar en nada. Me aferraba al abrigo que llevaba colgado del brazo. El abrigo que olía a lo que dejaba atrás. Me sentía dentro de un sueño lleno de ruido y de caos, que no se entiende y, por lo tanto, no se vive.

Mi trance se vio interrumpido por la imagen de mi esposa, que bajaba las escaleras como si de un espejismo se tratase. Me pareció que tardaba una eternidad en bajar. Recuerdo que era como si todo alrededor se parase. Allí estaba ella, con esa sonrisa que la hacía diez años más joven, ataviada con un vestido rosa que resaltaba sus mejillas sonrosadas. El cabello rubio que descansaba tranquilamente sobre sus hombros y supe, en ese momento, que estaba donde tenía que estar, haciendo lo que deseaba hacer.



-To DB.-