miércoles, enero 9

Perfume y otros demonios.

Se le rasgó el alma. De arriba abajo. De norte a sur. Maldita sea, se partió en dos.
Cómo se puede explicar el sonido que hace la carne al romperse. Se te hiela el alma.

Fue un instante, destapar la solapa del sobre, y le golpeó la cara. El olor de su perfume.
El recuerdo de su nariz metida en su cuello. Su pecho. Sus hombros...
Lo suave de su piel le tiraba de la yema de los dedos.

Uno a uno salían los errores y rodaban. Y rodaban. Goteaban. Empapaban.
Cómo se puede explicar el sonido del último latido antes de morir.

Quería fingir que no sabía que le iba a echar de menos.
Que no se daba cuenta del vacío que dejaba.
Qué estupidez.

Todos tenían razón: los polos opuestos no se atraen, o al menos, no así.
¡No funciona así! Entiéndelo de una vez...

Le quedaron tantas cosas por decir, tanto por dar y tanto por aprender.
Por el amor de Dios. Ese olor le estaba volviendo loca.

Las costuras de los retales de los recuerdos se descosían y caían a un agujero lleno de infinito.
Imposibles de rescatar. Caían uno a uno:

Aquel instante en que le vio bajar las escaleras y se le clavó en el corazón. Los nervios de cuando recibió su primera llamada. El primer beso robado. La visión de su figura desnuda teñida por la luz azul. La primera noche que durmió al ritmo de su corazón. Y así, uno a uno...

Sin querer se clavó el puñal sola. Sin querer se dejó la vida en una parada de tranvía.
Y ese maldito olor... era morir en vida.

Eran goteras en el alma.
Se le derramaban los sentidos. La razón. El corazón.