lunes, febrero 8

Intro.

Cada vez que leo ese relato corto lloro. No estoy segura de si es porque me siento identificada de la manera más pura, o por si refleja un cincuenta por ciento de un futuro casi seguro en mi vida sentimental, indeseable, pero seguro. O quizás no, realmente no es algo que me suela plantear demasiado porque las cosas demasiado inciertas suelen tener finales macabros, extraños, perturbadores, y tengo que sacar segundo de bachillerato como sea.

Es un relato que me llena al principio y me desinfla al final. Es una de esas lecturas que leería dos, tres e incluso cincuenta veces, tratando de desenmascarar todos los significados ocultos, las frases con doble intencionalidad…

Hacía tiempo que ninguna ristra de palabras me emocionaba tanto como este conjunto ordenado con cierta malicia. Y la música. Für Elise, de Beethoven. Es que ¡cómo no va a emocionar con esa canción que llega hasta lo más profundo de la esencia de uno mismo y la estruja y exprime cada emoción y luego, la arropa y te devuelve a tu realidad con un poco más de optimismo y amor en los ojos!

El amor es algo tan… elevador. Sí, sí, elevador. Te eleva hasta las nubes, te recuesta en ese algodón blanco y te acaricia las mejillas y te obliga a sonrojarte. A reírte a carcajadas, a llorar con desesperación, a gritar desgarradamente, a sentir mariposas en el estómago. Y lo peor de todo es que es rápido. Es muy rápido. No porque sea corto, sino porque cuando sientes amor el tiempo pasa más deprisa, o esa es la sensación que tenemos, y cuando nos damos cuenta ya ha pasado un año en el cual no ha habido ni un día en que no suspires por aquél, por el que sientes… lo que sientes.

El amor no es egoísta. Claro que no. Y los celos lo son. El amor del que yo hablo es ese amor que está por encima de cualquier “ego”. Es ese que se alegra cuando el otro está alegre, que duele cuando el otro siente dolor, aunque ese otro no te pertenezca. Y sólo deseas que contigo o sin ti, sea lo más feliz que pueda. Y acabas convirtiéndote en un ángel de la guarda.

Qué puro puede llegar a ser un sentimiento. Cuando el amor llega es como cuando cae la gran nevada, que te asomas a la ventana y todo está cubierto por una capa de nieve que lo vuelve todo un poco más perfecto. Todo blanco, todo limpio, todo optimista.

Y como iba diciendo, ese relato me acerca a un futuro seguro, indeseable, pero seguro. Sólo con mirar a mi alrededor veo que las relaciones en la distancia no funcionan. Porque una relación es cosa de dos. El amor en cambio, basta con que lo sienta una persona sola. Hay quien pueda creer que me gusta matar las cosas antes de ver qué pasa, pero mejor prevenir… -que curar.

Porque las cosas no se deben acabar antes de lo inevitable.

La verdad, no todo es malo y no todo acaba para siempre. Conozco una pareja que está por encima de lo inevitable. Han saltado, solos, cada uno por su lado, por encima del río del abandono mutuo, sin caer, llegando al otro lado del cauce. Y ahora están ahí, juntos de nuevo, contra la adversidad; pero eso sí, hay algo que les supera, y son las ansias de conseguir la mayor cantidad de saber en la menor cantidad de tiempo posible, para estudiar mucho tiempo, demasiadas cosas. Y eso es lo que les separará, pero sólo físicamente. Sólo físicamente, o eso esperan ambos, sendos, dos.

Y a esta pareja, le deseo, sinceramente, lo mejor. Porque lo merecen, por todos los obstáculos que han esquivado y todos los cambios, para bien, que han sufrido.

Son, verdaderamente, envidiables.

jueves, febrero 4

A destiempo.

Estaba sentada junto a la ventana, en una mecedora, se balanceaba hacia delante y hacia detrás. Sostenía en sus manos un pequeño cuaderno de bocetos, fotos y escritos viejos.

Observaba como caían las hojas del árbol del jardín, una a una, lentamente, igual que las horas. El tiempo era lento. Echaba de menos aquellos días en que el tiempo no le daba, que corría para llegar puntualmente a la meta.

