miércoles, marzo 22

Tan sutil como la brisa de primavera que mece las hojas sin que nos demos cuenta.


Subí a aquella azotea con vistas al infinito, a la inmensidad donde se junta el cielo y el mar y todo es azul; azul que sólo se rompe por algún barco que parece a la deriva.
Como yo cuando me recogiste de la rutina del verano.

Me soplaste la excusa más precaria que se te ocurrió al oído; y ahí estaba yo, traspasando el umbral verde de tu intimidad.
Inmersa en una habitación en mitad del cielo.

Rocé sin querer tu piel con mis labios y mi estómago comenzó a bailar.
Tu respiración me sacudió la epidermis.
Se me cayó el sentido y, con él, la razón.

Y tropecé cayendo en tus manos.
Juraste que estaba a punto de matarte.
Me empapé con tu sudor.

Y sin darme cuenta, estaba corriendo por la pradera de tu pecho,
deslizándome hasta caer en tu ombligo
y rodé ladera abajo sin importar el mareo.

Todo dando vueltas.

El reloj ya no marca el tiempo, ahora lo hacen tus palpitaciones.

Cubiertos de besos nos quedamos perdidos en las sombras que dibuja la luz en las paredes.
Y, al girarme, me encuentro con tu mirada que me interroga eso que suelen llamar corazón. 

Me sorprendo sin palabras.
Porque nada que pueda decir será mejor que no decir nada.
Porque nada que pueda decir lo puede describir.

Que cosiste los destrozos de mi piel con la yema de tus dedos. 
Que olvidé a qué sabe el café oxidado.
Que tiraste mi maleta por la ventana.
Que descorriste las cortinas de mis córneas.

Y así, al alejarte, me dejas ver el grabado de tu espalda que me recuerda que nunca hubo ayer, que sólo hay hoy y un posible mañana.

Que no hay camas pasadas ni sábanas más suaves que tus brazos.

Y todo esto pasó porque fuiste tan sutil como la brisa de primavera que me despeina sin que me de apenas cuentas.