jueves, noviembre 3

Ley del Tailón.


Y ahora, un poco de vómito sorpresivo:

Al llegar a casa he vuelto a pensar en ti. Es absurdo, hace al menos nueve meses que desapareciste de mi vista y al menos cuatro que dejaste de escribir sobre tu -dios mío- desdicha sentimental combinada con un poco de patetismo emocional para que -ilusamente- tus anhelos, prolongados por, ¿cuánto, dos años, tres?, cayeran rendidos a tus pies. Hace falta algo más que un par de puntos suspensivos para enredar.

Es curiosa la manera en la que llegaste y te acoplaste a mi vida, tan silenciosamente. Si hablabas era porque tramabas algo y si callabas era porque lo estabas llevando a cabo. Pequeña persona, tu modus operandi me lo conozco demasiado bien, a mí no me engañas más.

Rubiamente hablando, digamos que la intención es lo que cuenta, y te felicito, ahora eres una sombra que no sólo me persigue, sino que, de vez en cuando, se cuelga de mis hombros y pesas demasiado; paradójicamente, eres tan delgada que cuando hace viento te tienes que poner plomos en las suelas de los zapatos.

Persona... maldita la hora en la que naciste y maldita la hora en que mezclaste lo mío con lo tuyo. Te metiste como un hurón se mete en la madriguera de un conejo. Sólo cabe esperar a que salgas o mueras. Entre las dos opciones veo más plausible la segunda, pero supongo que es porque hoy, especialmente, me siento extremadamente vil.

Dejando las alegorías, espero que regreses con ansia. Que me llames y me dejes pagarte con la misma moneda; ojo por ojo, diente por diente.