Lo había hecho todo en demasiado poco tiempo, ahora ya no tenía nada más que hacer que recordar y observar cómo evolucionaba aquel árbol a lo largo de las estaciones. Antes ella vivía mirando hacia el futuro, olvidándose de disfrutar el presente.

"Ahora no, cielo, tengo que terminar este artículo para mañana y debo adelantar el trabajo de la semana; tengo un gran proyecto entre manos"- le decía a su marido cuando éste la abrazaba por detrás y le besaba tiernamente la nuca.

Él vivía por y para ella, ella vivía por y para el trabajo, y luego, para él.

Claro está, él no había ascendido tanto como ella, pero tenía menos canas y menos arrugas en la cara, en fin, menos estrés.

Era una agradable convivencia. Al final, a él le descubrieron un cáncer de pulmón demasiado tarde, y eso fue lo que acabó con su vida. Y ella se quedó sola, sola pero con su gato y sus millones de "grandes proyectos" entre manos.

Entonces, llegó el día de su jubilación y pensó: "¿Qué voy a hacer a partir de ahora hasta el último día de mi vida?"

Nada. Sentarse a recordar. ¿Recordar qué?
Como ella no tenía recuerdos, se decantó por abrir aquel misterioso cuaderno que había sido de su marido y que nunca se había atrevido a abrir.

...Y allí estaba ella, dibujada, fotografiada y escrita.

domingo, enero 31

Y qué pasaría.


Estoy aquí de nuevo. La diferencia es que ahora soy yo el que viene de fuera a desplegar mi arte por encima de todas esas cabezas y mezclarlo con el humo de los cigarrillos de los bohemios que inundan este lugar.

Adoro el sonido de mi guitarra. Me convierte en otra persona. Siento como cada vibración penetra por las yemas de mis dedos y me hace estremecer de placer.

He pasado muchos años fuera, ya era hora de volver, añoraba esto. Si bien es cierto que este no es mi lugar de origen, mi tierra natal, pero he vivido aquí algunos de los días, meses e incluso me atrevería a decir que años más felices de mi vida.

No me ha sido fácil ascender, pero al final, los verdaderos artistas son los que sobreviven. Tengo muchas cosas que contar, y lo hago a ritmo de jazz. El dolor de los últimos dieciséis años me inspiran y me elevan. El dolor es un complemento que hay que saber llevar.

Pero al final, volví, tal y como prometí. Volví cargado de éxitos, volví con las manos repletas para ella. Estaré un par de semanas por aquí, le pediré que nos marchemos lejos, tal y como habíamos planeado al principio.

Esta cerveza sabe a gloria. Refrescante. Gipsy Jazz, tan cansino como excitante. Tan excitante como esa mujer que me mira fijamente a los ojos. Tiene una mirada que me recuerda a...

Silencio. Un largo silencio que le revoluciona el corazón. Se le para la respiración.

Cómo olvidar esos lunares. Esos ojos almendrados que dejan ver el alma sin decir nada. Se aleja y me da la espalda, cuántas veces me perdí en esa espalda. Cuántas veces deseé volver a verla.

Sí, es ella, definitivamente. Reconocería ese abrigo naranja en cualquier contexto.

martes, enero 26

Volverás, estoy segura.

Desde el otro lado de el bar, sentada en una mesa, en la esquina más oscura y rodeada por el humo de mi cigarrillo y sus antecesores, le observo atenta.

Dicen que ha estado los último cinco años viviendo como monje en un monasterio budista. En efecto, tiene algo muy zen. Algo muy humano. Una pureza impura, la desnudez manchada por la vida de la persona que empieza a saber de verdad quién es. Y él es un hombre hermoso, melancólico, con un registro muy pequeño, porque todas sus canciones se parecen sospechosamente unas a otras. Pero qué bella puede llegar a ser la monotonía. Qué limpia y delicada.

Viéndole, un ser que es esencialmente triste, me preguntaba cómo habría sobrellevado él el peso de su existencia. Sin duda, le han salvado las palabras. La música. La creatividad, en fin. No conozco casi nada de lo que le ha pasado en los últimos dieciseis años, pero es difícil vivir con treinta y cinco años sin llevar una pequeña maleta cargada de dolor. Hoy, está ahí, imitando con la voz el sonido de la guitarra, sobre el escenario, se divierte solo. Arranca cruelmente de su guitarra infinidad de notas que suenan a jazz, a blues, a lo que él quiera. Es un melancólico contento. Todo un logro.

