Cada vez que leo ese relato corto lloro. No estoy segura de si es porque me siento identificada de la manera más pura, o por si refleja un cincuenta por ciento de un futuro casi seguro en mi vida sentimental, indeseable, pero seguro. O quizás no, realmente no es algo que me suela plantear demasiado porque las cosas demasiado inciertas suelen tener finales macabros, extraños, perturbadores, y tengo que sacar segundo de bachillerato como sea.
Es un relato que me llena al principio y me desinfla al final. Es una de esas lecturas que leería dos, tres e incluso cincuenta veces, tratando de desenmascarar todos los significados ocultos, las frases con doble intencionalidad…
Hacía tiempo que ninguna ristra de palabras me emocionaba tanto como este conjunto ordenado con cierta malicia. Y la música. Für Elise, de Beethoven. Es que ¡cómo no va a emocionar con esa canción que llega hasta lo más profundo de la esencia de uno mismo y la estruja y exprime cada emoción y luego, la arropa y te devuelve a tu realidad con un poco más de optimismo y amor en los ojos!
El amor es algo tan… elevador. Sí, sí, elevador. Te eleva hasta las nubes, te recuesta en ese algodón blanco y te acaricia las mejillas y te obliga a sonrojarte. A reírte a carcajadas, a llorar con desesperación, a gritar desgarradamente, a sentir mariposas en el estómago. Y lo peor de todo es que es rápido. Es muy rápido. No porque sea corto, sino porque cuando sientes amor el tiempo pasa más deprisa, o esa es la sensación que tenemos, y cuando nos damos cuenta ya ha pasado un año en el cual no ha habido ni un día en que no suspires por aquél, por el que sientes… lo que sientes.
El amor no es egoísta. Claro que no. Y los celos lo son. El amor del que yo hablo es ese amor que está por encima de cualquier “ego”. Es ese que se alegra cuando el otro está alegre, que duele cuando el otro siente dolor, aunque ese otro no te pertenezca. Y sólo deseas que contigo o sin ti, sea lo más feliz que pueda. Y acabas convirtiéndote en un ángel de la guarda.
Qué puro puede llegar a ser un sentimiento. Cuando el amor llega es como cuando cae la gran nevada, que te asomas a la ventana y todo está cubierto por una capa de nieve que lo vuelve todo un poco más perfecto. Todo blanco, todo limpio, todo optimista.
Y como iba diciendo, ese relato me acerca a un futuro seguro, indeseable, pero seguro. Sólo con mirar a mi alrededor veo que las relaciones en la distancia no funcionan. Porque una relación es cosa de dos. El amor en cambio, basta con que lo sienta una persona sola. Hay quien pueda creer que me gusta matar las cosas antes de ver qué pasa, pero mejor prevenir… -que curar.
Porque las cosas no se deben acabar antes de lo inevitable.
La verdad, no todo es malo y no todo acaba para siempre. Conozco una pareja que está por encima de lo inevitable. Han saltado, solos, cada uno por su lado, por encima del río del abandono mutuo, sin caer, llegando al otro lado del cauce. Y ahora están ahí, juntos de nuevo, contra la adversidad; pero eso sí, hay algo que les supera, y son las ansias de conseguir la mayor cantidad de saber en la menor cantidad de tiempo posible, para estudiar mucho tiempo, demasiadas cosas. Y eso es lo que les separará, pero sólo físicamente. Sólo físicamente, o eso esperan ambos, sendos, dos.
Y a esta pareja, le deseo, sinceramente, lo mejor. Porque lo merecen, por todos los obstáculos que han esquivado y todos los cambios, para bien, que han sufrido.
Son, verdaderamente, envidiables.



