martes, abril 27

Asesina de noctámbulos.


Sí, a veces le recorría un escalofrío por todo el cuerpo.
Y se quedaba quieta cuando escuchaba el mínimo ruido.
Por el día, la gente le daba miedo y por la noche correteaba buscando algo que comer. Era su momento de salir a la calle.
El otro día le lanzaron una zapatilla. No le alcanzó, menuda suerte.
Pero ayer... ayer fue el trágico día en que murió.
Siempre había imaginado su muerte de una manera distinta, que se encontraría con alguien que le odiaba y que le pisaría hasta el más profundo pensamiento.
Pero no, cuando ayer estaba saliendo de su escondite, hacia las dos de la mañana, vio una luz encendiéndose y a continuación una cabellera castaña que se acercaba. Se quedó quieta, a pesar de tener todo el cuerpo al aire, bajo la luz. Los enormes ojos de esa cabellera castaña la miraron fijamente, empalideció, entornó los ojos y se marchó sigilosamente.
Así que se dio la vuelta y trató de meterse en su escondite, era poco profundo, pero lo suficiente para albergar su cuerpecito, cubierto por su armazón que le permitía hasta volar.
Oyó los pasos del individuo. Y de pronto, como si hubiese un escape de gas.
El escondite comenzó a resultar asfixiante y supo, en ese momento, que ese era su final. Así que rendida, se dejó caer al suelo, haciendo que el individuo, que ya había recuperado el color en las mejillas, se sobresaltase y diese dos pasos hacia detrás.
Y ella, tumbada boca arriba en el suelo, tratando de respirar. Agonizando. Y la asesina mirándola fijamente, disfrutando con cada segundo de la macabra escena.

Sí, así fue cómo murió aquella cucaracha.
Asfixiada (supongo).

martes, abril 20

Marinero de agua dulce.

No quiero dormir con nadie más que contigo.
Eres mi caramelo interminable. Cuando tengo hambre, me la quitas, y endulzas los días amargos.
Aunque las ojeras me lleguen a las rodillas me haces levantar para verte, aunque sea al otro lado de esas cuatro paredes blancas. Porque dos minutos después de habernos dicho adiós se me ocurren tropecientas mil cosas que decirte.
Eres mi más fiel confidente. Te cuento todo, hasta los lunares.
Y yo... me quedo contigo. Sentadita en tu hombro, porque me haré chiquitita como un PlayMobil.
Sólo por y para ti.

Tuve miedo.
La almohada amaneció mojada y las sábanas por el suelo. Parece ser que anoche lidié una batalla pendiente con la conciencia.
Y al final, nunca le dije a nadie que pasé una noche con el corazón vacío, menos mal que sólo ibas a tomarte un refresco.

Me encanta cuando me besas la espalda y tus brazos me rodean desde detrás, y me susurras que me quieres mientras seguimos el ritmo de la música con las caderas.
Sí... definitivamente, nunca podría olvidarte aunque quisiera, puesto que formas parte de mis recuerdos desde que tengo uso de razón.

La lluvia no quiere caer, porque ya estás tú para refrescar la mente y limpiar la basurita que se amontona en las esquinas.
Ya estás tú para hacerme girar con los brazos abiertos mirando al cielo. Girar sobre mi propio eje. Y cuando esté mareada sé que cuando abra los ojos y pare, estarás ahí para que no me caiga; para sostenerme.

Agua y caramelos.


Mi marinero de agua dulce.

miércoles, abril 14

Yo también sé jugarme la boca.

Ya llegaba tarde a clase.
Salí de la cafetería del instituto, inmersa en mis pensamientos. Los sucesos acontecidos en los últimos meses me daban mucho que pensar. Estábamos a prácticamente dos meses de terminar el curso. Me sentía usada, me sentía tonta por haber creído en todo lo que me había dicho...
Me paré en el hall, busqué desesperadamente el horario entre el centenar de papeles absurdos y arrugados de mi mochila. Por fin, lo encontré. Lo contemplé detenidamente memorizando el orden de las clases que me tocaban en las próximas cuatro horas. Le di un sorbo a la lata de CocaCola.
Entonces, le vi entrar por la puerta. Como un ángel, quedaba enmarcado por la luz de la mañana que entraba por esa misma puerta. ¿Me estaba mirando a mí? Hacía tiempo que no me miraba. De hecho, hacía tiempo que no me llamaba para perdernos en la oscuridad de su habitación atemporal.
El corazón se me aceleró. Iba a cien por hora. Empecé a sonreír como una tonta enamorada. Y me guiñó un ojo y sonrió. Y preguntó ¿qué tal?
Alcé un poco la mano a modo de decirle hola y antes de que puediera responder a su pregunta, salió de detrás de mí una chica. Una chica pelirroja, con gafitas y aparatos. Y se acercó a él y le besó en la mejilla.
Fue un beso fuerte, largo... Un beso de esos que pretenden insinuar deseo. Fue una estaca.

Y entonces me sentí más tonta aún. Y me quedé con la sonrisa estúpida, para aparentar que no me había creído que era a mí. Me di la vuelta y subí las escaleras, con las lágrimas a punto de caer. Y mientras subía las escaleras, con mi alma destrozada le dije sin decir yo también sé jugarme la boca.