Dispuesta a que me vea y me reconozca, me acerco al escenario, que no es más que una tarima alta, que me llega apenas por la cadera, donde él tiene una silla, su amplificador y su guitarra. Me paro a un lado, donde no molesto a nadie, y espero a que acabe la canción de ese momento. Entonces, él agarra la jarra de cerveza, bebe la mitad de un trago, y camino rozando con los dedos el borde de ese escenario. Vuelve a colocar su guitarra, coge la púa, se relame los labios y antes de que haga vibrar la primera cuerda le miro fijamente.

Nuestras miradas se cruzan y no solo eso, sino que se mantienen, retándose. Y entonces, esa mirada oscura, esa mirada de hombre melancólico se endulza, se ablanda, al igual que un pedazo de pan que flota en la leche, se desace y se empapa. Se le inundan los ojos, puede que de tristeza o de emoción. ¿Le habrá gustado verme? Quien sabe. Antes de que a su mente aflorara frase alguna que soltar en forma de balbuceo, me marché. Caminando despacio, mientras me colocaba el abrigo naranja del que nunca he podido desprenderme.

Lo único de lo que estoy segura es de que a mí sí me ha gustado verle; verle y saber que no me ha olvidado.

jueves, enero 21

Vuelve pronto.

Vamos a ver, la cuestión no es pensar que uno tiene oportunidades y que debe aprovecharlas, si luego uno no hace más que quejarse. Quiero decir... ehm, uno no debe quejarse por las oportunidades que se le brindan. Creo que cada cual tiene lo que se merece y supongo que hay que aceptarlo, y ponerse una meta un poco más alta, después de subir cada escalón.

No me estoy explicando bien.

El caso es que hoy me dió por pensar.
A lo mejor me equivoco, o quizás no, pero... a veces hacemos planes, que tenemos pevisto cumplir en el futuro, en un futuro lejano. Yo, personalmente, y valga la redundancia, opino que esos planes, siempre, o la mayoría de las veces, acaban cayéndose... No creo que haya que ponerse una meta muy alta, o si, pero no sólo eso, sino ir poniéndose pequeñas metas que lleven a uno a alcanzar eso, esa meta alta, que se quiere. No pretender dar un salto, sino dar pasos, ir escalando, pero poco a poco. No debemos pretender subir las escaleras de un salto, se ha de hacer poco a poco, subir escalones de dos en dos está bien, no nos cansamos demasiado, pero cuando corremos o los subimos de cuatro en cuatro, acabamos parándonos a la mitad. Eso no está bien.

No sé, casi no me entiendo ni yo.

Es que casi ya ni me reconozco, me miro en el espejo, y es la misma imagen, pero...
diferente.

Es difícil de explicar. Sólo me cabe decir una cosa más:
vuelve pronto.

miércoles, enero 20

Señoras y señores, aquí comienza un nuevo show, en el que los sueños vuelven a ser sueños y las pesadillas forman parte de la realidad.

Ni autocompasiones, ni penas, ni nada de nada, aquí sólo hay sitio para el individualismo.
El egoísmo encabeza todo lo que aquí sucede.
Eso sí, es necesario dejar el orgullo fuera.

Si es necesario, déjate fuera, y sólo escucha lo que de aquí dentro sale.
Pero escúchalo atentamente.
Lo que suena, suena por ti. Y si no estás ahí deja de sonar.

Bienvenido.

martes, enero 19

Viaje al centro de la tierra.


En aquella relación, cinco minutos eran quince, no lo hagas significaba te quiero. En aquella relación sobraban las risas. A él se le cambió la mirada desde que reconoció que se había enamorado, sin querer, por descuido, por ir mirando hacia otro lado, se enamoró. Ahora él era alegre, había dejado aquella mirada tan dura y oscura para el recuerdo. Él había cambiado.
Ella... ella seguía siendo igual de orgullosa, o incluso más. Ella se alegraba cuando él era feliz, ella miraba primero por él, y luego por ella. Se dejaba cortar la mano si eso conseguía arrancarle una carcajada. Ella había cambiado el ritmo de las cosas, ahora era el mundo el que giraba alrededor de él. Ya no era un nómada más en su vida, ahora era el centro de la tierra.