Él tenía algo que me llevaba al borde del precipicio y me dejaba pendiente de un hilo a punto de caer, pero sin caer. Al final, un día, caí, pero volvió a recogerme.

Nos apoyábamos en la barandilla del balcón de su habitación. A veces hablábamos y otras no hacía falta. Sus ojos me hablaban de él sin querer. Hablaba como un ave a punto de emigrar. En ese entonces, no sabía que ya había llegado a su destino. Que no tenía que seguir buscando para encontrar su hueco en el mundo; ya lo tenía, sentadito a mi lado.

Muchas veces presumí de tener mala memoria. Pero con él... Él no se guardaba en mi memoria. Cómo olvidar mi cabeza al lado de la suya en la almohada. Desnudos. Iluminados únicamente por la luz que irradiaba desde lo más profundo de su alma.

Dios mío, es que podía perderme en su labios mientras hablaba. Y todo se perdió por no poder decir te necesito.

Pero nos encontramos al final del viaje que emprendimos por separado hacia Ítaca. A buscarnos a nosotros mismos y al final, nos fuimos a buscar el uno al otro. Qué ironía... qué raro.


domingo, abril 11

No es más que eso.

La primavera la sangre altera y en abril, aguas mil.
Puede que por eso ayer la sangre nos hirviese y pareciese que llovía;
y acabásemos cubiertos de hiel.


- Imagina una esfera,
cuyo interior es de espejo
y dentro no hay nada,
¿qué crees que reflejaría?
Es decir,
¿cómo crees que se vería
esa nada que refleja? -

Hizo la pregunta cómo para sí mismo,
entornó los ojos y dió una larga
y profunda calada a su cigarrillo.
La última.
Al poco tiempo, calló rendido en
los brazos de Morfeo,

... y en los míos.

miércoles, abril 7

JPS.

¿En qué momento dejamos de ser infantiles y comenzamos con la ardua tarea de tomar decisiones que nos afectan sólo a nosotros de manera irreparable?

Empezamos a depender de nosotros mismos.
Y es duro no poder echarle la culpa a otro de los fracasos propios.
Es difícil aceptar que uno mismo y nadie más tiene la culpa de su propio destino.

Y habrá alguien que querrá animarte,
y lo intentará... Sin embargo, te parecerá absurdo.
Absurdo porque nada que diga nadie podrá hacerte sentir mejor.
Sólo lo que tú mismo te digas.

Y será lo siguiente:
A joderse. Yo mismo me lo busqué y ahora me toca aguantarme.

Y lo peor de todo, es que será lo más racional que te hayas dicho a ti mismo en mucho tiempo.

Probablemente, la persona que quiso animarte te mirará de reojo y asentirá con la cabeza suavemente como para sí mismo. Dándose cuenta de que estás un paso más cerca de lo que llamaremos aquí y ahora "la madurez".

Eso que, debido a su falta, hizo un daño (casi) irreparable.
Eso que, debido a su falta, te hizo dejar escapar un año.
Eso que, con su llegada silenciosa, te brindó siete meses infinitos para recuperar aquel año y curar un poquito aquella herida (casi) irreparable.
Y los que quedan.

Pero, vamos a ver, qué te voy a contar yo, ¿no?
Simplemente eso, que...

Jamigos para siempre.

Ya sabes de qué va esto.
De que... bueno,
dejémoslo para otro momento.

martes, abril 6

Para apaciguar el estrés prepau...


Le dice un señor a un cubano:

-Oiga, señor, usted es negro.

-No, "señó". Es una peca.



... unas cuantas risas cortas.

sábado, abril 3

El caso del chico del lunar en el labio.


Y mírame a la cara y atrévete a negarme,
que conoces tantas camas como historias que contarme.

Le di mi noche y mi risa. Volaban las plumas mientras amanecía.
Cuatro paredes no impedían que despertáramos en un lugar distinto cada vez.
Él era mi debilidad. Mi talón de Aquiles.
En su cintura encontré una mariposa de concupiscencia.

Tan jóvenes y tan viejos.
Siete meses parecían un año.
Pobre de mí, tenían razón: perdí la cabeza en cuanto me quedé en blanco.
La brisa de la media noche nos revolvía el pelo.

-¿Sabes? Me he dado cuenta de que hoy hemos hablado de un montón de cosas sin pelearnos.

Qué absurdo, ¿no?
Nietzsche dijo lo absurdo de una cosa no prueba nada contra su existencia,
es más bien una condición de ella.

Leí que las personas más interesantes eran las mujeres con pasado y los hombres con futuro.

A veces me quedo en silencio, cuando salen, lo que ahora llamaremos, retales del pasado,
y miro hacia fuera, por la ventana.

Me encantan las ventanas.
Las ventanas son como fotos en movimiento. Y dicen que aunque uno esté quieto, el mundo sigue girando, a su ritmo, no al tuyo. Eso también lo dicen las olas del mar, que tan rápido como se van, vuelven.
El caso del chico del lunar en el labio.

Buen comienzo de Abril.

Dedícame algo.